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Gladis Montesinos: la monja que enseñó a los indígenas a plantar cara

La hermana Gladis Montesinos, carmelita misionera, lleva casi tres años viviendo en la Amazonía boliviana, luchando contra los intereses de las grandes empresas y acompañando la evangelización del pueblo chimán

Antes de viajar a España, Gladis Montesinos recibió una última amenaza de muerte. «Son permanentes y continuas desde antes de venirme a la selva», explica a ECCLESIA. La hermana Gladis es carmelita misionera y lleva casi tres años viviendo en un poblado indígena del pueblo chimán, en plena Amazonía boliviana. Asume la violencia hacia su persona con cierta naturalidad —«ahora, al no saber de mí, habrán inventado en la prensa que he huido del país», bromea, o tal vez no—, pues el camino por el que la llevó el Espíritu Santo fue el de la fraternidad con aquellas gentes «que sufrían el despojo de sus bienes, los abusos sexuales a sus mujeres, las amenazas diarias y las denuncias cada vez que intentan denunciar un caso en el que sus derechos se ven violentados», detalla. «Recuerdo mucho un caso: durante un desalojo forzoso dispararon en el cuello a una niña de quince años y murió. La encontraron cuatro días después, lejos de allí», agrega.

Una de las cosas que más enfada a sus detractores —miembros del Gobierno, compañías madereras y mineras, granjeros y hasta gentes de la propia Iglesia— es el hecho de que «desde que empezaron a juntarse con esa monjita, los salvajes plantan cara y se defienden», afirma, en tono burlón. «Por su propia cultura —prosigue— y su relación de armonía con la naturaleza, los chimanes son gente pacífica, incapaz de reaccionar a una agresión, que han agachado la cabeza cuando les han prendido fuego a sus casas o han violado a sus mujeres. Eso tenía que cambiar y lo hemos trabajado a lo largo del tiempo: hay que mantenerse firme, mirar a los ojos a tu agresor y defenderte, siempre de manera no violenta, por mucho que por dentro estés muerto de miedo (ríe)». Uno de los pasos principales ha consistido en que los indígenas acepten acudir a la Justicia cuando alguno de sus derechos es vulnerado. «Y ahora, cada vez que ponemos un pleito por alguna injusticia manifiesta, automáticamente el agresor denuncia al poblado. Y, claro, cualquier granjero puede pagar las costas y comprar voluntades con solo vender una vaca, pero nosotros obtenemos de la selva lo que necesitamos para vivir, y no tenemos más recursos».

En su opinión, uno de los principales problemas a la hora de proteger a los pueblos de la selva es, precisamente, la llamada Constitución indigenista de 2009, impulsada por el gobierno del otrora líder cocalero Evo Morales: «Es una Carta Magna que encantó a todo el mundo, muy celebrada, todos los países la querían copiar. Pero la realidad es que, luego, por detrás, el Gobierno ha ido implementando leyes que no hacen más que perjudicar a estos pueblos. Estamos en una situación límite, en la que a estas personas se les están quitando sus propiedades y atacando con violencia para talar árboles y abrir minas. Cuando vas a denunciarlo ante la comunidad internacional, como yo he hecho en la ONU, ves cómo allí están todos deslumbrados y no pueden ver más allá de la Constitución».

Por ello, dice que «todo esto es una gran farsa. Montan foros con líderes indígenas a los que han cooptado a cambio de coches, mujeres… Esto es relativamente fácil, porque ellos no tienen nada. Y así dan apariencia de que los pueblos de la Amazonía están representados en estas instancias». Algo similar sucede con las ONG, ya que «todas quieren servir de puente con el Gobierno para la solidaridad, cuando la realidad es que nunca llega nada a los pueblos necesitados». Así, califica al actual gobierno boliviano de «genocida», pues «no le importa la vida ni tiene ningún interés en los Derechos Humanos: solo mira los recursos humanos y materiales como una mercancía».
No cabe duda de que la hermana Gladis es alguien incómodo para los poderosos del mundo —«quería traerme una botella de agua con barro como la que tenemos que tomar cada día en la selva, para ver si algún político de aquí se atrevía a beberla, pero finalmente tuve que salir de urgencia con una niña que se había enfermado y no pudo ser, Dios no lo quiso»—. Su vocación nació «de mamar el compromiso de mi familia con la Iglesia». «Mi mamá tenía siete hijos y, aun así, sacaba tiempo para estar verdaderamente al pie del cañón para los demás», explica. Una labor misionera forjada, además, en tiempos recios: «Durante veinte años de terrorismo en mi país, Perú, entre 1980 y 2000, he acompañado a mi madre a las casas, a visitar familias, ancianos… entre coches bomba. Era un contexto de violencia extrema, que hizo despertarse en mí una vocación de servicio a los demás mucho más radical».

