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Alzad la mirada a Jesús, la Iglesia y los pobres

Argüello hace balance en ECCLESIA de la visita del Papa a España: «El viaje ha estado lleno de emoción, sabiduría evangélica, dramas humanos y belleza. En nosotros está ser heraldos de la sabiduría y transformar la emoción en virtud»

El papa León XIV nos ha invitado a poner los ojos en Jesús clavado en la Cruz, no para desentendernos de las relaciones ni de la historia, sino para, con los ojos iluminados, mirar con mayor profundidad todo lo que nos rodea. León XIV fundamenta todo su mensaje en la persona de Jesucristo y el anuncio del Evangelio. Cristo no es un referente abstracto, sino una presencia viva en la Eucaristía, en los pobres, en la comunidad eclesial y en la historia. El Papa insiste en que Jesucristo «responde a las grandes preguntas sobre la vida humana y su plenitud» y que la persona humana sigue siendo «el camino primero y fundamental de la Iglesia». 

La imagen de Nicodemo articula la propuesta cristiana para el hombre contemporáneo: todos somos «peregrinos en la noche», en búsqueda de luz, llamados a dejarnos «renacer de lo alto». Las noches de la vida personal, de la Iglesia, de la sociedad, no son fracasos, sino «lugar de bendición, espacio para renacer». Nos despojan de máscaras y nos devuelven a lo esencial. La fe no es un camino paralelo a la existencia humana, sino un itinerario profundamente entrelazado con ella.

Ninguna adhesión a Cristo puede coexistir con la guerra, con matar al inocente antes de nacer, ni con el abandono de quien sufre. La Cruz de Cristo que corona la torre bendecida en la Sagrada Familia se convierte en «estandarte de caridad», porque Dios transforma «un instrumento de muerte en signo de esperanza». El Papa ha propuesto el kerigma no como imposición, sino como servicio: Jesucristo «no nos quita nada y nos da todo».

Los ojos iluminados permiten descubrir la dignidad humana como el hilo conductor que atraviesa todos los discursos del obispo de Roma en España. Tiene un fundamento teológico explícito: el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios y por eso su valor no depende de sus capacidades, riquezas o funciones sociales, sino del «don que lo precede y lo excede, dado por Dios como expresión de su amor que nunca falla». 

León XIV afirma que «toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana», dignidad que «precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento». La defensa de la vida humana no es un interés confesional, sino «una meta de civilización»: «Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia». La grandeza moral de una nación se mide por su capacidad de «acompañar, proteger y amar» las vidas más frágiles. El Papa ha proclamado que «todo ser humano es digno por el mero hecho de haber sido querido, creado y amado por Dios» y que su amor misericordioso «está siempre por encima de cuánto bien o mal hayamos hecho». Ante los inmigrantes, la dignidad es defendida con una formulación que ha de resultar un emblema: «La dignidad humana no tiene pasaporte ni pierde valor al cruzar una frontera».

La Iglesia está llamada a ser «testimonio de unidad en la pluralidad» en un tiempo de polarizaciones. León XIV ha propuesto la imagen del mosaico: «Muchas teselas, sin confundirse, convergen para manifestar la belleza del único Señor». El Papa ha desarrollado la imagen del Cuerpo de Cristo: «Trabajar juntos no es una elección de estilo, sino una necesidad fisiológica». La comunión vivida hacia el interior posee también «una fuerza misionera» hacia el exterior: con otros cristianos, con otras religiones, con quienes no creen. El camino sinodal es «un proceso de escucha en profundidad» capaz de «reconocer la voz de Dios que habla a través de la comunidad eclesial». Los consejos parroquiales y diocesanos no son trámites burocráticos, sino «espacios de escucha recíproca para el ejercicio del discernimiento». El Papa anima explícitamente a los presbíteros a practicar el discernimiento comunitario con su pueblo: detenerse para «interpretar la vida de los barrios, los cambios culturales, las tensiones sociales y las prácticas eclesiales a la luz del Evangelio». El Espíritu «suscita vocaciones y las une, provocando a veces agitación, discusión, búsqueda de nuevos equilibrios». La espiritualidad eucarística es presentada como fundamento de la unidad eclesial. La Eucaristía no encierra en devoción privada, sino que impulsa al servicio del prójimo: «La unión con Cristo es al mismo tiempo unión con todos los demás a los que él se entrega». El Viático —el Pan de la Palabra y de la Eucaristía— es descrito como más necesario que el alimento material. La vida sacramental «acompasa nuestra existencia» como el alimento que nutre al caminante para llegar a la meta. Esta metáfora eucarística, en el contexto del camino de los peregrinos del Camino de Santiago, sintetiza bien la eclesiología del Papa: la Iglesia es un pueblo en camino que vive de Cristo y anuncia el evangelio a los pobres con su entrega. 

Los pobres, con sus diversos rostros, han acompañado el juicio histórico, cultural, económico y político que el Papa ha realizado en un genuino ejercicio de doctrina social de la Iglesia en acción. Nos ha invitado a superar el asistencialismo compasivo y ha presentado muchos rostros de pobres y empobrecidos por la injusticia que ha denunciado con claridad. Ha clamado por una política del bien común que asegure la custodia de cada persona en su dignidad. Nos ha introducido en las pobrezas, afectivas, morales y espirituales, ha dialogado con ellas y ha ofrecido la ternura del Corazón de Jesús, encarnada en la Iglesia según la vocación de cada uno.

La Virgen en sus advocaciones, Almudena, Montserrat, de la Merced y del Carmen, ha acompañado el viaje de León XIV, que nos la ha ofrecido como compañera de camino. Los santos Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Ignacio de Loyola, Juan de Ávila, Toribio de Mogrovejo y el alfaquí Hernando de Talavera son maestros de vida para el presente. 

Hemos recibido una vigorosa llamada a la conversión y a la santidad, nos hemos reconocido Pueblo entre los pueblos y hemos sido juzgados y evangelizados por los pobres. El viaje ha estado lleno de emoción, sabiduría evangélica, dramas humanos y belleza. En nosotros está, conmovidos por los dramas humanos y la belleza, ser heraldos de la sabiduría y transformar la emoción en virtud. ¡Gracias, Santo Padre! 

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