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La Iglesia que espera a León XIV en Argelia: el martirio de Esther y Caridad, una lógica de permanecer cuando los demás huyen

El Papa iniciará este lunes su viaje apostólico por África. Durante su visita de dos días tras las huellas de san Agustín, el Santo Padre se acercará al municipio donde las dos agustinas españolas fueron asesinadas por yihadistas

El papa León XIV iniciará este lunes en Argelia su viaje apostólico por África. Durante su visita de dos días tras las huellas de san Agustín, el Santo Padre se acercará al convulso municipio de Bab El Oued —en la provincia de Argel—, donde la frontera entre el servicio y el martirio se desdibujó para las misioneras españolas Esther Paniagua y Caridad Álvarez el 23 de octubre de 1994.

En la Argelia de los años 90, la fidelidad al Evangelio era mucho más que una abstracción teológica: era un cálculo de riesgo diario. En semejante contexto, las historias de Esther y Caridad representan un caso de estudio sobre la resistencia silenciosa del cristiano comprometido frente al extremismo.

En 1994, la crisis política argelina había escalado hasta un punto de no retorno con el asesinato, en el mes de mayo, del hermano marista Henri Vergès y la hermana Paul-Hélène Saint-Raymond. Ante semejante amenaza, los obispos locales ofrecieron una salida discreta y honorable para todos aquellos seguidores de Cristo que cumplían misión en el país: nadie debía quedarse si no era por una decisión personal y libre. Así, entre el 6 y el 7 de octubre de ese mismo año doce agustinas se enclaustraron en la casa diocesana para suscitar un proceso de discernimiento a este respecto. María Jesús Rodríguez —por entonces, provincial de la congregación— recuerda que la pregunta no era sobre la utilidad, sino sobre la compañía: «No es que fuéramos necesarias, lo único que queríamos era estar y acompañar la vida en ese momento de dificultad».

Esther Paniagua, enfermera de profesión, personificaba una ética del cuidado que trascendía lo meramente asistencial. En el hospital de Argel donde trabajaba, era conocida como «el ángel». Incluso bajo la sombra de la muerte, su pragmatismo refulgía imperturbable. Cuando el embajador de España le ofreció medidas de seguridad adicionales el último día de su vida, ella declinó con educación. En su lugar, hizo una petición técnica: «Quiero que en el hospital se consigan instrumentos capaces de detectar el cáncer de colon para que se puedan hacer colonoscopias», negoció. Para Esther, la misión se medía en diagnósticos tempranos y en la capacidad de crear un ambiente «de esperanza distendido».

Caridad Álvarez, por su parte, gestionaba lo que podría considerarse la retaguardia de la comunidad. Descrita por sus hermanas como una mujer «entrañable» y una «excelente cocinera», su labor consistía en mantener abierta la puerta de la escucha en un tiempo de «tanta inquietud y de tanto dolor».

Juntas, Caridad y Esther operaban bajo una premisa que desafiaba la lógica de la supervivencia: «Si nos pasa algo, nadie nos quita la vida… porque ya la hemos entregado».

El fatal desenlace ocurrió durante la jornada del Domund. Siguiendo protocolos de seguridad que resultaron ser insuficientes —salir en grupos de dos para no ser un blanco mayor—, Esther y Caridad se adelantaron hacia la Eucaristía. En ese preciso instante, dos disparos terminaron con sus vidas en las inmediaciones de la casa de las Hermanitas de Foucauld. Aquella tarde, el luto no fue solo de la comunidad cristiana en el país; tras su muerte, los médicos, enfermeras y todo el personal del hospital de Argel rodearon sus cuerpos con respeto, colocando dos rosas a la altura de sus hombros.

El perdón

El impacto de su asesinato llegó hasta León, donde la respuesta de sus familias evitó que el testimonio de su martirio se convirtiera en un arma de rencor. Dolores, la madre de Esther, ante la pregunta de si perdonaba a los asesinos, respondió con una claridad que todavía resuena en la congregación: «Si no perdonara, mancharía la imagen de mi hija». Su padre, Nicasio, insistió en dar las gracias públicamente al pueblo argelino, subrayando que su hija había sido «muy feliz» en aquella tierra.

Hoy, la casa de Bab El Oued ha sido reconvertida en un centro para mujeres y niños, un espacio donde, según la superiora general, Ana María Guantay, se busca que los menores vivan una «experiencia de paz». Este es la Iglesia que se encontrará León XIV en el África islámica. Para la «Iglesia mosaico» de Argelia, la visita papal es un reconocimiento a una vocación que monseñor Diego Sarrió, un padre blanco valenciano que es obispo de Laghouat —diócesis que cuenta con poco más de 2.000 católicos, y que abarca gran parte del Sáhara argelino— define como una «presencia humilde, fraterna y fiel». En este rincón del Magreb, la misión nunca se ha regido por la lógica de las conversiones, sino por la «fidelidad» de permanecer cuando otros huyen.

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