…que nunca dejó de serlo. Érase una vez un papa que siguió calzando las suelas peladas de Buenos Aires y se dejaba llevar por la misericordia de la oreja buena, olvidándose adrede de su mitra.
Francisco recibe hoy en su casita nueva —de Santa Marta se mudó a Santa María—, y allí sigue escuchando todo tipo de confesiones, monsergas y pedidos. Lo he visto con mis propios ojos, ahora que estamos en Pascua otra vez, y las colas siguen pasando ante su tumba con naturalidad, creando un nuevo triángulo en las guías de Roma, donde la visita a la basílica más española se ha incorporado al diámetro obligado que iba de San Pedro al Coliseo.
Él escucha, como antes, y se fía del último que le cuenta. Hace favores a su manera, con un guiño guasón, y se queda esperando a ver qué urge. Un año de Papa egresado ha dado para mucho y, sin embargo, la gente no se cansa de ir a verle. Hay algo de retorno al padre Jorge, el del abrigo negro, que se palpa en la fila que camina despacio hasta el «Franciscvs» desprolijo de la lápida. Y se le echa de menos, qué caramba, pero está la certeza de tenerle. Al servicio de León, por descontado, y de todos nosotros por pedrea.
Sigue siendo un misterio el nuevo Papa, repiten los que viven en la zona, y nadie le adivina las agendas. «Está poniendo orden», dicen unos. «Guarda silencio aposta», le interpretan, «para ejercer un nuevo liderazgo», «para observar cómo se mueven los que aguardan». Seguro que Francisco se divierte. Hay quien sostiene que preparó el terreno. Lo que es un hecho es que no ha terminado, ni su misión se puede dar por muerta.
* Paloma García Ovejero es jefa de Prensa internacional de Mary’s Meals. Fue subdirectora de la Oficina de Prensa de la Santa Sede.








