La exhortación, escrita a cuatro manos con el papa Francisco, reitera la necesidad de seguir denunciando la dictadura de una economía que mata y de destruir las estructuras de injusticia con el poder del bien. Recuerda también que la caridad hacia los pobres no es mera virtud social, sino expresión de la fe en Cristo
Ya tenemos Dilexi te, el primer gran documento de León XIV. Un proyecto de su predecesor, Francisco, que el Papa agustino asumió como propio. Un texto a cuatro manos entre dos Papas, como ya sucediera con la encíclica Lumen fidei de Francisco en 2013, pergeñada e iniciada por Benedicto XVI.
Como ya se conocía, el amor a los pobres es el tema de esta exhortación apostólica, configurada en cinco capítulos y 121 puntos, a través de los cuales León XIV hace un recorrido por el amor que la Iglesia ha manifestado a los pobres, mandato del propio Cristo, a lo largo de la historia. Incluso antes de la fundación de la propia comunidad cristiana, en el Antiguo Testamento.
En realidad, todo el texto es una constatación de la relación entre el amor de Cristo y la llamada a acercarnos a los pobres. Un camino de santificación, dice León XIV, «sobre el que considero necesario insistir». Así, subraya de diferentes maneras que el amor a los pobres, o la opción preferencial por estos, no es beneficencia ni un mero acto social, sino también doctrinal, «por la naturaleza cristocéntrica de tal fermento».
Para León XIV, en este sentido, nos encontramos en el horizonte de la Revelación, pues «el contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia».
«La opción preferencial por los pobres, el amor de la Iglesia hacia ellos, como enseñaba san Juan Pablo II, es determinante y pertenece a su constante tradición, la impulsa a dirigirse al mundo, en el cual, no obstante el progreso técnico-económico, la pobreza amenaza con alcanzar formas gigantescas», dice en otro momento.
Pero es que además, subraya el Pontífice, este amor a los pobres «genera una renovación extraordinaria tanto en la Iglesia como en la sociedad, cuando somos capaces de libertarnos de la autorreferencialidad y conseguimos escuchar su grito».
Un grito «que interpela constantemente nuestra vida, nuestras sociedades, los sistemas políticos y económicos, y especialmente a la Iglesia». Un mundo, denuncia el Papa, en el que los ricos, que viven en otra dimensión —lo son cada vez más—, mientras el número de pobres también crece exponencialmente.
«Todavía persiste —a veces bien enmascarada— una cultura que descarta a los demás sin advertirlo siquiera y tolera con indiferencia que millones de personas mueran de hambre o sobrevivan en condiciones indignas del ser humano», continúa.
Por eso, el Pontífice pide no bajar la guardia ante situaciones de especial gravedad, como la falta de comida o agua, u otras circunstancias que también afectan a los países más desarrollados. Y lanza un mensaje inequívoco a los cristianos: «No es posible olvidar a los pobres si no queremos salir fuera de la corriente viva de la Iglesia que brota del Evangelio y fecunda todo momento histórico».
El amor de Dios a los pobres
León XIV dedica una parte importante del documento a constatar cómo en la historia de salvación de Dios los pobres tienen un lugar especial, una opción que no es exclusivismo, sino un compadecerse ante la debilidad.
Se centra especialmente en el Evangelio, donde se puede comprobar cómo la pobreza incidió en cada aspecto de la vida del mismo Jesús. Y es precisamente él el que llega para liberar a los pobres. «Él abre los ojos a los ciegos, cura a los leprosos, resucita a los muertos y anuncia la buena noticia a los pobres; Dios se acerca, Dios los ama», añade.
Y, por eso, afirma que «la Iglesia, si quiere ser de Cristo, debe ser la Iglesia de las Bienaventuranzas, una Iglesia que hace espacio a los pequeños y camina pobre con los pobres, un lugar en el que los pobres tienen un sitio privilegiado».
Este amor privilegiado se ha manifestado a lo largo de la historia. Desde los primeros cristianos, cuyo programa de caridad «no derivaba de análisis o de proyectos, sino directamente del ejemplo de Jesús, de las mismas palabras del Evangelio».
