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Fiesta de san Fulgencio. Patrono de la Diócesis de Cartagena

Excmo. Mons. Francisco Gil Hellín,
Ilmos. Sres. Vicario general y vicarios episcopales,
Cabildo de la Santa Iglesia Catedral,
Rectores de los seminarios mayores San Fulgencio y Redemptoris Mater,
Formadores de los seminarios,
Queridos sacerdotes, religiosos y religiosas,
Diáconos, seminaristas,


Queridos hermanos y hermanas.

Hoy celebramos la fiesta de nuestro patrón, san Fulgencio, defensor de la fe y fiel a la voluntad de Dios. Abramos bien los ojos y veamos cómo él respondió generosamente al amor de Cristo, cómo lo vivió y cómo lo predicó. El centro de la atención fue necesariamente el Señor: «Cristo, en cumplimiento de la voluntad del Padre inauguró en la tierra el reino de los cielos, nos reveló su misterio y con su obediencia realizó la redención» (Lumen Gentium, 3). Este texto nos permite considerar la misión mesiánica de Cristo y nos ayuda a ver la estrecha y profunda conexión que existe entre la misión y Jesús, entre lo que predica y la credibilidad que ofrece su misma persona. La predicación del reino, que llevó a cabo Jesús, viene a concretarse en que la Buena Noticia es él mismo,
Jesucristo es la Buena Noticia. Hoy reconocemos la importancia de la «pasión por la evangelización», es decir, por tener «celo apostólico».

Hablemos del celo apostólico. Se trata de una dimensión que es vital para la Iglesia. Pensad que la comunidad de los discípulos de Jesús nació apostólica, misionera. El Espíritu Santo la forja en salida, a esto se refiere el Papa Francisco, cuando nos habla de una Iglesia en salida, para que no se repliegue en sí misma, sino que sea extrovertida, que siga el testimonio contagioso de Jesús y esté orientada a irradiar su luz hasta los últimos confines de la tierra.

Pero, todos sabemos que la vida es compleja y que la fragilidad humana nos lleva muchas veces a olvidarnos de lo esencial, incluso hasta de la palabra más solemne que hayamos dado. Esto sucede cuando nuestro ardor apostólico, el deseo de llevar a los otros el buen anuncio del Evangelio, disminuye o se vuelve tibio. A veces parece eclipsarse y nos vamos cerrando, dejamos de pensar en los demás. Esto no nos hace bien a nadie, porque si nuestra vida cristiana pierde de vista el horizonte de la evangelización, el horizonte del anuncio, se enferma: se cierra en sí misma, se vuelve autorreferencial, se atrofia. Sin el celo apostólico, la fe se marchita, dice el Papa Francisco en sus catequesis. La misión es el oxígeno de la vida cristiana: la tonifica y la purifica.

Hermanos sacerdotes y laicos, en este día de nuestro patrón, san Fulgencio, debemos comenzar a descubrir la pasión evangelizadora, empezando por las Escrituras y la enseñanza de la Iglesia, para obtener de las mismas fuentes el celo apostólico, que nos ayude a reavivar el fuego que el Espíritu Santo quiere hacer arder siempre en nosotros.

Todos sabemos cómo Jesús fue llamando a sus discípulos, al mismo Mateo, que era un publicano y que no estaba bien visto por los judíos por ser colaborador con los romanos, lo llamó también. Sí, también llamó a este que tenía mala fama. No nos extraña ahora la actuación de Jesús, porque lo ha explicado en el Evangelio: «Yo he venido por los pecadores, no por los justos». Esta mirada de Jesús que es hermosa, que ve al otro, sea quien sea, como un destinatario de amor, es el inicio de la pasión evangelizadora. Todo parte de esta mirada, que aprendemos de Jesús.

Ante esto, nos dice el Papa Francisco: «Podemos preguntarnos: ¿cómo es nuestra mirada hacia los otros? ¡Cuántas veces vemos los defectos y no las necesidades! ¡Cuántas veces etiquetamos a las personas por lo que hacen o lo que piensan! También como cristianos nos decimos: ¿es de los nuestros o no es de los nuestros? Esta no es la mirada de Jesús:
Él mira siempre a cada uno con misericordia, es más, con predilección. Y los cristianos estamos llamados a hacer como Cristo, mirando como él especialmente a los alejados. De hecho, el pasaje de la llamada de Mateo se concluye con Jesús que dice: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores” (v. 13). Y si cada uno de nosotros se siente justo, Jesús está lejos, él se acerca a nuestros límites y a nuestras miserias, para sanarnos».

Por tanto, todo empieza por la mirada de Jesús, «vio a un hombre», Mateo. Primero la
mirada, Jesús vio; después, el segundo paso, el movimiento. Mateo estaba sentado en el
despacho de los impuestos; Jesús le dijo: «Sígueme». Y él «se levantó y le siguió» (v. 9).
Notamos que el texto subraya que «se levantó». ¿Por qué es tan importante este detalle?
Porque en esa época quien estaba sentado tenía autoridad sobre los otros, que estaban de
pie delante de él para escucharlo o, como en ese caso, para pagar el tributo. Quien estaba
sentado, en resumen, tenía poder. Lo primero que hace Jesús es separar a Mateo del poder:
del estar sentado recibiendo a los otros y lo pone en movimiento hacia los otros; no recibe,
no: va a los otros; le hace dejar una posición de supremacía para ponerlo a la par con los
hermanos y abrirle «los horizontes del servicio».

Tres cosas han sucedido entre Jesús y Mateo: una mirada, un movimiento y una meta.
Después de haberse levantado y haber seguido a Jesús, ¿dónde irá ahora Mateo? ¿Cuál
será su meta? Mirad qué sencillo: a Mateo lo lleva Jesús a su ambiente, a su casa, con
los suyos, pero vuelve cambiado y con Jesús. Su celo apostólico no empieza en un lugar
nuevo, puro, un lugar ideal o lejano, no; sino ahí, donde vive, con la gente que conoce,
entre los suyos.

Este es el mensaje para nosotros: nuestro anuncio empieza aquí, donde vivimos, para
testimoniar cada día la belleza del Amor que nos ha mirado y nos ha levantado, y será
esta belleza la que convenza a la gente; no comunicarnos nosotros, sino hablar del mismo
Señor, dejar que él les convenza. Nuestra mejor mediación está en nuestro testimonio, no
en nuestras palabras, que la gente vea cómo Jesús nos ha transformado verdaderamente
por dentro y por fuera. Nuestra misión es ser portadores de Dios, como la Virgen María.
A ella os encomiendo a todos, en este tiempo donde debemos promover más que nunca
las vocaciones al servicio de los hermanos.

Que san Fulgencio nos ayude en la apasionante tarea evangelizadora. Amén.

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