El Papa llama a la conversión en el Año Santo siguiendo el ejemplo de María Magdalena: «La misericordia cambia el corazón»; «en el nuevo mundo se entra convirtiéndose más de una vez»
El papa Francisco se fijó en la figura de María Magdalena para iluminar el evento jubilar del pasado sábado, dentro de este año que «es un nuevo inicio para las personas y para la Tierra», un tiempo «donde todo es replanteado dentro del sueño de Dios». En este contexto, el Santo Padre quiso hacer hincapié en el «cambio de dirección» que implica la palabra «conversión»: «Todo se puede ver desde otra perspectiva y así también nuestros pasos se encaminan hacia nuevas metas». Así, hasta que brota, finalmente, «la esperanza que jamás desilusiona».
Según explicó Francisco, la Biblia relata esta inflexión de la propia trayectoria vital de muchas maneras. «También para nosotros la experiencia de la fe ha sido estimulada por el encuentro con personas que han sabido cambiar en la vida y han, por así decirlo, entrado en los sueños de Dios», agregó. De hecho, el Papa hizo notar que «si en el mundo hay tanto mal, nosotros podemos distinguir quién es diferente: su grandeza, que a menudo coincide con su pequeñez, nos conquista».
Gana, en este sentido, peso la figura de María Magdalena a la luz de los Evangelios: Jesús la sanó con la misericordia y se obró en ella el cambio. Porque, recordó el Pontífice, «la misericordia cambia el corazón, y a María Magdalena, la misericordia la recondujo a los sueños de Dios y dio nuevas metas a su camino».
En cuanto al encuentro con Cristo resucitado que narra el Evangelio de Juan, «varias veces se repite que María se dio vuelta», subrayó Francisco. «¡El Evangelista —prosiguió— escoge bien las palabras! En lágrimas, María mira primero dentro el sepulcro, luego se voltea: el Resucitado no está en la parte de la muerte, sino en la parte de la vida. Puede ser intercambiado con una de las personas que encontramos cada día. Después, cuando escucha pronunciar su nombre, el Evangelio dice que nuevamente María se dio vuelta. Es así que crece su esperanza: ahora mira el sepulcro, pero no más como antes. Puede secar sus lágrimas, porque ha escuchado su nombre: solo su Maestro lo pronuncia así. Pareciera que el viejo mundo todavía estuviese, pero ya no está. Cuando sentimos que el Espíritu Santo actúa en nuestro corazón y sentimos que el Señor nos llama por nuestro nombre, sabemos distinguir la voz del Maestro».
Tras invitar a los presentes a aprender «de la esperanza de María Magdalena», el Santo Padre proclamó que «en el nuevo mundo se entra convirtiéndose más de una vez». «Nuestro camino es una constante invitación a cambiar de perspectiva. El Resucitado nos lleva a su mundo, paso a paso, con la condición de que no pretendamos ya saber todo», desarrolló.
Siguiendo con el argumento, Francisco invitó a preguntarse: «¿Sé voltearme a mirar las cosas diversamente? ¿Tengo el deseo de conversión?». Así, «un yo demasiado seguro y un yo orgulloso nos impide reconocer a Jesús Resucitado: de hecho, también hoy, su aspecto es aquel de las personas comunes que se quedan fácilmente a nuestras espaldas. Incluso cuando lloramos y nos desesperamos, lo dejamos a la espalda». En vez de mirar a la oscuridad del pasado, en el vacío de un sepulcro, «de María Magdalena aprendamos a voltearnos hacia la vida. Allí nos espera nuestro Maestro. Allí es pronunciado nuestro nombre. Porque en la vida real hay un puesto para nosotros, siempre y en todos lados. Hay un lugar para ti, para mí, para cada uno». Y animó a pensar: «¿Cuál es mi lugar? ¿Cuál es la misión que el Señor nos da?», para que este pensamiento «nos ayude a asumir una actitud valiente en la vida».
Presentación en el templo
Mientras tanto, en el ángelus de ayer, domingo, el Pontífice reflexionó sobre el Evangelio de la presentación de Jesús en el templo, señalando que «mientras la Sagrada Familia hace lo que siempre se había hecho en el pueblo de Israel, de generación en generación, sucede algo que nunca antes había ocurrido». En las profecías de Siméon y Ana, se ve que «verdaderamente Dios está presente en medio de su pueblo: no porque habite entre cuatro paredes, sino porque vive como hombre entre los hombres. Esta es la novedad de Jesús».
Cuando Simeón toma al niño en sus brazos, lo llama de tres hermosas maneras, que merecieron la reflexión del Papa: «Jesús es salvación; Jesús es luz; Jesús es signo de contradicción». En primer lugar, «siempre nos deja asombrados» que «la salvación universal esté concentrada en uno». Pero así es, «porque en Jesús habita toda la plenitud de Dios, de su Amor».
Después, Francisco subrayó el hecho de que «como el sol que nace sobre el mundo, este niño lo redimirá de las tinieblas del mal, del dolor y de la muerte», para concluir: «¡Cuánta necesidad tenemos, también hoy, de esta luz!».
Y, por último, la contradicción «para que se revelen los pensamientos de muchos corazones». Jesús revela el criterio para juzgar toda la historia y su drama, y también la vida de cada uno de nosotros: «Es el amor. El que ama vive, el que odia muere».
Sobre esta argumentación, el Santo Padre tendió la mano a los fieles para que se interroguen sobre «¿qué espero de mi vida? ¿Cuál es mi gran esperanza? ¿Anhela mi corazón ver el rostro del Señor? ¿Espero la manifestación de su plan de salvación para la humanidad?» y pidió a María «que nos acompañe en las luces y sombras de la historia, acompañándonos siempre al encuentro con el Señor».








