En su recepción a la congregación, el Papa subrayó que la gratitud y la responsabilidad son actitudes que «recuerdan bien la figura de san José, guardián de la Sagrada Familia.
En una entrañable recepción en la Sala Clementina del El Vaticano, el Papa Francisco recibió ayer a la Congregación de los oblatos de San José al concluir su 18º Capítulo General. Su Santidad volvió a mostrar su carácter afable al recordar, al comienzo de su discurso de bienvenida, que su familia tiene sus orígenes en Asti, la cuna de san José Marello, fundador de la congregación. «Tenemos raíces comunes en esa tierra del Piamonte. Es una tierra hermosa, con buen vino…».
Tras congratularse por la reelección de Padre Jan Pelczarski como Superior General reelegido, recordó que la guía escogida para los trabajos capitulares de los oblatos ha sido la frase de San Pablo a Timoteo: «Te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti» (2 Tim 1,6), dijo en palabras recogidas por el Dicasterio de la Comunicación de El Vaticano.
«Son palabras exigentes, estas», reconoció el Papa, «con las que os reconocéis beneficiarios de un don -la santidad del Fundador, el carisma y la historia de vuestra Congregación- y os comprometéis a asumir las responsabilidades consiguientes: custodiar y hacer fructificar los talentos recibidos poniéndolos -vosotros y los talentos- al servicio de vuestros hermanos».
Precisamente estas dos actitudes, gratitud y responsabilidad, «recuerdan bien la figura de san José, guardián de la Sagrada Familia, que es el modelo, el inspirador y el intercesor de vuestra Congregación». A partir de ahí, Francisco subrayó «tres dimensiones de la existencia de José de Nazaret, que me parecen importantes también para vuestra vida religiosa y para el servicio que prestáis en la Iglesia: el ocultamiento, la paternidad y la atención a los últimos».
Arraigarse en el ‘estar’ con Jesús cada día
Respecto al ocultamiento, recordó que San José Marello sintetizó este valor con el lema: «Sed cartujos dentro, y apóstoles fuera», e instó al oblato a «arraigar» su vida de fe y su consagración religiosa «en el ‘estar’ con Jesús cada día. No nos engañemos: sin Él, no podemos permanecer en pie». Por eso los animó a «cultivar siempre una intensa vida de oración», mediante «la participación en los Sacramentos, la escucha y la meditación de la Palabra de Dios, la adoración eucarística, tanto personal como comunitaria».
Todo esto, dijo, «se reflejará positivamente también en vuestro apostolado, especialmente en esa misión que os caracteriza como ‘apóstoles de la juventud’. Los jóvenes no nos necesitan a nosotros: ¡necesitan a Dios! Y cuanto más vivamos en su presencia, más capaces seremos de ayudarles a encontrarse con Él, sin protagonismos inútiles y teniendo en el corazón sólo su salvación y su plena felicidad».
Para explicar el segundo punto, la paternidad, recurrió a las as palabras que san José Marello escribió a don Stefano Delaude: «¡Pobre juventud, demasiado abandonada y descuidada, pobre generación en crecimiento demasiado a menudo dejada a merced de sí misma!». (Carta 31, 20 de febrero de 1869). Para paliar este problema, los oblatos deben, según Francisco, estar «atentos al bien integral de los jóvenes, presentes de manera concreta junto a ellos y a sus familias, expertos en el arte mayéutico de buenos formadores, sabiamente respetuosos de los tiempos y posibilidades de cada persona».
Finalmente, sobre la atención a los últimos subrayó que «una de las cosas que más llama la atención del santo Esposo de María es la fe generosa con la que acogió en su casa y en su vida a un Dios que, contra todo pronóstico, apareció a su puerta en el hijo de una niña frágil y sin posibilidad de recriminación». José, dijo, «reconoció la presencia real de Dios en su pobreza y la hizo suya; es más, la unió a su vida. Porque nuestra aceptación de los últimos es esta. No se trata de rebajarnos paternalistamente a su supuesta ‘inferioridad’, sino de compartir con ellos nuestra propia pobreza».








