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El Padrenuestro (5): Cinco panes y dos peces

Estimadas y estimados. «Danos hoy nuestro pan de cada día», pedimos en el Padrenuestro. En muchas culturas el pan simboliza el alimento básico, aquello que toda persona necesita desde su humanidad real y débil. Pedirlo es la plegaria de los pobres, de aquellos que se saben necesitados de lo más elemental. Difícilmente esta petición puede nacer en un corazón rico y autosuficiente. Si en las primeras plegarias del Padrenuestro mirábamos al cielo para conocer las profundidades de la vida divina, ahora, como pobres que somos, pedimos a Dios que sea él quien nos mire, se acerque a nosotros y nos cuide con un amor maternal y tierno: «Si a alguno de vosotros le pide su hijo pan, ¿le dará una piedra?; y si le pide pescado, ¿le dará una serpiente? Pues si vosotros, aun siendo malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará cosas buenas a los que le piden!» (Mt 7,9-11).

En nuestro mundo occidental, inmerso en una sociedad de consumo que nos consume, esta plegaria puede perder bastante, como si no fuera con nosotros. Quizás no nos damos cuenta de nuestra indigencia, de todo aquello que nos falta para vivir como cristianos. Y quizás no nos damos cuenta tampoco que, lamentablemente, tanta gente a nuestro lado está faltada de lo imprescindible. Pedir nuestro pan de cada día, implica que haya para todo el mundo. Y esto nos convierte en embajadores del cuidado divino para toda la humanidad.

El Papa Francisco está poniendo el dedo en la llaga y quiere que cada vez tomemos más conciencia de que somos la Iglesia pobre para los pobres. Evidentemente no se trata de una alabanza a la pobreza en sí misma, sino de captar el núcleo del mensaje evangélico, donde se aprende a saber que todo lo recibimos de Dios y que somos fraternidad compartiendo los bienes materiales y espirituales. ¿Os imagináis una Iglesia donde partimos el pan y tomamos juntos nuestro alimento con alegría y sencillez de corazón (cf. Hch 2,46)? Dejémonos representar por aquel muchacho que pone a disposición todo lo que tiene, cinco panes y dos peces, para que el Señor los reparta a la multitud. Cómo comentaba el Papa Francisco: «El verdadero milagro hecho por Jesús aquel día no es tanto la multiplicación ―que es cierta―, sino el hecho de compartir: dad lo que tenéis y yo haré el milagro».

Hoy, día de la Campaña contra el hambre en el mundo, tenemos una buena oportunidad para hacernos más conscientes. Necesitamos aprender la lección de la generosidad, la lección de la fraternidad. No porque hoy demos una limosna y después nos olvidemos, sino porque todos juntos estamos llamados a vivir según el corazón de Dios, que solo conoce el amor.

Se da la feliz coincidencia que hoy, memoria de la Virgen de Lourdes, es, además, la Jornada mundial del enfermo. Compartir el pan de cada día implica también cuidar de los hermanos enfermos, carentes de nuestra ayuda y de nuestra camaradería. Pero no olvidemos que también de vosotros, cristianos que estáis en situación de enfermedad o de vulnerabilidad, necesitamos los dones que Dios os regala. El pan nuestro se adquiere compartiendo, dando y recibiendo, recibiendo y dando, en una sinfonía amorosa que nos engloba y nos interpela a todos.

Vuestro,

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