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Nagorno-Karabaj

El fin de Nagorno Karabaj no acaba con la fe cristiana de los armenios

Hasta 2020 había 175.000 cristianos en Nagorno Karabaj. Tras 44 días de guerra se redujeron a 120.000, que han permanecido hasta este verano. Ahora solo queda un centenar, aunque las cifras son muy confusas por el alto número de desaparecidos. El resto ha huido a Armenia, tras la desaparición de su región —Nagorno Karabaj dejará de existir el 1 de enero de 2024—. Aun así, allí tienen miedo de ser nuevamente invadidos, de que se repita el terrible genocidio de hace un siglo.

Armenia es una isla cristiana rodeada de países musulmanes, excepto al norte, que limita con Georgia, de mayoría ortodoxa. Hace frontera con Azerbaiyán, Irán, Turquía y la citada Georgia. Siendo la primera nación que proclamó el cristianismo como religión oficial del Estado, en el año 301, esta seña de identidad marca profundamente la literatura, la arquitectura o el pensamiento armenio. Como dice un dicho popular, «el cristianismo no se puede cambiar, es como el color de la piel». Y de hecho, durante siglos, han preferido morir que cambiar su religión. Es un buen resumen de la historia de este pequeño país de tres millones de habitantes, que siempre ha estado bajo el yugo de sus vecinos. Una historia muy negra pero con un capítulo especialmente oscuro con el genocidio del siglo pasado. Entre los años 1915 y 1921 un millón y medio de armenios fueron asesinados por los turcos, solo se salvaron aquellos que se convirtieron al islam.

Actualmente, los cristianos armenios temen que ocurra un segundo genocidio mientras el mundo mira para otro lado. Nagorno Karabaj siempre ha sido una región en conflicto. Un territorio que, desde el fin de la Unión Soviética, pertenece oficialmente a Azerbaiyán, pero con un gobierno independiente autoproclamado y tutelado por Armenia. Rusia ha ejercido de árbitro en la calma tensa de los últimos 20 años, pero ahora está demasiado ocupada en Ucrania. A la comunidad internacional tampoco le interesa meterse y mediar. Azerbaiyán tiene hidrocarburos y Armenia frontera con Turquía, con quien no interesa entrar en conflicto. Con Rusia desaparecida, Azerbaiyán ha aprovechado para recuperar el Alto Karabaj. Durante meses ha asfixiado la región, aislándola de toda clase de suministros. Tras los bombardeos de septiembre, que dejaron centenares de muertos, acaban de lograr la rendición. Hasta la fecha se han confirmado 220 muertos sin contar desaparecidos y un millar de prisioneros.

Pero hay alrededor de un centenar de armenios cristianos que permanecen en Karabaj escondidos en el bosque. Algunos han decidido aceptar la ocupación, otros lucharán hasta el final. Los que se han desplazado a Armenia «están en condiciones terribles, porque lo han dejado todo: casa, coche y, sobre todo, una vida atrás y las tumbas de sus seres queridos», señala a ECCLESIA Armenuhi Mkhoyan, responsable de Comunicación de Cáritas Armenia. 

Emergencia humanitaria

El Gobierno está tratando de ayudar a los refugiados con centros de acogida abiertos en todas las regiones del país. Pero también abunda la solidaridad civil. Alexandre Goodarzy, jefe de misión de SOS Chretiens d’Orient en Armenia cuenta a ECCLESIA el caso de la dueña de un hotel que «ha acogido a 47 personas en sus habitaciones y está pidiendo ayuda a la gente a su alrededor para ayudarles a ellos». «Llamó a uno de mis empleados y les hemos podido mandar material higiénico, pañales para los niños y comida», añade. Por su parte, Cáritas reparte comida caliente para 3.000 personas y ha dado alojamiento a 30 familias y más de 20 menores. Además, ofrece a todos los desplazados ayuda psicológica y atención sanitaria. El problema es que es una situación que no se puede sostener en el tiempo y en algún momento esas más de 100.000 personas desplazadas necesitarán trabajo y residencia permanente.

Indiferencia del mundo

La prioridad de los que llegan a Goris, la primera ciudad que alcanzan en suelo armenio, es pasar allí el menor tiempo posible. Y no porque no sean bien recibidos, sino porque tienen miedo de las tropas azerbaiyanas, que están al otro lado de las montañas. Goodarzy señala que temen otro genocidio, que Azerbaiyán no se contente con el Karabaj e invada el sur de Armenia —que es en realidad un corredor que divide el territorio azerí en dos—. «Lo que nos están haciendo ahora —afirma el jefe de misión— es lo que les hicieron a nuestros hermanos hace un siglo. Estamos solos, quizá solo Irán pueda ayudarnos, pero a ver cuándo y cómo. ¡Cuánto vamos a tener que volver a sufrir hasta que suceda! A nadie le importa, nadie está haciendo nada, solo se habla de Ucrania y ahora de Israel y Palestina. Sentimos que en el último siglo solo morimos ante la indiferencia del mundo». 

Quien sí ha alzado la voz para pedir por los armenios es el papa Francisco. En repetidas ocasiones, durante los últimos dos meses, ha pedido por los desplazados y desaparecidos. El Santo Padre también se acuerda de todo el patrimonio histórico que, con el final del enclave, podría desaparecer. «Quisiera hacer un llamamiento —dijo tras la oración del Ángelus del 15 de octubre— para la protección de los monasterios y lugares de culto de la región. Espero que, empezando por las autoridades, se respete y proteja a todos los habitantes, como parte de la cultura local, expresión de la fe y signo de una fraternidad que hace posible la convivencia en la diferencia». Pocos días después de este llamamiento, la autoridad azerí ya había retirado la cruz de la catedral de Stepanakert, capital del Artsakh —Nagorno Karabaj en armenio—. 

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