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Eduardo Aymerich, fundador de la comunidad de familias y laicos misioneros Ignis Mundi: «Imprudente es el que no sigue la voluntad de Dios»

Eduardo Aymerich y Rosa Lobo viven con sus siete hijos en Los Guido, un barrio periférico de San José de Costa Rica, donde la comunidad misionera que fundaron atiende ya a casi mil personas

Eduardo Aymerich y Rosa Lobo, un matrimonio madrileño con siete hijos, fundaron Ignis Mundi, una comunidad de familias y laicos misioneros instalada en Los Guido, un barrio de más de 30.000 habitantes de la periferia de San José de Costa Rica que en los años 90 estuvo dominado por los cárteles de la droga. Desde un centro de misión levantado con la aportación de los propios misioneros y de una red de donantes, sostienen más de veinte proyectos educativos, deportivos, psicológicos y artísticos, mientras siguen trabajando para mantener a sus familias. En esta conversación, Aymerich repasa cómo nació su vocación, qué papel tienen sus hijos y por qué no cree que vivir allí sea una imprudencia.

—¿Cómo nace en un matrimonio joven de Madrid la vocación de irse en misión, y en qué momento lo vieron claro?
—Rosa y yo nos conocimos en unas misiones de jóvenes que hacíamos por aquella época, cuando teníamos 20 y 21 años. Ahí es donde nos conocimos y al cabo de un par de meses empezamos a salir. Esas misiones fueron una experiencia fundamental en nuestro noviazgo, que nos sumergieron en una vivencia de Iglesia que es la que a nosotros nos enamoró, una Iglesia en salida, una Iglesia que va al encuentro, una Iglesia de anuncio, una Iglesia que sirve. Eso es lo que nosotros queríamos vivir.

Nosotros entendíamos el matrimonio como un seguimiento a Jesús y, en este caso, como una vocación de servicio y de entrega. Nosotros, de hecho, sentimos, previo a nuestra boda y durante toda la preparación de nuestra boda, un fuerte llamado misionero, pero no teníamos ningún referente, no sabíamos que existía ningún matrimonio misionero, no sabíamos cómo hacerlo. Nos casamos, nos fuimos a Londres, y ahí en Londres, de forma muy providencial, nosotros supimos que existían familias misioneras, y fue como la gota que nos faltaba. A los pocos meses de casarnos, nosotros ya habíamos decidido partir en misión y nos fuimos a la India.

En la India nació nuestro primer hijo, y en la India nosotros descubrimos realmente lo que es una familia misionera, una familia misionera que, a través de su estado de vida, a través de su capacidad de generar vínculos con otras personas, empieza a transmitir ese amor de Dios. Rosa es periodista y yo me he dedicado toda la vida a temas de comercio exterior. Todo se dio como para que nosotros realmente pudiésemos ver de una forma muy clara no solo que Dios nos llamaba, sino que Dios confirmaba esa vocación misionera.

—¿Qué les llevó hasta Costa Rica y por qué decidieron, después de unos años allí, empezar algo propio como Ignis Mundi?
—Si bien nuestro tiempo en la India fue absolutamente maravilloso, desafortunadamente, por cuestión de visado y por cuestión de trabajo, no pudo continuarse en el tiempo. Hay que entender que nosotros hemos empezado este camino de misión muy solos, sin una estructura financiera, sin un apoyo comunitario. Una de las características de la familia misionera es que, como padres de familia, tenemos que autosostenernos, y de hecho hasta el día de hoy trabajamos y nos ganamos el pan para nuestros hijos. Por eso volvimos a Madrid, con la firme intención de buscar un lugar en donde nosotros pudiésemos tener una misión estable y a largo plazo. Ese tiempo en Madrid lo aprovechamos para seguir formándonos, hasta que se abrió una puerta de ir a Costa Rica.

