«En un mundo que corre sin saber hacia dónde, el católico que va despacio es un signo. Un signo de que hay otra forma de vivir. Signo de que Dios no tiene prisa, pero siempre llega a tiempo»
«Solo una cosa es necesaria…». Siempre me llama mucho la atención el Evangelio de Marta y María. A veces, incluso me cuesta comprender cómo Jesús da la razón a María, pese a que es Marta quien prepara la mesa, la casa, la comida… Y es que, quizás, debamos recuperar esa virtud tan olvidada, la lentitud. Nuestra vida parece estar inmersa en una rapidez sin control: no hay tiempo que perder, los trabajos nos desgastan, no nos paramos a pensar, todo lo hacemos de manera mecánica porque, al final, parece que solo importan los resultados. A causa de esto, el ritmo de nuestras actividades se ha convertido en algo totalmente deshumanizado.
Cada nuevo proyecto que aparece aspira a anteponerse a todo, a ser lo más importante. Siempre tenemos que estar conectados, siempre disponibles. Esto hace que no sepamos diferenciar y vivimos todos los días como si fuera un día sin fin; de hecho, amanecemos ya con retraso; como dicen en las oficinas: «Esto era para ayer». Pasamos por las cosas sin vivirlas, hablamos con los demás sin escucharlos, acumulamos información que no llegaremos a profundizar, comemos rápido sin saborear. Realmente, la velocidad a la que vivimos nos impide vivir.
Y nos impide rezar. Porque la vida interior requiere exactamente lo que la prisa no nos da: atención, silencio, perseverancia, tranquilidad. No se puede escuchar a Dios mientras se huye. No se puede amar de verdad a quien no nos detenemos a mirar.
La oportunidad de la Cuaresma
Por eso la Cuaresma, que hoy comenzamos, nos ofrece una oportunidad providencial. La Iglesia nos regala 40 días para frenar, para quitar el piloto automático, para vivir de nuevo nuestra vida, para lo que hemos sido creados. La Cuaresma es, en el fondo, una invitación a la lentitud. No se nos pide que hagamos más, sino que estemos más presentes en lo que hacemos. El ayuno nos enseña a no devorar. La oración nos enseña a detenernos. La limosna nos enseña a mirar al otro con calma suficiente como para ver su necesidad.
Jesús nunca tuvo prisa, estuvo 30 años en vida oculta, sin pensar: «Oye, estoy perdiendo el tiempo pudiendo obrar tantos milagros». Caminó durante tres años por toda Palestina, y se retiró al desierto 40 días. Incluso ante las decisiones importantes, pasaba la noche en oración, como cuando eligió a sus apóstoles; todo lo rezaba, disfrutando el proceso, no solo el resultado, o incluso ante la muerte de Lázaro, «se demoró dos días más» (Jn 11,6), como recordando que los tiempos de Dios no son los nuestros.
Por eso, para esta Cuaresma te propongo algo tan bueno como sencillo: vivir despacio. No añadir una penitencia más a la lista, sino hacer de la lentitud la penitencia misma. Comer sin prisa, como quien agradece por los alimentos recibidos. Rezar sin cronometrar, como quien conversa con un amigo. Caminar sin auriculares, escuchando la vida. Llegar 15 minutos antes a Misa y quedarse 15 minutos después, como quien sabe que ahí está la fuente de la vida para todo el día.
Paciencia y gratitud
La lentitud, vivida así, no es un fin en sí misma: es una puerta. Al frenar, descubrimos que aparecen virtudes que la prisa tenía secuestradas. La paciencia necesita tiempo para ejercitarse. Si no, no es paciencia. O la gratitud, que solo nace cuando nos detenemos a contemplar lo recibido. La escucha, que es imposible sin silencio. La mansedumbre, que no puede darse prisa. La esperanza, que por definición sabe esperar. Incluso la caridad, porque no se puede amar al prójimo al que no le damos la oportunidad para conocerlo.
Kundera escribió que la velocidad es directamente proporcional al olvido. Podríamos darle la vuelta: la lentitud es directamente proporcional a la memoria. Y la Cuaresma es, en esencia, un ejercicio de memoria: recordar de dónde venimos, recordar quiénes somos, recordar hacia dónde caminamos. «Acuérdate de que eres polvo», se nos dice el Miércoles de Ceniza. Pero para acordarnos hace falta pararse, frenar, meditar.
En un mundo que corre sin saber hacia dónde, el católico que va despacio es un signo. Un signo de que hay otra forma de vivir. Signo de que Dios no tiene prisa, pero siempre llega a tiempo. Esta Cuaresma, atrévete a vivir diferente, atrévete a ir despacio, atrévete a vivir la vida que el Señor pensó para ti desde toda la eternidad.








