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El valor de confiar

Un hombre se fue de viaje y encargo a sus siervos de sus bienes: a uno le dio cinco talentos, a otro dos y a otro uno. Los dos primeros, valorando la confianza que su amo había puesto en ellos, se dedicaron a hacer rentable el dinero. En cambio, el tercero, desconfiado y miedoso ante su señor, escondió el talento por miedo a perderlo. Esta parábola nos deja una lección que nos interesa destacar en este momento: la confianza libera y ayuda al crecimiento personal y social (cf. Mt 25, 14-30).

Entre los meses de diciembre de 2024 y enero de 2025, la Fundación BBVA realizó una encuesta sobre el estado de confianza en la sociedad española. La encuesta desvela que los grupos que más confianza despiertan son la familia y los amigos. En cuanto a instituciones, las “neutrales” como la Policía, la Guardia Civil y el Ejército, frente a aquellas otras que son objeto de oposición y de debate; también las relacionadas con la ciencia, la medicina y la tecnología.

Esta confianza se basa sobre todo en la cercanía y el conocimiento personal (como sucede con la familia y los amigos). La confianza interpersonal también se asocia con atributos del universo moral como la verdad, el cumplimiento de las promesas, el tener principios éticos y la competencia o preparación. En cambio, no parecen relevantes la raza o el grupo étnico, el nivel de estudios, el sexo o la religión, lo que significa que ésta no es vista como elemento diferenciador. Por otra parte, la encuesta desvela que la fe católica obtiene un bajo nivel de confianza: cuatro de cada diez encuestados le otorgan la puntuación más baja (0-2) y solo un 16%, la más alta (8-10). Además, los sacerdotes alcanzan un nivel de confianza inferior a la mayoría de los profesionales, con una nota de un 3, 9.

Ciertamente, estos datos son preocupantes, y no porque nos toquen el orgullo personal, sino porque inciden directamente en la acogida del mensaje que ofrecemos, en la práctica oracional y celebrativa, en el ejercicio de la corresponsabilidad de todos en la misión de la Iglesia. Por lo tanto, los que estamos preocupados y ocupados en la evangelización, no podemos pasar por alto esta realidad

En primer lugar, debemos asumir la responsabilidad que nos corresponde. La santidad que predicamos, el listón ético que fijamos son referencias muy exigentes que no siempre cumplimos. En este sentido, en los últimos tiempos están resultando escandalosos los episodios de abusos sexuales contra menores cometidos en su mayoría, eso sí, hace mucho tiempo. Por otra parte, la disminución del numero de sacerdotes hace más difícil la cercanía y una atención más personalizada que, en otros tiempos, podíamos mantener

No podemos ignorar tampoco que la religión católica, hasta no hace mucho, era absolutamente mayoritaria y no estaba sujeta a la controversia. En el momento actual, se han hecho presentes en nuestro territorio otras religiones que pugnan por ocupar su espacio. Tampoco podemos olvidar el peso del laicismo empeñado en arrinconar a la religión católica. Apoyados en partidos extremistas, con frecuencia hacen campaña para acusar a la Iglesia de inmatricular bienes que no son suyos, no pagar impuestos, adoctrinar en los colegios, ser un nido de pederastas… Afortunadamente, el tiempo destapa la mentira, y su hipocresía va quedando patente con meridiana claridad.

Recuperar un grado mayor de confianza en la Iglesia, tal como nos pide el reciente Sínodo (n. 46), debe ser un compromiso de todos los católicos, especialmente de los laicos que, la mayoría de las veces se quedan cayados, incluso ante los ataques injustos. Lo primero ha de ser crecer en coherencia de vida y de testimonio. Mejoremos también el trato personal, la cercanía, y la transparencia. Evidentemente, los resultados de la encuesta manifiestan que no nos conocen bien.

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