Durante el primer tiempo en Costa Rica nosotros estuvimos apoyando una pastoral de jóvenes. Sin embargo, en el centro de nuestra vocación misionera siempre había estado esa vocación de servir a los más necesitados. Hemos entendido la vocación misionera como ir a donde nadie quiere ir y hacer lo que nadie quiere hacer. Cuando estábamos en Costa Rica tuvimos un segundo llamado muy, muy, muy fuerte, esto fue en el 2019, a irnos a vivir a un barrio o a una zona con mucha necesidad. Ahí empezamos nuestro segundo gran discernimiento, que fue muy bonito porque además lo hicimos junto con nuestros hijos, y ese discernimiento ya fue el llamado concreto a iniciar Ignis Mundi. Ya no solo fue un llamado específico de ir a vivir a un lugar, sino de ir a vivir a un lugar a iniciar una comunidad misionera, con una estrategia de misión, con un estilo, con una espiritualidad determinada y con un carisma.

—¿Qué podían hacer varias familias juntas que no podía hacer una familia sola?
—Nosotros, ya desde la vuelta de la India, tuvimos un anhelo de poder vivir esto en comunidad. Nosotros pensábamos, si esto es lo que nosotros hemos podido vivir y hacer, guiados por el Señor, como una familia sola, ¿qué no se va a poder hacer con una comunidad de familias? Precisamente por ser familia, con lo que implica que hay que trabajar para ganarse el sustento, que hay que cuidar a los niños, se hace necesario poder vivir esto acompañados de otras familias. Y cuando digo otras familias, también digo otros laicos, porque Ignis Mundi no solo son familias, sino que también forman parte personas solteras, pero entre todos formamos una gran familia.

Y esto tiene una razón práctica, porque nos podemos apoyar económicamente, nos podemos apoyar humanamente, podemos apoyarnos espiritualmente, y también porque la misión es mucho más eficaz si juntamos los talentos de todos los laicos que formamos parte de esta misión.

Pero también hay una razón más bíblica. La primera evangelización fue fecunda en la medida en que hubo unas comunidades cristianas, lo que se dice coloquialmente «mirad cómo se aman». Fue ese testimonio que dieron esas comunidades cristianas el que llegó a ser un atractivo, y así es como se constituye la Iglesia. Y desde ahí nosotros podemos generar familia, que es la Iglesia, y podemos hacer que muchas personas que se sienten solas, que se sienten abandonadas, que se sienten frágiles, puedan encontrar en la Iglesia, que es una gran comunidad, un hogar.

—¿Cómo es el barrio en el que viven y cómo es un día normal de su familia allí? ¿Qué ha cambiado en la relación con los vecinos desde que llegaron?
—Donde nosotros vivimos es un narcobarrio. Es un distrito periférico de la ciudad de San José, la capital de Costa Rica, que empezó allá por los años 70 por medio de unos asentamientos informales.

Un barrio que allá por los años 90 estaba totalmente tomado por los pequeños cárteles de la droga. Aquí había varias bandas y se mataban entre ellos. Con el paso del tiempo o todos murieron o se fueron a la cárcel, y actualmente queda solo una banda que controla el barrio.

Lo que pasa es que desde un plano material y humano y espiritual es un barrio devastado. Aquí hay adicciones, sobre todo adicción al crack, alcoholismo, desestructuración familiar. Hay muy, muy pocas familias que sean papá, mamá e hijos, sino que aquí es una figura femenina que es la madre de varios hijos que son de distintos padres. Violencia doméstica, toda la que quieras. Las estadísticas aquí de abuso sexual son tremendas. Mucho suicidio, muchísimas enfermedades de transmisión sexual y así toda una serie de situaciones.

No me quiero quedar solo con lo negativo, porque también hay cosas muy positivas. Nos sentimos enamorados de este lugar. Hemos conocido personas e historias maravillosas, gente que ha sabido salir de situaciones muy complejas, gente valiente, gente de muy buen corazón.

Y hay otro dato muy importante, y es que en este barrio hay una iglesia católica a la que van a día de hoy 500 personas, si tú juntas todas las misas del domingo, pero es un barrio de más de 30.000 personas. En este contexto tiene sentido nuestra presencia, que es una presencia para llevar ese fuego del amor de Dios, pero también para servir en tantas y tantas necesidades que existen aquí, porque no se puede dar el anuncio si no es también en esta otra dimensión del servicio.