Fueron muchos los hombres y mujeres que siguieron estas mismas palabras a lo largo de la historia, fundamentalmente congregaciones religiosas, que respondieron a situaciones de fragilidad y sufrimiento.
Una actitud sostenida por la reflexión de los Padres de la Iglesia, que, según dice León XIV, «reconocieron en el pobre un acceso privilegiado a Dios, un modo especial para encontrarlo». Así, repite una idea recogida en otros apartados: «La caridad hacia los necesitados no se entendía como una simple virtud moral, sino como expresión concreta de la fe en el Verbo encarnado». O dice también: «La caridad no es opcional, sino el criterio del verdadero culto».
Y como buen agustino, trae en su reflexión a san Agustín, para poner en valor, entre otras cuestiones, la limosna, que «no es un gesto paternalista, sino justicia restaurada» ante las estructuras de acumulación, reafirmando así la comunión como vocación eclesial.
El amor de la Iglesia a los pobres
Este amor a los pobres lo concreta el Papa con la respuesta de la Iglesia a través de diversas obras y campos. En el de los enfermos, con los Hermanos de San Juan de Dios, los Camilos, las Hijas de la Caridad, las Hospitalarias… «La tradición cristiana de visitar a los enfermos, de lavar sus heridas, de consolar a los afligidos no se reduce a una mera obra de filantropía, sino que es una acción eclesial», insiste.
Y dice más: «Cuando la Iglesia se arrodilla junto a un leproso, a un niño desnutrido o a un moribundo anónimo, realiza su vocación más profunda: amar al Señor allí donde él está más desfigurado».
León XIV no se olvida de la vida monástica, especialmente la benedictina, también decisiva en la hospitalidad, «signo de una Iglesia que abre las puertas, que acoge sin preguntar, que cura sin exigir nada a cambio».
También pone en valor la cercanía con los cautivos, que continúa hasta hoy, de mercedarios y trinitarios, que veían en el rescate «no una acción política o económica, sino un acto casi litúrgico, una ofrenda sacramental de sí mismos».
«Cuando la Iglesia se arrodilla para romper las nuevas cadenas que aprisionan a los pobres, se convierte en signo de la Pascua», añade.
También reivindica la aportación de las órdenes mendicantes, así como de las congregaciones centradas en los migrantes o en el ámbito educativo. Sobre este último, subraya: «Para la fe cristiana, la educación de los pobres no es un favor, sino un deber. Los pequeños tienen derecho a la sabiduría, como exigencia básica para el reconocimiento de la dignidad humana».
En este sentido, con la opción por los pobres de grandes santos, afirma que «la santidad cristiana florece, con frecuencia, en los lugares más olvidados y heridos de la humanidad». «Es en ellos [los pobres] donde la Iglesia redescubre la llamada a mostrar su realidad más auténtica».
Y concluye el capítulo: «Todos estos ejemplos enseñan que servir a los pobres no es un gesto de arriba hacia abajo, sino un encuentro entre iguales, donde Cristo se revela y es adorado. Cuando la Iglesia se inclina hasta el suelo para cuidar de los pobres, asume su postura más elevada».
El magisterio social
La última parte del documento es un recorrido por el magisterio social desde León XIII hasta nuestros días, con referencias al Concilio Vaticano II y a la reafirmación del destino universal de los bienes, a los Papas y a la Conferencia del Episcopado Latinoamericano en Medellín.
Hasta Francisco, con quien grita: «Es preciso seguir denunciando la dictadura de una economía que mata y reconocer que mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz».
En un mensaje a aquellos que dicen que el mercado se regula solo y que es cuestión de tiempo que las desigualdades se corrijan, afirma también: «La dignidad de cada persona humana debe ser respetada ahora, no mañana, y la situación de miseria de muchas personas a quienes esta dignidad se niega debe ser una llamada constante para nuestra conciencia».
Y concluye: «Las estructuras de injusticia deben ser reconocidas y destruidas con la fuerza del bien, a través de un cambio de mentalidad, pero también con la ayuda de las ciencias y la técnica, mediante el desarrollo de políticas eficaces en la transformación de la sociedad. Siempre debe recordarse que la propuesta del Evangelio no es solo la de una relación individual e íntima con el Señor».






