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«La visita del papa León XIV a Turquía nos ayudará a salir de la invisibilidad»

Martin Kmetec, presidente de los obispos turcos, explica a ECCLESIA que los preparativos están en marcha. La más que probable fecha para la celebración conjunta de los 1.700 años del Concilio de Nicea será a finales de noviembre

A principios de este año, cuando nadie esperaba que Francisco nos dejara el Lunes de Pascua, una delegación del Vaticano visitaba Turquía con motivo del futuro viaje papal al país para conmemorar los 1.700 años del Concilio de Nicea. Francisco y el patriarca ecuménico de Constantinopla, su amigo Bartolomé, habían planeado el encuentro en Iznik —la que fuera en otro tiempo Nicea— para el mes de mayo. Ese «sueño» del papa Francisco, como ha repetido Bartolomé en más de una ocasión, no pudo materializarse. Pero Pedro irá a Nicea de la mano de Andrés. Así se lo aseguró León XIV al patriarca ecuménico durante su audiencia del 19 de mayo. «No hemos fijado una fecha concreta, pero será seguro este año», explicó Bartolomé, añadiendo que probablemente la visita del Papa se produzca en noviembre. Es ya tradición que una delegación vaticana viaje a Turquía cada 30 de noviembre, festividad de san Andrés, padre de la Iglesia ortodoxa, como gesto de buena voluntad ecuménica. Asimismo, una delegación del Patriarcado de Constantinopla siempre viaja a Roma con motivo de la fiesta de los santos Pedro y Pablo.

«La noticia de la visita del papa León, aunque aún no es oficial, nos ha llenado de gran alegría. Hemos invitado a los fieles a rezar para que pueda producirse. Nos gustaría iniciar la preparación espiritual para la visita, en el contexto del Jubileo, con una carta de la Conferencia Episcopal de Turquía. La delegación del Vaticano llegará en los próximos días para definir el itinerario y otros detalles del viaje. El nuncio apostólico, Marek Solczyński, está trabajando en estrecha colaboración con funcionarios gubernamentales para preparar la visita a nivel estatal». Lo cuenta a ECCLESIA monseñor Martin Kmetec, arzobispo de Esmirna y presidente de la Conferencia Episcopal de Turquía.

Como bien explica, en el momento en que se escriben estas líneas la Santa Sede aún no ha confirmado de forma oficial el viaje, pero los pasos se están dando. El presidente de los obispos explica a esta revista que una visita del Papa siempre «visibiliza el vínculo que nos une a Roma», ayuda «a salir de nuestra invisibilidad y nos hace sentir en comunión fraterna con la Iglesia universal». La invisibilidad que quizá provoca el exiguo número de fieles católicos que caminan en tierras turcas. Son una comunidad de apenas 60.000 personas, lo que equivale al 0,07 % de la población, según datos de la Agencia Fides. No ayuda a que crezca la falta de personalidad jurídica de la Iglesia en tierras turcas, lo que le impide construir nuevas parroquias, escuelas o centros juveniles.

«La Iglesia católica en Turquía carece de reconocimiento legal y está inevitablemente confinada a sus pocas iglesias y conventos. Espero que el Gobierno turco acepte un diálogo serio con la Santa Sede para reconsiderar esta situación anacrónica», expresa a ECCLESIA Paolo Bizzeti, quien fuera vicario apostólico de Anatolia durante casi diez años. Espera que la presencia del Pontífice en Turquía pueda impulsar ese diálogo. Dice también que la presencia del Papa servirá, además, para recordar que en esa tierra se hunden las raíces del cristianismo, aunque «muchos aún consideren que pertenecer a la Iglesia católica es algo ajeno al país, no un valioso recurso». «Los cristianos son una minoría muy pequeña, aunque tienen una gran importancia histórica y actual. Creo que son ciudadanos leales y pueden contribuir al crecimiento de un país tan importante como Turquía», añade Bizzeti. Por su parte, el arzobispo de Esmirna reconoce que ser tan pocos pesa, pero que, al mismo tiempo, también pesa —para bien— «el testimonio de nuestros antepasados en estas tierras». «Hoy, la primera pregunta que se plantea en cualquier conversación es: «¿Cuántos sois?» Para existir en este mundo, no importa el número, sino el hecho de estar presentes. Los líderes de todas las comunidades cristianas son conscientes de la necesidad de diálogo y respeto por la sociedad en la que vivimos», apunta el presidente de los obispos turcos.

En cualquier caso, ese pequeño rebaño que transita por los caminos de la historia misma del cristianismo es el que en estos meses está tomando más conciencia de su glorioso pasado gracias a las celebraciones relacionadas con el Concilio de Nicea. La comunidad cristiana las está acogiendo con interés. Para monseñor Kmetec es una ocasión para acercarse mutuamente, «nos une porque nos reconocemos en la misma fe en Cristo, muerto y resucitado, transmitida mediante el testimonio a lo largo de los siglos». Constituye también una oportunidad para «renovar nuestra conciencia en el contenido fundamental del credo cristiano, que es la fe en la encarnación del Hijo de Dios». En palabras del presidente de la Conferencia Episcopal de Turquía, franciscano, el aniversario del Concilio de Nicea «es una oportunidad para reavivar la fe en un tiempo en el que hay una gran necesidad de paz». Turquía se encuentra precisamente en una posición geográfica y geopolítica compleja en este contexto internacional. 

Única potencia regional

Paolo Bizzeti apunta a que el país se está convirtiendo cada vez más en la única potencia regional en un Oriente Medio «en llamas», donde solo sacan provecho «quienes creen que pueden quedar impunes y actúan con una violencia inútil y contraproducente». El análisis de quien fuera vicario de Anatolia concluye que a las grandes potencias no les interesa la estabilidad de Oriente Medio por motivos geoestratégicos y económicos, mientras que Europa subestima una región que «no solo fue cuna de civilizaciones, sino que también representa la diversidad étnica, religiosa y política, lo que podría hacer de ella un laboratorio mundial de paz».

El obispo Kmetec también es consciente de que Turquía se sitúa en un cruce de caminos entre Occidente y un Oriente Medio roto. Ante esta situación, indica que los pastores deben ser, ante todo, «testigos de paz y de reconciliación», para consolar y vivir con esperanza. «Aunque no pocas veces, lo único que podemos hacer es estar cerca rezando. En nuestra pobreza, estamos llamados a ayudar concretamente, siempre que sea posible, a todos los necesitados», apostilla. 

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