Nosotros seguimos la estrategia de evangelización de Jesús de Nazaret. Él dijo a sus apóstoles «Id y anunciad el Evangelio, curad enfermos y expulsad demonios». A Jesús no solo le interesaba el anuncio, sino que le interesaba la persona, y sin ese interés por la persona, el anuncio cae en saco roto. Y eso aquí se ve claramente. Una persona que no tiene padre, o que tiene un padre violento, no va a entender lo que es el amor de Dios Padre, porque no tiene una referencia natural que la acompañe. Una persona que es adicta tiene un problema de tal calibre que el anuncio no le llega.

Nosotros hemos comprado un terreno en donde hemos ido construyendo este centro de misión, al que todavía le queda por construir, y esto se ha convertido en un gran centro abierto donde la gente puede venir. Tenemos más de 20 proyectos divididos en cinco grandes programas. Aquí la educación es muy mala, muy precaria, entonces nosotros apoyamos la educación de primaria y secundaria. Tenemos proyectos de acompañamiento psicológico, donde trabajamos adicciones, familias de adictos, abuso sexual. Un programa deportivo en donde, a través del deporte, sacamos a los chicos de las calles, es como una gran red de arrastre. Tenemos proyectos artísticos y de música. Y luego también tenemos un programa de dignificación de hogares, donde nosotros, a través de la transformación de hogares en condiciones muy precarias, con inversiones muy bajas, les damos un lavado de cara, pintamos, recolocamos, reorganizamos, decoramos. En estos proyectos no hacemos proselitismo. Simplemente servimos. No preguntamos de qué iglesia son.

Y luego la tercera dimensión es la de la irradiación. Por eso vivimos aquí, y por medio de ese estar podemos transmitir ese amor de Dios sin palabras, a través del testimonio, que ocurre cuando la gente viene a nuestras casas y también cuando nosotros vamos a sus casas y compartimos la vida. Vamos a los cumpleaños, vamos a los bautizos, vamos a las celebraciones, ellos vienen a las nuestras. Y ahí es cuando muchas veces niños o jóvenes que viven en contextos en donde su mamá se quedó embarazada a los 16, su abuela también, ven modelos de familias o de personas que son diferentes, donde hay un padre y una madre que se quieren de forma estable, que no son perfectos, que se perdonan, que cometen equivocaciones pero que vuelven a empezar. Solo por el hecho de observar este otro camino, ellos tienen la libertad de poder luego tomar decisiones. Como nosotros decimos, «cuando nada pasa, todo se transforma por irradiación».

La recepción de los vecinos ha sido magnífica. La verdad es que nosotros nos sentimos súper queridos, súper protegidos. Compartimos la vida, y lo hacemos como amigos. Nuestro centro está abierto a ellos y aquí vienen a pasear, a veces vienen solo a tomar café, se sienten en un lugar seguro, y ellos nos abren las puertas de su casa y nosotros vamos hacia ellas.

—¿Qué papel tienen sus hijos en la misión? ¿Les ha preocupado alguna vez criarles en un entorno difícil?
—Nuestros hijos son fundamentales en toda esta misión. El discernimiento de venir a vivir aquí lo hicimos con nuestros hijos, porque algunos de ellos ya eran más mayores y estaban en edad de poder sumarse a ese discernimiento. El mayor, si tiene ahora 20, por aquel entonces tenía 13 o 14. Los pequeñitos enseguida se suman a donde sus padres vayan con todo el entusiasmo, y sus preguntas fueron «¿me puedo llevar mis juguetes?». Los mayores ya estaban en edad de plantearse cosas, y fue maravilloso cómo ellos dijeron sí.

Lo primero es dejar claro que ellos están felices. Los niños andan libres, entran, salen, tienen libertad de movimiento y participan de algo muy extraordinario, que es todo lo que está ocurriendo aquí. Y están acostumbrados a ver contextos humanos muy duros, y eso les va empatizando, sensibilizando.

