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Eternidad y cotidianeidad

Traigo hoy a colación otro de los mensajes que el papa León XIV nos dejó a su paso por España, que me ha venido a la mente al leer el evangelio de este domingo. En este caso, fueron unas palabras dichas en el encuentro con el mundo de la cultura, del arte, de la economía y del deporte. Hablando del significado de la expresión «tejer redes», que formaba el lema del encuentro, el Papa llegó al testimonio innegable de muchos hombres y mujeres que, en España, movidos por su fe han levantado y llevado adelante innumerables iniciativas en servicio a los demás (hospitales, escuelas y tantas iniciativas sociales…). A la vista de tantos ejemplos, dice el Papa, cabe preguntarse con honestidad si el mundo —y en particular, Europa— habría forjado su actual identidad sin esta huella espiritual.

El Papa no lo dice como una provocación, como si fuera una especie de reto para ver quién ha aportado más a la civilización occidental; es una invitación a pensar «si la eternidad, que irrumpió en el tiempo y en el espacio a través de Jesucristo, puede volver a reconciliarse con lo cotidiano», de donde parece que ha sido expulsada. Y continúa León: «¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianeidad?»

Esta pregunta está relacionada con aquella que los líderes religiosos del pueblo de Israel dirigieron a Jesús: «¿Con qué autoridad haces esto?» Jesús responde a esta pregunta de forma indirecta a través de tres parábolas. La central es la de los viñadores homicidas. Esta toca el núcleo del problema: ¿Tiene el creador algo que decir en la creación?

La parábola de Jesús nos presenta una imagen en la que un hombre planta una viña, la protege con una cerca, prepara un lagar para que pueda ser trabajada y se la arrienda a unos trabajadores. Pasado el tiempo, los trabajadores se olvidan del dueño, o mejor, quieren olvidarse. Porque el dueño envía mensajeros en gran cantidad que son maltratados y rechazados. Al final, envía solamente al hijo, pensando que esto hará recordar a los arrendatarios la bondad y el amor del creador de la viña, que les dio este espacio ya preparado para dar fruto. Por eso envía al hijo, no con un ejército para tomar la viña por la fuerza, sino sólo e indefenso, para expresar con mayor claridad su deseo de paz.

Entonces surge en el corazón de los arrendadores un perverso pensamiento: reconocen que es el hijo, el heredero, y ven la ocasión de romper toda relación con el Creador. «Venid —dicen los labradores—, lo matamos y nos quedamos con su herencia». Lo que ellos no saben es que esto formaba parte de lo que el Padre esperaba que pudiera pasar. Y esa terrible muerte dará paso a una nueva construcción ya definitivamente indestructible en el amor revelado del Padre y el Hijo: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular», es decir, la piedra que se pone como cimiento de una nueva edificación.

Volvamos ahora a la pregunta del Papa: «¿Por qué temer que la eternidad impregne la cotidianeidad?» El miedo que tenían los viñadores es el mismo que impregna a muchos de los hombres en el tiempo actual. ¿Es que acaso el Creador quiere robarnos lo creado, impedirnos disfrutar de todo lo que la creación nos presta a diario? No es así. Lo único que espera Dios de nosotros es, precisamente, que demos fruto con aquello que él nos ha dado, es decir, que vivamos la vida a fondo, en verdad. Para que esto suceda hemos de reconocer que la vida no es nuestra, sino que nos ha sido dada. En caso contrario, ese impulso defensivo y homicida hacia el Padre se dirigirá también hacia los demás hombres, a los que veremos como adversarios de nuestra pretendida felicidad.

En su reciente viaje apostólico a Francia, en la sede de la UNESCO, el papa León volvió a hacerse la pregunta: «¿Qué significa ser humano?» Y responde: «ser humano significa, en primer lugar, ser un hijo». Y «como hijos, todos somos hermanos y hermanas». Para tomar conciencia de esto no hemos de temer que la eternidad, que ha tomado nuestra carne en el Hijo de Dios, se reconcilie con lo cotidiano.

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