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Homilías papales para el 4º Domingo de Cuaresma, B (15-3-2015)

Homilías papales para el 4º Domingo de Cuaresma, B (15-3-2015)


NVulgata 1 Ps 2 EConcordia y ©atena Aurea (en)

 

(1/4) San Juan Pablo II, Homilía en la parroquia de la Santa Cruz de Jerusalén 25-3-1979 (es fr en it pt):

«1. La liturgia dominical de hoy comienza con la palabra: Laetare: “¡Alégrate!”, es decir, con la invitación a la alegría espiritual (…).

  1. (…) El misterio de la cruz del Señor. Hacia este misterio nos orienta el coloquio de Cristo con Nicodemo, que volvemos a leer hoy en el Evangelio. Jesús tiene ante sí a un escriba, un perito en la Escritura, un miembro del Sanedrín y, al mismo tiempo, un hombre de buena voluntad. Por esto decide encaminarlo al misterio de la cruz. Recuerda, pues, en primer lugar, que Moisés levantó en el desierto la serpiente de bronce durante el camino de 40 años de Israel desde Egipto a la Tierra Prometida. Cuando alguno, a quien había mordido la serpiente en el desierto, miraba aquel signo, quedaba con vida (cf Núm 21, 4-9). Este signo, que era la serpiente de bronce, preanunciaba otra elevación: “Es preciso –dice, desde luego, Jesús– que sea levantado el Hijo del hombre (y aquí habla de la elevación sobre la cruz), para que todo el que crea en él tenga la vida eterna” (Jn 3, 14-15). ¡La cruz ya no solo la figura que preanuncia, sino la Realidad misma de la salvación!

Y he aquí que Cristo explica hasta el fondo a su interlocutor, estupefacto pero al mismo tiempo pronto a escuchar y a continuar el coloquio, el significado de la cruz: “Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga la vida eterna” (Jn 3, 16).

La cruz es una nueva revelación de Dios. Es la revelación definitiva. En el camino del pensamiento humano, en el camino del conocimiento de Dios, se realiza un vuelco radical. Nicodemo, el hombre noble y honesto, y al mismo tiempo discípulo y conocedor del Antiguo Testamento, debió de sentir una sacudida interior. Para todo Israel Dios era sobre todo Majestad y Justicia. Era considerado como Juez que recompensa o castiga. Dios, de quien habla Jesús, es Dios que envía a su propio Hijo no “para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Jn 3, 17). Es Dios del amor, el Padre que no retrocede ante el sacrificio del Hijo para salvar al hombre.

  1. San Pablo, con la mirada fija en la misma revelación de Dios, repite hoy por dos veces en la Carta a los efesios: “De gracia habéis sido salvados” (Ef 2. 5). “De gracia habéis sido salvados por la fe” (Ef 2, 8). Sin embargo, este Pablo, así como también Nicodemo, hasta su conversión fue el hombre de la Ley Antigua. En el camino de Damasco se le reveló Cristo y desde ese momento Pablo entendió de Dios lo que proclama hoy: “Dios, que es rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, y estando nosotros muertos por nuestros delitos, nos dio vida por Cristo: de gracia habéis sido salvados” (Ef 2, 4-5).

¿Qué es la gracia? Es un don de Dios. El don que se explica con su amor. El don está allí donde está el amor. Y el amor se revela mediante la cruz. Así dijo Jesús a Nicodemo. El amor, que se revela mediante la cruz, es precisamente la gracia. En ella se desvela el más profundo rostro de Dios. Él no es solo el juez. Es Dios de infinita majestad y de extrema justicia. Es Padre, que quiere que el mundo se salve; que entienda el significado de la cruz. Esta es la elocuencia más fuerte del significado de la ley y de la pena. Es la palabra que habla de modo diverso a las conciencias humanas. Es la palabra que obliga de modo diverso a las palabras de la ley y a la amenaza de la pena.

