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El padre Ferrero, desde la zona cero del ataque israelí en Gaza: «Hay nervios, depresión y gente que se niega a salir de su habitación»

El provincial del Instituto del Verbo Encarnado en Tierra Santa estaba en su casa de la parroquia de Gaza cuando cayó la bomba del ejército israelí. Denuncia en una entrevista con ECCLESIA que están muriendo 100 personas al día en la Franja

El padre Carlos Ferrero, provincial del Instituto del Verbo Encarnado en Tierra Santa, estaba en su casa de la parroquia de Gaza cuando cayó la bomba del ejército israelí. Atiende a ECCLESIA con enorme disposición y amabilidad entre sonido de balas y pone fin a la entrevista precisamente cuando el patriarca latino de Jerusalén y el patriarca ortodoxo llegan a la zona cero del ataque.

—¿Dónde se encontraba usted cuando impactó el misil?

—Yo vivo aquí, en la propia parroquia de la Sagrada Familia, desde mayo de 2024. Estaba dentro de la casa de los sacerdotes y por eso no recibí ninguna herida, pero, por supuesto, escuché el estruendo del bombazo y una de las personas que gritaba y gritaba y gritaba porque estaba herida. Entonces, salí lo más rápido que pude y al frente de la parroquia vi al padre Gabriel (Romanelli, párroco de Gaza) que estaba asistiendo a un joven nuestro que quiere ser sacerdote. Es uno de los heridos graves que ha dejado el ataque. Sostenía una camiseta en la herida para que no sangrara más, porque había perdido muchísima sangre. Enseguida los ayudé a ello y empezamos así, fuimos al hospital.

—¿Cómo está la situación ahora mismo? ¿Qué impacto ha tenido este ataque en la comunidad cristiana y el resto de habitantes de Gaza?

—Aunque ha sido un ataque contra la Iglesia católica, acá hay muchos cristianos, también de la Iglesia ortodoxa y, por supuesto, muchos católicos. Lo que ha pasado es algo enorme, muchísimo. Los niños están muy asustados, todos. Hay gente que hace días que no sale de sus habitaciones para nada, es fácil imaginarse todo lo que produce algo así en cuanto a los nervios, depresión y un montón de temas de salud mental. Había mucha gente que venía a rezar, y que ahora está viniendo a rezar para, por lo menos, así hacerse fuerte, gracias a Dios. Pero imagínense: tirar una bomba a la iglesia misma… Una o dos horas antes estábamos adentro, rezando con muchos niños. Cuando golpeó la bomba, se explotaron todos los vidrios y cayeron para dentro. Si hubieran estado los niños, todos habrían salido heridos. Luego había gente sentada afuera, como dos de las señoras que después murieron por las heridas. No se imaginan los golpes, habiéndole caído pedazos de la misma pared sobre sus cabezas, en el cuerpo. Y después, personas que estaban como a 40 o 50 metros de la iglesia, en el portón. Dos de ellas están gravemente heridas. Uno murió. De momento, han muerto tres personas. Contamos 15 heridos y tres fallecidos ya confirmados, con dos heridos que están muy graves; uno, en particular, muy muy grave y el otro también grave, porque tiene el pulmón perforado, aunque está un poquito más estable. Por supuesto, todos están preocupados y temerosos de lo que pueda pasar. Con respecto al resto de los habitantes de Gaza, en realidad, como dijo el Patriarca, para ellos es un ataque más. Acá muere gente de manera continua, hace poco contamos un promedio de 100 muertos por día. ¡100 muertos por día! A veces son 120, 130… otras 80 o 90. Es una cosa increíble, de locos. No hay límite. Cuando fuimos al hospital para llevar a estas personas heridas, había muchísimas personas en situaciones parecidas, con amputaciones de pie… O sea, que no era solamente acá, sino también en todos los lugares alrededor y cerca del hospital.

—¿Cómo describiría de manera general la vida de los cristianos en Gaza y en Tierra Santa? ¿Cómo ha cambiado en los últimos meses?

