Queridos niños y niñas,
queridos maestros,
querida Iglesia de Urgell:
Esta semana habéis comenzado las clases de un nuevo curso escolar. Aprovechando estas letras dominicales, quisiera hablaros a vosotros, niños y niñas, adolescentes, jóvenes, padres, maestros y profesores, que habéis vuelto a la escuela o bien al instituto.
El inicio de las clases siempre nos regala el olor de los libros nuevos, el alegre bullicio de los patios y la promesa de un camino que recorrer juntos. Pero este año, al mirar los ojos de nuestros niños y niñas, quiero invitaros a hacer una reflexión inspirada en las alertas que el pensamiento actual nos lanza sobre la deriva de nuestras familias y escuelas. A menudo el mundo adulto padece una enfermedad silenciosa y contemporánea: la obsesión por el éxito, el rendimiento y la eficacia total. Corremos el peligro de mirar a los hijos de Dios no como sujetos libres, sino como objetos mejorables, como pequeños proyectos de un «emprendimiento» vital que hay que diseñar, programar y monitorizar. Hemos entrado, tal como describe el filósofo Santiago Gerchunoff en su obra En la era de los niños cosa, en una dinámica en la que la crianza se gestiona como una empresa y los hijos se convierten en extensiones del propio yo o mercancías de un futuro brillante.
¡Qué gran equivocación desde el punto de vista humano y cristiano! La educación no consiste en añadir «complementos de valor» a los niños —como quien mejora un producto o un vehículo— inyectando horas de conocimiento tecnológico, idiomas o habilidades emocionales con el único objetivo de hacerlos competitivos. No podemos permitir que nuestros hogares y escuelas se rijan por esta vigilancia obsesiva que convierte a los niños en dispositivos controlados o que satura las redes de adultos con un control angustioso sobre cada deber y cada movimiento. Cuando lo hacemos, les robamos el mayor derecho que Dios les ha dado: el tiempo libre, el derecho a equivocarse por sí solos, el azar del descubrimiento y la auténtica libertad de crecer sin la mirada fiscalizadora de los adultos.
La infancia es un territorio sagrado que pide ser acogido, no explotado. Maestros, vuestra misión es una vocación de amor desinteresado, que ofrece refugio. La escuela debe ser precisamente este oasis libre de las presiones del mercado, donde el juego, el estudio y la imaginación valgan por sí mismos. Reivindiquemos este curso el lugar de la lectura, de las historias y de la ficción recreativa, no como deberes pedagógicos, sino como espacios de gratuidad para amar y jugar más allá de toda obligación o pretensión.
Queridos niños y niñas, recordad siempre que a los ojos del Señor valéis por lo que sois, por vuestro misterio único como personas, y no por vuestra capacidad de cumplir las expectativas y moldes del mundo. Comencemos este curso redescubriendo la belleza de vivir a contracorriente de esta feroz competencia. Que Dios os bendiga y os acompañe en este viaje de aprendizaje y de libertad.
Educere, una raíz latina que nos anima a guiar a nuestros hijos hacia fuera. Hagamos crecer su potencial porque no forman parte de un producto que nosotros fabricamos.
Con la bendición de vuestro obispo y servidor,





