Ofreció su testimonio en el II Foro sobre el Perdón y la Reconciliación, organizado por la Oficina para las Causas de los Santos y el Instituto de Espiritualidad de la Universidad Pontificia Comillas
21 años después, se acaban de cumplir hace dos días, Fausto Marín recuerda con claridad aquel 11 de marzo de 2004. Todavía tiene en la memoria la portada del periódico de aquel día o el café antes de comenzar su trabajo de joven profesor de colegio. También que, desde que conoció la noticia de los atentados en Atocha, tuvo el presentimiento de que en aquellos trenes iba su hermano.
O, en mitad de esas circunstancias, el sostén de Dios: «Empezamos a atisbar en esos momentos un sentimiento de paz, que nos venía regalada por el Señor. Sin ella, no sé cómo podríamos haber afrontado esas horas».
También cuenta que su madre enseguida se puso a rezar y que siempre decía que el único lugar en el que se encontraba a gusto era rezando ante el Señor. O cómo en el seno de la familia se planteaba la pregunta sobre las familias de aquellos que habían sido los responsables de la muerte de su hermano: ¿qué culpa tenían ellas?
«¿Por qué no nos ponemos en el lugar del otro para intentar entenderlos? ¿Por qué no hacemos el esfuerzo? Y es un esfuerzo que duele, porque la otra persona nos ha arrebatado la vida de una persona de nuestra familia», ha explicado.
Con todo, Fausto reconoce que Dios los ha llevado a lo largo de este tiempo por el camino que querría su hermano. «Durante estos 21 años, el Señor nos ha llevado por un camino de luz», que, ha continuado, no sería posible sin el perdón y sin ponerse en el lugar del otro.
Y sabiendo que «hay que aceptar la voluntad de Dios, aunque cueste, y tener la entereza para discernir». Algo que solo es posible, ha continuado, desde la oración y el encuentro con Jesucristo. «El ejemplo más grande de perdón es Jesús», ha concluido.