—Los cristianos en Palestina e Israel son gente del lugar, personas que viven acá hace siglos. Y son cristianos, tienen el amor y la devoción a todos los lugares santos. Es tradición aquí ir a rezar el Santo para la Semana Santa a Jerusalén o para Navidad ir a Belén… era una cosa tradicional. Todo eso ha ido cambiando en los últimos años, podríamos decir más allá de los últimos meses. Por supuesto, desde que empezó la guerra (que ya lleva casi dos años), todo eso ha cambiado absolutamente, se ha frenado, pero los cristianos son gente de aquí y siempre han sido y son pacíficos, no participan en ninguno de estos combates. Es más, sufren porque los empujan de un lado y del otro lado, porque están los que no los quieren, porque son musulmanes, y los que no los quieren, porque son judíos. Entonces, la vida de los cristianos aquí es muy difícil. Ustedes habrán visto tal vez alguno de los vídeos que circulan por la red y que muestra cuando escupen en Jerusalén delante del sacerdote o a los cristianos cuando ven que son cristianos. Se tapan la cara o escupen al suelo. Es una cosa pública y lo hacen. Es muy doloroso, pero algo muy a tener en cuenta. Y los cristianos quieren estar acá, quieren estar en esta tierra, Tierra Santa, y quedarse. Espero que haya escuchado ese ruido mientras hablaba: son balas, probablemente un dron que está por acá afuera y dispara así de manera automática, porque no hay nadie en el dron, sino que lo manejan, no sé cómo ni quién ni dónde, pero eso pasa. A veces han herido a personas que no tenían nada que ver con nada.

—¿Qué acciones está tomando el Instituto para apoyar a las víctimas y a sus familias? ¿Cómo se está ofreciendo ayuda espiritual y material?

—Estamos en medio de una guerra. No sé si ustedes entienden un poquito la situación de acá. Es decir, el gobierno local es un gobierno de Hamás, con lo cual hay que tener guante de seda y zapatos de seda, porque es como caminar sobre huevos. Por el otro lado, está Israel, que tiene la misma actitud. Entonces, ¿qué podemos hacer nosotros más que protegernos? Pedirle a uno que no nos pegue y pedirle al otro que no nos pegue. Más de eso no se puede hacer. Lo que sí está organizado acá dentro, la familia, los grupos, las personas, los más jóvenes, las cosas… todo. En los primeros meses que empezó la guerra, trataron de entrar por la fuerza. La gente local estaba desesperada escapando de los bombardeos y los tiroteos, moría mucha gente. Pero los varones de acá, sobre todo, se organizaron bien, trataron de cubrir y se clausuró, por ejemplo, uno de los portones. Se dejó el otro, pero siempre hay porteros, hay turnos, por así decirlo, sobre todo cuando la situación está más complicada. Ahora, cada vez se hace más complicado todo. Si ustedes ven las informaciones, toda esta zona es zona de evacuación. Es decir, Israel sigue empujando y empujando a la gente, no sé hasta dónde. ¿A la playa? Pero también han prohibido ir a la playa, han prohibido el mar. Todo es zona peligrosa, ¿a dónde quieren empujar más a la gente? La verdad que no se sabe. Pero acá, nosotros hacemos todo lo que podemos. Ayuda espiritual hay muchísima, gracias a Dios. Acá somos tres sacerdotes y hay dos hermanas del Verbo Encarnado, nuestra familia religiosa, más tres hermanas de las Misioneras de la Caridad, la congregación de la madre Teresa de Calcuta. Ellas tienen un hogar de la caridad «Home of Blood» y tienen ahí a muchos chicos y personas mayores enfermos, discapacitados. Todo eso está informado, todos saben que somos cristianos y que no participamos para nada en ninguna de las peleas.

—¿Se están implementando medidas proteger a la comunidad religiosa y sus lugares de culto en Gaza?