Decantarse por las carmelitas misioneras «fue como cuando tienes un rompecabezas y la pieza encaja». Desde su Perú natal fue destinada a Bolivia, y en la comunidad de El Palmar descubrió el mundo indígena. «Como nuestras casas son lugares de puertas abiertas, recibíamos a algunas personas y pude conocer su realidad, viví el despojo de sus propiedades, las amenazas y abusos constantes, la quema de sus casas… Estaban dejados de la mano de Dios, como se suele decir», explica. «Y ahí empecé a sentir que no podía quedarme de brazos cruzados», agrega. Con aquellos desheredados de la tierra fue con quienes «sentí que tenía el compromiso más grande». Su destino en la Amazonía boliviana coincidió, además, con la llegada del papa Francisco: «Me enganchó muy fuerte, pues sentía una sintonía profunda con todo su mensaje y su testimonio. Desde la Iglesia en salida hasta la alegría del Evangelio, las periferias, etc.».

Misión con los chimanes

En 2021, con el embate de la pandemia, «vivimos experiencias muy duras cuando, por su propia situación de aislamiento, empezaron a ser mucho más saqueados que de costumbre, expulsados de sus bosques, a recibir mucha más violencia». Entonces, movida «desde lo que dice el papa Francisco, de pasar de una pastoral de visitas a una pastoral de presencia», propuso fundar una misión en el poblado chimán, a la que trasladarse con sus hermanas. Tras meditar y discernir, peleó para lograr un permiso especial con que asentarse ella sola en aquella comunidad de la selva. «Cuanta más resistencia encontraba, más se afianzaba en mí la posibilidad de realizar esta experiencia, que, tras discernirla y ser acompañaba, vi que obedecía a nuestro carisma en esa expresión tan bella de “estar atentos a la voz del Espíritu y dejarnos llevar allá donde abra camino”», reconoce.

Finalmente, obtuvo el ansiado permiso y se instaló, como una más, entre los chimanes. «Los primeros dos meses fueron realmente duros y me hicieron cuestionarme muchas cosas, pero siempre me sentí bien y pude ver todo como un regalo de Dios. Ellos, cuando consideran que eres digna de confianza, te tratan como una más», afirma. En la aldea, solo unos pocos habitantes hablan castellano y, a través de ellos, logra comunicarse con el resto, que lo hace en el dialecto selvático. «Con las botas sobre el terreno, comencé a trabajar directamente en lo que ya hacía, articulando con instituciones de Iglesia, de sociedad civil y del Estado para que se les reconozcan sus tierras y sus derechos, que se les reconozca que simplemente quieren seguir viviendo como han hecho siempre desde hace milenios», señala.

Primera evangelización

El poblado chimán donde vive la hermana Gladis nunca ha sido evangelizado. «Veo en estas gentes muchos valores que quisiera tenerlos para mí, y me pregunto qué procesos hay que hacer para integrarlos. Porque esta espiritualidad está ahí, la forma en que, cuando van al río a pescar, piden permiso para sacar los peces con que se alimentarán, o cuando van a cortar un árbol… Toda esa espiritualidad debe brillar al integrarla con la fe cristiana, porque no podemos imponerla. La fe, en cierto modo, está presente en ellos, pero hay que descubrir cómo acompañarla desde su estilo de vida y cosmovisión, pues tienen nociones muy claras de, por ejemplo, el Dios creador. Hay que abrirse y ser lo que dice el Papa, que es lo que dice el Evangelio, hacerlo pasar por las personas humanas, buscando una conversión integral», explica.

En su congregación, el tiempo máximo que una hermana puede vivir fuera de la comunidad es de tres años, plazo que está a punto de cumplirse en el caso de Gladis. De momento, sigue aprendiendo el alambicado lenguaje local, sin perder la fe en que «Dios proveerá», pues de las amenazas de muerte ha sacado el bien de centrarse a muerte en el día a día.

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