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El Camino Penitenciario derriba los muros de la prisión: 183 reclusos peregrinan a Santiago unidos en la redención

La quinta edición del Camino de Santiago Penitenciario reúne a 365 personas —entre internos, funcionarios y voluntarios— caminando en igualdad de condiciones en un ejercicio que les ayudará cuando deban retomar su libertad

El pasado sábado, 3 de octubre, el auditorio del Monte do Gozo dispensó su particular acogida a 183 reclusos —entre hombres y mujeres— procedentes de 23 centros penitenciarios de toda España —entre ellos Zuera, Málaga, Soto del Real, A Lama, Burgos, Córdoba y Sevilla—. Las personas privadas de libertad confluyeron en este punto tras completar sus respectivos itinerarios por las rutas del Camino Sanabrés, Portugués, Primitivo o Francés. Junto a ellos caminaban 73 funcionarios de prisiones y 83 voluntarios, configurando un colectivo total de 365 personas unidas bajo una misma meta: presentarse ante la tumba del apóstol.

La llegada a Santiago supuso la culminación de un minucioso trabajo de preparación que se inició en el mes de abril con reuniones virtuales, selección de permisos y la coordinación con las Juntas de Tratamiento y los jueces de Vigilancia Penitenciaria. Según detalla a ECCLESIA el sacerdote mercedario José María Carod, director del Departamento de Pastoral Penitenciaria de la Conferencia Episcopal Española (CEE), la reunión colectiva en el auditorio provocó un impacto indescriptible: «Poco a poco, las gradas se iban tiñendo de colores variopintos. Camisetas identificativas de cada lugar, pañuelo al cuello para todos los peregrinos… y, sobre todo, el saber que allí, en ese momento, se habían roto las barreras de los distintos roles presentes: preso, funcionario, voluntario o capellán». Para Carod, el sentido profundo de la caminata trascendió con creces el esfuerzo físico, ya que «todos habían caminado teniendo una meta: el encuentro consigo mismo, con los demás y con Dios».

Derribar las «máscaras» de la cárcel

La convivencia compartida a lo largo de las etapas ha demostrado ser una herramienta eficaz para transformar la dinámica humana en el ámbito presidiario. Los internos seleccionados debían acreditar un compromiso constante de buena conducta en sus centros de origen, lo que exigía «estar limpios de sanciones, huir de peleas, responder a las normas de convivencia dentro de la cárcel», explica el director de la Pastoral Penitenciaria.

Carod destaca cómo la experiencia fuera del recinto carcelario desdibuja los roles habituales entre el personal penitenciario y las personas privadas de libertad: «Hay acercamiento personal, se van quitando poco a poco las máscaras que cada uno tiene. Se abre la puerta de la confianza. En el camino, todos son iguales, son peregrinos hacia una misma meta». Asimismo, subraya las repercusiones positivas que este trato cercano genera tras la marcha: «Se dan grandes pasos de acercamiento. Y cuando vuelvan a la prisión, las relaciones serán de otra manera. Para bien, claro. Para crecer, para madurar».

Tras acoger las palabras de bienvenida del también mercedario Florencio Roselló, arzobispo de Pamplona y obispo responsable de la Pastoral Penitenciaria en la CEE, la comitiva inició el tramo final hacia la Plaza del Obradoiro para participar en la Eucaristía de las 13:15 horas en la catedral de Santiago. La Misa estuvo concelebrada por el arzobispo de Santiago, monseñor Francisco José Prieto, y el obispo de Mondoñedo-Ferrol, monseñor Fernando García Cadiñanos. Previamente, tres internos —una presa de Zuera, una de Málaga y un interno de Gipuzkoa— compartieron sus testimonios ante los asistentes.

Durante la Misa, dos presos presentaron la ofrenda al apóstol Santiago, manifestando el «deseo de reconstruir la propia vida y avanzar hacia una sociedad más justa, solidaria y atenta a las personas vulnerables». La invocación recogió peticiones concretas para preparar la libertad definitiva, entre las que destacaron la demanda de formación reglada, oportunidades de empleo e iniciativas para preservar los lazos familiares con el exterior.

En la homilía, monseñor Roselló valoró que los participantes hubieran vivido la ruta como «unos peregrinos más», acogidos sin que su historial condicionara su dignidad personal. El prelado recordó la célebre cita que el papa León XIV dirigió a los internos durante su visita a la prisión de Brians —impresa también en las camisetas de los caminantes—: «Dios te ama como eres, pero te sueña mejor». Roselló defendió con firmeza el derecho a empezar de nuevo e ilustró el compromiso de la Pastoral Penitenciaria como el de una Iglesia que se acerca para preguntar: «¿Qué puedo hacer por ti?».

El retorno al centro penitenciario tras el peregrinaje supone uno de los momentos emocionalmente más complejos para los participantes. Según explica Carod, «cuando vuelven de nuevo a la cárcel… es un golpe anímico fuerte. Pero son capaces de descubrir su libertad interior, y de encontrar herramientas que les ayudan a llevarlo de otra manera, aquí en el “talego”». Este cambio de actitud influye de forma directa en la rutina carcelaria: «Las relaciones entre compañeros o con los profesionales han reducido el nivel de tensión o violencia. Descubren que hay otra forma de llevar el día a día de la cárcel», afirma.

Sin embargo, el director de la Pastoral Penitenciaria subraya que el reto principal se encuentra, como cabría esperar, al traspasar definitivamente la puerta de salida. Por un lado, el proceso de reinserción exige al propio interno afrontar retos personales como «el perdonarse a sí mismo, el reconciliarse con la víctima, buscar oportunidades de trabajo y aprovecharlas, reencontrarse con la familia… perder miedo a presentarse en público, recuperar los hábitos de trabajo».

Por otro lado, Carod hace una llamada directa a la empatía del entorno social tanto de la Iglesia como de las diversas comunidades: «La acogida en la sociedad es una asignatura pendiente, hay que mirar a los presos de otra manera. Tuvieron fallos y pagaron su error. La sociedad es muy reacia a romper esos prejuicios contra quien ha estado en la cárcel». A ello añade que «la comunidad cristiana también necesita replantearse la acogida a los que salen de la cárcel».

Para dar respuesta a las demandas planteadas durante la peregrinación, la Pastoral Penitenciaria mantiene su labor dentro y fuera de los recintos carcelarios mediante talleres de formación y programas de preparación para la vida en libertad. Para Carod, el valor de esta presencia cercana reside en los pequeños gestos cotidianos: «Dentro de la prisión una palabra de ánimo, un escuchar en silencio, o dar un empuje anímico significa mucho, mucho más de lo que nos podemos imaginar. Y eso es evangelizar».

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