Pero ellos son los primeros misioneros. Te cuento una anécdota de esta semana. El párroco se fue con unas familias de Ignis Mundi a misionar a varias casas. Yo estaba de viaje, y Rosa tampoco estaba. Estaban algunos de nuestros hijos con otras familias de Ignis Mundi. Y esto lo cuenta el sacerdote. Él iba caminando por una zona muy deprimida, había gente en el suelo, drogadictos, y dice que iba tratando de no poner la mirada en eso, y como que pasó de largo. Y uno de los mendigos que había ahí en la calle le dijo a mi hija pequeña, que tiene cuatro años, «Hola, Rosita». Y Rosita le devolvió el saludo y le llamó por su nombre. El sacerdote se quedó en shock y lo contó en la homilía del domingo siguiente, «a mí Dios me ha dado una lección a través de Rosita; yo estaba pasando de largo completamente, con mis prejuicios, y de repente Rosita, de una forma totalmente natural, entabla un diálogo con el indigente».

Mi hijo Antonio, que tiene 12 años, es amigo de toda una pandilla de chicos del barrio, forman parte del mismo equipo de fútbol. Para ellos esto es una alegría, lo que no quiere decir que nosotros les obliguemos a hacer nada o que ellos, cuando sean más grandes, vayan a tener que optar por esto. Pero hagan lo que hagan en el futuro y vayan a donde vayan, toda esta experiencia de vida para ellos va a ser un tesoro.

Y por otro lado, los niños son los que abren las puertas físicas de todas las casas y de todos los corazones. Cuando vamos a visitar las casas y la gente ve a los niños, inmediatamente abren la puerta de sus casas. Ven gente normal, una familia normal con niños, y los niños, con su alegría, con su espontaneidad, son capaces de conquistar a todo el mundo. Los niños son los mejores misioneros.

—¿Qué cambia en la vida de un vecino cuando entra en contacto con estas familias? ¿Recuerda algún caso concreto?
—Estamos en una fase de siembra todavía y nosotros no tenemos por qué ver frutos, pero Dios sí nos muestra frutos muy concretos. Aquí hay personas que estaban adictas a algún tipo de sustancia, personas que vivían en lugares oscuros y lúgubres y que han ido transformando sus casas, que han ido cambiando hábitos, que han ido sintiendo que son parte de algo y que son queridos, que son amados. Aquí hay muchas personas que se sienten solas, y en esa soledad han ido generando vínculos, y eso marca la diferencia.

Algo que me contaba Rosa hoy. Una señora que daba un testimonio en un grupo de mujeres agradecía a los misioneros porque un día Rosa le preguntó por una mancha que tenía en la cara. Nadie se había preocupado de eso. Le hizo una foto, se la mandó a un médico y resulta que era cáncer. A ella le habían dado cita en un año para el dermatólogo, y gracias a esa pequeñísima preocupación, que partió de la cosa más humana de conocerte, de preguntarte, la pudieron atender mucho antes y se pudo tratar. Si hubiera esperado un año, ese cáncer ya hubiese estado totalmente extendido.

Y por último te pongo un ejemplo muy concreto, de un padre soltero que estaba metido en drogas y que traía a sus niños a actividades que nosotros hacíamos. Él veía a sus niños tan contentos, y veía a estos misioneros también tan contentos, que se dijo «¿qué estoy haciendo con mi vida? Yo no puedo seguir destruyendo la vida de mis hijos y de mis seres queridos a través de la droga». Como él mismo dice, tenía dos caminos, el de la cárcel o el de la muerte. A día de hoy es un padre amoroso con sus hijos, un padre trabajador, y ha conseguido algo que es tremendamente difícil, que es salir de las garras de la droga.

—¿Cómo se sostiene un proyecto así en lo económico, y qué lugar ocupa la oración en una casa con tanta actividad?
—Este es un proyecto que requiere recursos económicos, porque en este momento estamos atendiendo en programas inscritos a casi mil personas, y luego, en personas que no están en programas pero que de alguna manera forman parte de esta vida del centro de misión, quizás a otras dos mil personas más.