Para entender esta palabra es preciso ser un hombre transformado. El hombre de la gracia y de la verdad. ¡La gracia es un don que compromete! ¡El don de Dios vivo, que compromete al hombre para la vida nueva! Y precisamente en esto consiste ese juicio del que habla también Cristo a Nicodemo: la cruz salva y, al mismo tiempo, juzga. Juzga diversamente. Juzga más profundamente. “Porque todo el que obra el mal, aborrece la luz” – ¡precisamente esta luz estupenda que emana de la cruz!– “Pero el que obra la verdad viene a la luz” (Jn 3, 20-21). Viene a la cruz. Se somete a las exigencias de la gracia. Quiere que lo comprometa ese inefable don de Dios. Que forje toda su vida. Este hombre oye en la cruz la voz de Dios, que dirige la palabra a los hijos de esta nuestra tierra, del mismo modo que habló una vez a los desterrados de Israel mediante Ciro, rey de Persia, con la invocación de esperanza. La cruz es invocación de esperanza.

  1. Es preciso que (…) nos hagamos estas preguntas fundamentales que fluyen de la cruz hacia nosotros. ¿Qué hemos hecho y qué hacemos para conocer mejor a Dios? Este Dios que nos ha revelado Cristo. ¿Quién es él para nosotros? ¿Qué lugar ocupa en nuestra conciencia, en nuestra vida? (…).

¿No ha venido a ser Dios para nosotros ya solo algo marginal? ¿No está cubierto su nombre en nuestra alma con un montón de otras palabras? ¿No ha sido pisoteado como aquella semilla caída “junto al camino” (Mc 4, 4)? ¿No hemos renunciado interiormente a la redención mediante la cruz de Cristo, poniendo en su lugar otros programas puramente temporales, parciales, superficiales?

  1. (…) Confesemos con humildad nuestras culpas, nuestras negligencias nuestra indiferencia en relación con este Amor que se ha revelado en la cruz».

(2/4) Benedicto XVI, Homilía en la parroquia de Dios Padre Misericordioso 26-3-2006 (de es fr en it pt):

«Este IV domingo de Cuaresma, tradicionalmente designado como Domingo Laetare, está impregnado de una alegría que, en cierta medida, atenúa el clima penitencial de este tiempo santo: “Alégrate, Jerusalén –dice la Iglesia en la antífona de entrada–… Gozad y alegraos vosotros, que por ella estabais tristes”. De esta invitación se hace eco el estribillo del salmo responsorial: “El recuerdo de ti, Señor, es nuestra alegría”. Pensar en Dios da alegría.

Surge espontáneamente la pregunta: Pero ¿cuál es el motivo por el que debemos alegrarnos? Desde luego, un motivo es la cercanía de la Pascua, cuya previsión nos hace gustar anticipadamente la alegría del encuentro con Cristo resucitado. Pero la razón más profunda está en el mensaje de las lecturas bíblicas que la liturgia nos propone hoy y que acabamos de escuchar. Nos recuerdan que, a pesar de nuestra indignidad, somos los destinatarios de la misericordia infinita de Dios. Dios nos ama de un modo que podríamos llamar “obstinado”, y nos envuelve con su inagotable ternura.

Esto es lo que resalta ya en la primera lectura, tomada del libro de las Crónicas del Antiguo Testamento (cf 2Cr 36, 14-16. 19-23): el autor sagrado propone una interpretación sintética y significativa de la historia del pueblo elegido, que experimenta el castigo de Dios como consecuencia de su comportamiento rebelde: el templo es destruido y el pueblo, en el exilio, ya no tiene una tierra; realmente parece que Dios se ha olvidado de él. Pero luego ve que a través de los castigos Dios tiene un plan de misericordia.

Como hemos dicho, la destrucción de la ciudad santa y del templo, y el exilio, tocarán el corazón del pueblo y harán que vuelva a su Dios para conocerlo más a fondo. Y entonces el Señor, demostrando el primado absoluto de su iniciativa sobre cualquier esfuerzo puramente humano, se servirá de un pagano, Ciro, rey de Persia, para liberar a Israel.

