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«Estad seguros. Esté listo» (Mt 24, 43 y 44)

Un año más iniciamos el tiempo de Adviento y, con éste, el año litúrgico. Nos preparamos en este tiempo para la llegada del Señor, esa llegada que celebramos cada año con las fiestas de Navidad. De tanto repetir esta preparación, quizás no nos demos cuenta de su importancia, y ciertamente la misma dinámica de la sociedad de la que formamos parte no nos ayuda demasiado, por haber convertido la Navidad (es decir, la solemnidad del nacimiento del Señor) en la fiesta de la luz, cuando no en una fiesta puramente comercial.

El centro de la celebración es que Dios ha enviado a su Hijo, que se ha hecho hombre en las entrañas de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, y que ha querido compartir nuestra humanidad, no sólo para experimentar lo que nosotros vivimos, sino sobre todo para morir, y vencer así a la muerte desde su misma naturaleza.

No es poca cosa ese misterio. Es tan grande que nunca debería dejar de sorprendernos. Pero el advenimiento del Hijo de Dios no es un simple hecho pasado, está también presente, porque Cristo está en medio de nosotros, en su Iglesia y en el rostro de cada ser humano, y de manera muy especial en el rostro de quienes más necesitan de la presencia consoladora de Dios a su lado.

No se trata de iluminar tan sólo las calles, aunque sea una hermosa costumbre que arraiga en el misterio de la encarnación y en costumbres ancestrales. Se trata sobre todo de iluminar nuestros corazones, y que nosotros seamos capaces de iluminar los corazones de los demás. ¿Cómo iluminarlos si no es con la luz de la esperanza?

Escribe el papa León XIV: «Dios muestra predilección hacia los pobres, a ellos se dirige la palabra de esperanza y de liberación del Señor y, por eso, incluso en la condición de pobreza o debilidad, ya nadie debe sentirse abandonado.» ( Dilexi té , 21).

Una de las costumbres de los países nórdicos que hemos importado e incorporado a nuestras tradiciones navideñas es la corona de Adviento. Estemos pues este primer domingo de Adviento listo para encender la vela de la esperanza, con la seguridad de que a poco que nos esforcemos, su luz podrá llegar a quien más la necesita.

Sólo así podremos cumplir la misión que nos confiaba el papa Francisco al convocar este año jubilar de la esperanza que está a punto de concluir: «¡Que la luz de la esperanza cristiana pueda llegar a todas las personas, como mensaje del amor de Dios dirigido a todos! ¡Y que la Iglesia pueda ser testigo fiel de este anuncio en todo el mundo!» ( Spes non confundido, 6).

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