Te voy a poner un ejemplo muy bonito. Nosotros todas las noches nos congregamos como familia y dedicamos un tiempo a la alabanza, leemos el Evangelio del día y compartimos. Y estábamos compartiendo acerca de cómo haría Dios para conseguir los recursos que necesitábamos para comprar ese terreno. En ese momento, uno de nuestros hijos, que se llama Antonio, que por aquel entonces, esto era el año 2020 o 2021, tenía seis años, estaba escuchando en silencio y de repente desaparece. Al cabo de un tiempo vuelve con su hucha. Abre la hucha y tenía 50 dólares. Los pone donde nosotros estábamos, en torno a nuestro altar familiar, y dijo textualmente «toma, esto para el terreno». Y entonces dijo «y el resto, no te preocupes, que te lo consigo». Yo en ese momento supe que todo el dinero iba a llegar, que Dios iba a hacer la multiplicación de los panes y los peces.

Las familias misioneras también trabajan fuera de la misión con dos objetivos, primero, para el sostenimiento de sus propias familias, pero también para poder garantizar el funcionamiento, al menos económico, de los misioneros y, si les sobra, contribuir a la misión. Y luego Dios, de forma muy misteriosa y de forma muy creativa, va trayendo otra serie de recursos económicos. Obviamente vivimos muy justos y necesitaríamos muchos más recursos, pero no nos falta lo que necesitamos cada día.

La oración evidentemente es fundamental. Nosotros dentro de nuestro carisma decimos «no queremos hacer con la ayuda de Dios, sino que queremos que Dios haga con nuestra ayuda». Al final de lo que un misionero se da cuenta es de que nosotros no cambiamos la vida absolutamente a nadie. Nosotros somos una gota en el océano. Lo que realmente cambia la vida de estas personas, teniendo en cuenta la magnitud de los problemas, es Dios.

Tenemos una oración de la mañana en torno a los laudes. Dedicamos una hora de contemplación al día, una hora de pura contemplación. Tenemos una oración por la noche. Seguimos la liturgia de las horas. Tenemos encuentros y retiros. Tenemos varias otras costumbres también semanales que van asegurando no solo nuestra vida espiritual, sino también nuestra vida familiar, porque no puede ser que la misión te coma ni tu vida espiritual, ni te coma tu matrimonio, ni te coma tu familia. Y bueno, quizás por eso Dios está haciendo tantos milagritos.

—Visto desde España, irse con hijos a un barrio así puede parecer una imprudencia. ¿Qué le diría a quien lo ve de ese modo, y a una familia que siente una inquietud parecida pero no se atreve a dar el paso?
—Imprudente es el que no sigue la voluntad de Dios. Porque uno puede ir por el camino más seguro, sin Dios, y eso es una imprudencia, y uno puede ir por los caminos más peligrosos, pero si la voluntad de Dios es esa, es la persona que está más segura del mundo. Ojo, y esto es importante, porque aquí tampoco se trata de tentar a la suerte. Nosotros no vamos a hacer una imprudencia porque sí, a lo tonto, por vernos más valientes. Sí es cierto que esta vida te trae situaciones de las que desde fuera pueden decir «qué riesgo hay», y nosotros las vivimos con la mayor de las tranquilidades y en completa paz, sin ni siquiera sentir peligro.

Como decimos, Dios cierra puertas que humanamente son facilísimas y abre puertas que son imposibles. Ese es nuestro día a día en la misión, donde Dios, a través de su divina providencia, va actuando, a través de abrir y cerrar puertas, a través de llevarnos por caminos que desde fuera pueden parecer una locura, pero no para los que estamos dentro, porque estamos abiertos a su voluntad, porque no hacemos más que buscarla y preguntarle, y porque tenemos también la libertad interior para renunciar a algo si es que Él nos lo pide.

Yo a alguien que se está planteando esto le animaría a que esté abierto a esa voluntad de Dios sin ningún tipo de miedo, desde la confianza. Este es un camino de absoluta felicidad. Esta es una vida muy, muy plena, es una vida apasionante. La vida entregada merece mucho la pena, colma los corazones.

Al final el misionero está para entregarse, pero acaba recibiendo. El misionero viene creyendo que esto es solo entregar, entregar, y esa es una visión muy paternalista de la misión. Aquí no se viene solo a entregar, también se viene a recibir, porque el amor es eso, no es unidireccional, sino que es en doble dirección. Yo me entrego, pero también recibo de todas estas personas de la misión, que con su amistad, con su cercanía y con su testimonio de vida también me están enseñando y también me están colmando de amor.

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