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Día del Seminario en San Sebastián: el obispo escribe una esperanzadora carta ante la escasez de vocaciones

Fernando Prado anima a que se creen en las parroquias grupos de oración por las vocaciones a partir de enero. Él lo hará cada dos meses en la catedral

El Día del Seminario se celebra en las diócesis del País Vasco el 8 de diciembre, fiesta de la Inmaculada Concepción. En pleno Adviento. Es, precisamente, un adviento lo que vive la Iglesia en las últimas décadas a nivel vocacional: con ciertos repuntes, sí, pero sin las cifras de antaño. En espera de que el Señor mande obreros a su mies.

Y esta es, precisamente, una de las claves que el obispo de San Sebastián, Fernando Prado, hace en una carta pastoral publicada para este día. Un texto en el que no le duelen prendas en reconocer que en estos momentos su diócesis no cuenta con ningún candidato al sacerdocio en la etapa formativa.

«¡A qué loco se le ocurre escribir sobre los seminaristas que no tiene! Alguno pensará que el obispo anda trastornado. Pues no. Aunque no lo crean, quienes piensan que no tenemos seminaristas están muy equivocados. El Señor trabaja en el silencio, en lo escondido, con el ritmo paciente del amor», escribe.

Prado se refiere a los seminaristas que llegarán en los próximos años, las llamadas que hará el Señor, aquellos jóvenes que estudian una carrera, o los niños que van a catequesis. «Esta carta, en medio del Adviento, quiere ser una invitación a la confianza en que Dios, que nunca se olvida de su Iglesia, nos dará pastores a su tiempo. Dios tiene a estos jóvenes seminaristas ya en su corazón. Yo también. Si tú no los tienes todavía, te invito a que guardes un lugar para ellos en lo más profundo del tuyo, y que te sumes a quienes oramos confiados al Padre», subraya.

Pero, al margen de esta reflexión, el prelado deja varios mensajes. El primero es la necesidad de que los seminaristas aprendan a ser «hombres de Dios», capaces de escuchar, acompañar y sostener la esperanza de todos, especialmente de los que más sufren. «Hombres que no se escandalicen de la fragilidad humana, sino que la acojan con misericordia», afirma.

En su sueño, aparece un seminario «serio y alegre, fraterno, profundamente evangélico, donde cada joven sea acompañado en su verdad». «Un seminario que no sea una burbuja profiláctica; un espacio abierto en relación con la sociedad y con las comunidades cristianas, en el que los seminaristas —entre el estudio y la oración—, puedan conocer sobre el terreno la vida real de la gente y relacionarse sanamente con ella», abunda.

En el texto tiene un mensaje para los jóvenes que pueden estar pensando en el sacerdocio: «La Iglesia no te quiere perfecto, y mucho menos que creas que lo eres más que los demás. Quiere que seas normal. Que tengas la madurez que has de tener para tu edad. Ni más ni menos. Eso sí: te quiere profundamente enamorado de Jesucristo y de su Iglesia. Pero enamorado de verdad. Así que no quieras venir al seminario con un entusiasmo, sin más. Si vienes, vente seguro de lo que haces, con la intuición profunda de que este es tu camino y con el firme deseo de perseverar. No vengas con la casa desordenada, o huyendo de cosas serias, bien sean afectivas, familiares o sociales que puedas tener sin resolver. El seminario y la posterior vida sacerdotal no son nunca un refugio en el que encontrar amparo y solución a tus problemas».

Y otro para la comunidad cristiana: «La vocación no nace nunca de manera aislada. Florece cuando encuentra un entorno familiar y comunitario adecuado que la sostiene, la alienta y la hace posible. Una auténtica cultura vocacional requiere comunidades vivas, creyentes, capaces de mostrar con hechos que seguir a Cristo merece la pena. Las vocaciones nacen allí donde la fe se vive y se celebra con alegría; donde se sirve con humildad y donde la vida compartida es signo de esperanza».

Grupos de oración

Así, ante la escasez de vocaciones, Prado pide elevar la voz al Padre y crear en cada parroquia grupos para orar por las vocaciones, especialmente por los ministros ordenados y los consagrados. Y que lo hagan, al menos, una vez al mes. Una vez al año, se reunirán en la catedral. «Serán como esos «centinelas de la mañana» que anuncian una nueva luz y velan por mantener este fuego encendido en medio de nuestras comunidades», agrega.

Y concluye: «El tiempo que estamos viviendo en nuestra diócesis es un tiempo de espera. Y toda espera es, al mismo tiempo, una prueba y una promesa. Cuando faltan vocaciones visibles, el corazón se estremece: sentimos como el silencio de Dios, el peso de la escasez, la preocupación por el futuro, el cansancio de tantos sacerdotes que sostienen con fidelidad comunidades numerosas. Pero no todo silencio es vacío. El silencio de Dios —como el de Nazaret— es muchas veces preludio de algo grande. Nuestra esperanza no es un optimismo ingenuo, sino confianza en la fidelidad de Dios. Nosotros no esperamos porque lo veamos claro, sino porque confiamos en quien nunca falla».

Lee AQUÍ la carta completa.

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