León XIV reivindica la enseñanza de la religión como un elemento indispensable de la alianza educativa y pide a los docentes ser maestros creíbles y cercanos que acompañen las inquietudes de los jóvenes más allá de las respuestas prefabricadas.
El papa León XIV recibió el pasado 25 de abril a los participantes del Encuentro Nacional de Profesores de Religión Católica, un evento promovido por la Conferencia Episcopal Italiana (CEI) que pone el foco en el papel de la Iglesia dentro del ámbito escolar. Durante su intervención, el Pontífice quiso agradecer de forma explícita el servicio «precioso» que realizan los docentes, una labor que calificó como «exigente, a menudo silenciosa y no aparente», pero vital para el desarrollo de los niños y jóvenes.
Para el Santo Padre, la enseñanza religiosa no es una asignatura secundaria, sino más bien una pieza clave del sistema. «La dimensión religiosa es un elemento constitutivo de la experiencia humana y no puede ser marginado en el proceso formativo de las nuevas generaciones», recordó, subrayando que su trabajo es fundamental para el crecimiento humano y espiritual en las aulas.
La sed de infinito y el diálogo interior
Apoyándose en el pensamiento de San Agustín, el Papa reflexionó sobre la búsqueda interior que define a todo ser humano. Explicó que las grandes preguntas sobre la vida, la relación con Dios y con los demás nacen de una «sed de infinito» que habita en cada persona. Según León XIV, esta inquietud, si se encauza correctamente, puede ser el motor para «promover la paz, renovar la sociedad y colmar sus contradicciones».
En este contexto, el Papa definió la misión del profesor de religión como un «trampolín de lanzamiento» desde el cual los alumnos aprenden a lanzarse a la aventura del diálogo interior. Además, defendió la asignatura como una herramienta de alta «valencia cultural» para comprender la historia, las artes y el pensamiento que han dado forma a la identidad de Europa y de tantos países del mundo. Según el Pontífice, una verdadera laicidad no es la que excluye el hecho religioso, sino la que sabe valorarlo como un «recurso educativo» que enseña a los alumnos a conocer y amar lo que son para poder encontrarse con el otro con respeto y apertura.
El reto de escuchar el corazón
El eje central del discurso fue el lema del encuentro: Cor ad cor loquitur («el corazón habla al corazón»), inspirado en san John Henry Newman. El Santo Padre advirtió que vivimos en una época donde los jóvenes están «constantemente asediados por estímulos de todo tipo», lo que hace que sea «facilísimo» reducir al silencio la propia voz interior.
«El ser humano no puede vivir sin la verdad y sin significados auténticos», recordó el Papa, señalando que educar para encontrar esa voz es uno de los dones más grandes que se pueden ofrecer. León XIV advirtió que muchos jóvenes, a pesar de mostrar una faceta de «aparente indiferencia», esconden en realidad el sufrimiento de quien «siente demasiado» y no logran dar nombre a lo que experimentan. Por ello, instó a los profesores a formar en la libertad interior y el pensamiento crítico, demostrando que la fe y la razón no se oponen. Que son, en realidad, «compañeras de viaje en la búsqueda humilde y sincera de la verdad».
Maestros creíbles y testigos de la verdad
En un llamamiento a la identidad del docente, León XIV insistió en que la verdad siempre pasa por el testimonio de las personas. Pidió a los profesores que no se limiten a dar clase, que sean «maestros creíbles porque están enamorados de Dios y de sus alumnos», transmitiendo valores «sin protagonismos ni moralismos» y ofreciendo miradas que ayuden a levantarse.
«Vuestros alumnos no tienen necesidad de respuestas prefabricadas, sino de cercanía y honestidad por parte de adultos que los acompañen con autoridad y responsabilidad», afirmó. El Papa subrayó que los jóvenes recordarán, por encima de los contenidos técnicos, «los ojos y las palabras» de aquellos que supieron reconocer en ellos un «don único» y no tuvieron miedo de mostrarse también como hombres y mujeres que buscan, piensan, viven y creen.
Finalmente, León XIV animó a los docentes a perseverar en su labor ante los desafíos actuales, enviándolos a las escuelas como «servidores del mundo educativo, coreógrafos de la esperanza e investigadores infatigables de la sabiduría».








