Pero…—podría preguntarse más de un lector—, ¿quién es, quién fue Eduardo García Parrilla? Y es que, no solo el paso del tiempo, sino también la discreción que caracterizó su ministerio, no hacen baladí, ni irrespetuosa, la pregunta, a la que responderemos.
Eduardo García Parrilla ha sido un sacerdote de la diócesis de Sigüenza-Guadalajara, que durante 15 años (1997-2012) sirvió a la Iglesia en España en la sala de máquinas de la CEE, al frente de la Vicesecretaría para Asuntos Generales. Es este un cargo de tanta relevancia como de habitual anonimato. Es cargo de muchas horas de trabajo, de total dedicación y de saber descubrir que como mejor se desempeña es precisamente en la sombra, en la discreción, en el servicio callado y laborioso del día a día. Por la Vicesecretaría general de la CEE pasa todo y todo se ha de recoger. Quien ocupa este cargo se convierte en una de las personas mejor informadas de lo que acontece en nuestra Iglesia, información y conocimiento que se han de administrar en el silencio, en la prudencia, en el sigilo. Es cargo panorámico que permite ver y seguir la vida eclesial como desde un altozano y que amplía los horizontes y las perspectivas.
Y, claro, para su adecuado y correcto ejercicio es necesario un don especial, un don que también se puede adquirir con la experiencia, pero don, al fin y al cabo, que fundamentalmente consiste en el discreto encanto del saber servir. Que ¿cuál es este encanto? Lo diré también con aquella sabia máxima atribuida a la «vieja» Acción Católica: «Hay que servir a la Iglesia como la Iglesia quiere ser servida». ¿Y esto cómo es? Con discreción, con diligencia, con eficacia, con humildad, con fidelidad, con buen criterio, sin protagonismo de ningún tipo, haciendo lo que hay que hacer y sabiendo dejar de hacerlo a tiempo, más entre candilejas que a plena luz, más con capacidad de escucha que de palabra.
Y este fue el secreto de Eduardo, su discreto encanto: saber servir. Encomendémoslo, pues, al Señor de las Bodas eternas para que le diga: «Bien, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu señor». Amén.