—No tenemos toda la estructura de la Misa de tarde. A la mañana, empezamos con una hora de adoración al Santísimo con muchos chicos, muy buenos, y mucha gente que viene también. Ahora están todos muy asustados, no quieren salir de su dormitorio, pero siempre teníamos muchas personas en la adoración. Después hay otras oraciones, catequesis, rezo del Rosario y, después, la Santa Misa. Y, por supuesto, toda la cercanía y todo lo que podemos hacer para que la gente esté cerca de nosotros y cerca de Dios a través de nuestro testimonio. Con respecto a los lugares los lugares de culto, esta es nuestra casa, es esto y la iglesia ortodoxa, no podemos hacer otra cosa. Nuestro argumento es: estamos acá, no hagan nada, respeten esto. El otro lugar que teníamos de culto estaba en una escuela que también fue bombardeada varias veces, donde había refugiados también de la población local, pero bombardearon igualmente. Y, después, hay un centro de estudios de Santo Tomás de Aquino donde había una capilla, pero que tampoco podemos decir mucho. Sabemos que está bien, pero han vuelto a bombardear todo alrededor suyo, todo ese barrio, así que es muy difícil ir hasta allá.

—A pesar de la violencia y el sufrimiento, ¿qué esperanza o señales de resistencia ve en la comunidad cristiana local?

—La comunidad cristiana tiene fe, no es resistencia. Aquí, la palabra resistencia se usa para los que quieren combatir en contra de algo. Así que acá no hay resistencia, hay perseverancia. Perseverancia es la palabra que tenemos que usar, porque la gente tiene fe. Tiene fe en Dios, no en los hombres ni en ningún sistema que se pueda hacer. Tiene fe en la palabra del Santo Padre, tiene fe en la palabra del testimonio del Patriarca, que tratan de hacer todo lo mejor para que se frene todo esto. Ellos están lo más cerca posible de nosotros, con sus consejos, palabras, oraciones, con su cercanía espiritual, por supuesto. Como hizo el papa Francisco, ahora también lo está el papá León, gracias a Dios, con quien hemos podido hablar también directamente.

—¿Podría compartir con los lectores de ECCLESIA algún testimonio que le haya conmovido especialmente durante estos momentos difíciles?

—Justo cuando este joven que quiere ser sacerdote venía a nuestra casa para poder acompañarme a darle la comunión a un enfermo (por el tema del árabe, porque yo no hablo bien árabe y entonces él traduce algunas cosas), ahí fue donde lo hirieron. Él, arriesgando su vida, me acompañaba algo que Dios tiene que bendecir. Me gustaría destacar esa entrega generosa suya, algo que a los ojos de Dios es muy importante. Y, además, hay que sumar que una de las dos señoras que murieron era su abuela paterna. Estaba sentada frente a la iglesia y le cayeron pedazos de cemento en la cabeza, le quebraron el cráneo y falleció. Después, hay otra cosa también muy edificante: ver cómo todos colaboraban con todos, cómo los varones acudían enseguida a llevar a uno, a llevar a otro, las ambulancias que vinieron, con la asistencia aquí mismo y después en el hospital. Después, cuando el padre Gabriel se dio cuenta de que tenía una herida en la pierna, la misma gente lo acompañó al hospital, y todo con mucho sentimiento, con mucha realidad, con mucho respeto y amor al sacerdote.

—¿Qué mensaje le gustaría transmitir a la comunidad internacional y a los fieles de otras partes del mundo respecto a esta tragedia?

—¿Qué se puede decir? Que esto es una prueba más de la desproporción de lo que se está haciendo aquí ahora. Esto tiene que terminar. Los países, las autoridades tienen que dejar de hablar tan diplomáticamente y empezar a tomar medidas que sean más fuertes para frenar todo esto… Perdone, debemos acabar: acaba de llegar el patriarca Pierbattista Pizzaballa y el patriarca ortodoxo aquí a la parroquia. Dios los bendiga.

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