En el texto que hemos escuchado, la ira y la misericordia del Señor se confrontan en una secuencia dramática, pero al final triunfa el amor, porque Dios es amor. ¿Cómo no recoger, del recuerdo de aquellos hechos lejanos, el mensaje válido para todos los tiempos, incluido el nuestro? Pensando en los siglos pasados podemos ver cómo Dios sigue amándonos incluso a través de los castigos. Los designios de Dios, también cuando pasan por la prueba y el castigo, se orientan siempre a un final de misericordia y de perdón.

Eso mismo nos lo ha confirmado, en la segunda lectura, el apóstol san Pablo, recordándonos que “Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó, estando nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo” (Ef 2, 4-5). Para expresar esta realidad de salvación, el Apóstol, además del término “misericordia”, eleos, utiliza también la palabra “amor”, agape, recogida y amplificada ulteriormente en la bellísima afirmación que hemos escuchado en la página evangélica: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3, 16).

Sabemos que esa “entrega” por parte del Padre tuvo un desenlace dramático: llegó hasta el sacrificio de su Hijo en la cruz. Si toda la misión histórica de Jesús es signo elocuente del amor de Dios, lo es de modo muy singular su muerte, en la que se manifestó plenamente la ternura redentora de Dios. Por consiguiente, siempre, pero especialmente en este tiempo cuaresmal, la cruz debe estar en el centro de nuestra meditación; en ella contemplamos la gloria del Señor que resplandece en el cuerpo martirizado de Jesús. Precisamente en esta entrega total de sí se manifiesta la grandeza de Dios, que es Amor.

Todo cristiano está llamado a comprender, vivir y testimoniar con su existencia la gloria del Crucificado. La cruz –la entrega de sí mismo del Hijo de Dios– es, en definitiva, el “signo” por excelencia que se nos ha dado para comprender la verdad del hombre y la verdad de Dios: todos hemos sido creados y redimidos por un Dios que por amor inmoló a su Hijo único. Por eso, como escribí en la encíclica Deus caritas est, en la cruz “se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical” (n. 12).

¿Cómo responder a este amor radical del Señor? El evangelio nos presenta a un personaje de nombre Nicodemo, miembro del Sanedrín de Jerusalén, que de noche va a buscar a Jesús. Se trata de un hombre de bien, atraído por las palabras y el ejemplo del Señor, pero que tiene miedo de los demás, duda en dar el salto de la fe. Siente la fascinación de este Rabbí, tan diferente de los demás, pero no logra superar los condicionamientos del ambiente contrario a Jesús y titubea en el umbral de la fe.

¡Cuántos buscan, también en nuestro tiempo, a Dios, buscan a Jesús y a su Iglesia, buscan la misericordia divina, y esperan un “signo” que toque su mente y su corazón! Hoy, como entonces, el evangelista nos recuerda que el único “signo” es Jesús elevado en la cruz: Jesús muerto y resucitado es el signo absolutamente suficiente. En él podemos comprender la verdad de la vida y obtener la salvación. Este es el anuncio central de la Iglesia, que no cambia a lo largo de los siglos. Por tanto, la fe cristiana no es ideología, sino encuentro personal con Cristo crucificado y resucitado. De esta experiencia, que es individual y comunitaria, surge un nuevo modo de pensar y de actuar: como testimonian los santos, nace una existencia marcada por el amor (…).

Dirigiendo la mirada a María “Madre de la santa alegría”, pidámosle que nos ayude a profundizar las razones de nuestra fe, para que, como nos exhorta la liturgia hoy, renovados en el espíritu y con corazón alegre correspondamos al amor eterno e infinito de Dios. Amén».

(3/4) Benedicto XVI, Homilía en Luanda 22-3-2009 (de es fr en it pt):

«”Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna” (Jn 3, 16). Estas palabras nos colman de gozo y esperanza, pues anhelamos el cumplimiento de las promesas de Dios (…).

La primera lectura de hoy tiene una resonancia particular para el Pueblo de Dios (…). Es un mensaje de esperanza para el Pueblo elegido en la lejanía de su destierro, una invitación a volver a Jerusalén para reconstruir el Templo del Señor (…). Qué verdad es el que la guerra puede destruir “todo lo que tiene valor” (cf 2Cr 36, 19): familias, comunidades enteras, el fruto de la fatiga de los hombres, las esperanzas que guían y alientan sus vidas y su trabajo (…). Cuando se descuida la Palabra del Señor –una Palabra que tiende a la edificación de las personas, de las comunidades y de toda la familia humana–, y la Ley de Dios es objeto de “burla, desprecio y escarnio” (cf 2Cr 36, 16), el resultado solo puede ser destrucción e injusticia, deshonra de nuestra común humanidad y traición de nuestra vocación a ser hijos e hijas del Padre misericordioso, hermanos y hermanas de su Hijo predilecto.

Nos confortan, pues, las palabras consoladoras que hemos escuchado en la primera lectura. La llamada a volver y a reconstruir el Templo de Dios (…). San Pablo (…) nos dice que “somos santuario del Dios vivo” (2 Co 6, 16). Como sabemos, Dios habita en el corazón de los que ponen su confianza en Cristo, han renacido en el Bautismo y se han convertido en templo del Espíritu Santo. También ahora, en la unidad del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, Dios nos llama a reconocer en nosotros la fuerza de su presencia, a acoger de nuevo el don de su amor y su perdón, y a convertirnos en mensajeros de este amor misericordioso (…).

El Evangelio nos enseña que la reconciliación –una verdadera reconciliación– solo puede ser fruto de una conversión, de una transformación del corazón, de un nuevo modo de pensar. Nos enseña que solo la fuerza del amor de Dios puede cambiar nuestros corazones y hacernos triunfar sobre el poder del pecado y la división. Cuando estábamos “muertos por nuestros pecados” (cf Ef 2, 5), su amor y su misericordia nos han ofrecido la reconciliación y la vida nueva en Cristo. Este es el núcleo de la enseñanza del apóstol Pablo, y es importante volver a traer a la memoria que solo la gracia de Dios puede crear en nosotros un corazón nuevo. Solo su amor puede cambiar nuestro “corazón de piedra” (Ez 11, 19) y hacernos capaces de construir, en lugar de demoler. Solo Dios puede hacer nuevas todas las cosas (…).

En el Evangelio de hoy hay palabras de Jesús que suscitan una cierta impresión: Él nos dice que ya se ha dictado la sentencia de Dios sobre el mundo (cf Jn 3, 19ss). La luz ha venido al mundo. Pero los hombres han preferido las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Cuántas tinieblas hay en tantas partes del mundo (…). Sin embargo, la palabra de Dios es una palabra de esperanza sin límites. En efecto, “tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único… para que el mundo se salve por él” (Jn 3, 16-17). Dios nunca nos considera desahuciados. Él sigue invitándonos a levantar los ojos hacia un futuro de esperanza y nos promete la fuerza para conseguirlo. Como dice San Pablo (…) Dios nos ha creado en Cristo Jesús para vivir una vida justa, una vida en que hagamos buenas obras según su voluntad (cf Ef 2, 10). Nos ha dado sus mandamientos, no como una rémora, sino como un manantial de libertad: libertad para ser hombres y mujeres llenos de sabiduría, maestros de justicia y paz, gente que tiene confianza en los otros y busca su auténtico bien. Dios nos ha creado para vivir en la luz y para ser luz del mundo que nos rodea. Esto es lo que Jesús nos dice en el Evangelio de hoy: “El que realiza la verdad, se acerca a la luz, para que se vea que sus obras están hechas según Dios” (Jn 3, 21) (…).

Al final de la primera lectura de hoy, Ciro, rey de Persia, inspirado por Dios, ordena al Pueblo elegido que vuelva a su querida patria y reconstruya el Templo del Señor. Que estas palabras del Señor sean una llamada para todo el Pueblo de Dios (…): Levantaos, poneos en camino (cf 2Cr 36, 23). Mirad al futuro con esperanza, confiad en las promesas de Dios y vivid en su verdad. De este modo construiréis algo destinado a permanecer, y dejaréis a las generaciones futuras una herencia duradera de reconciliación, de justicia y de paz. Amén».

(4/4) Benedicto XVI, Ángelus 18-3-2012 (de hr es fr en it pt)

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