Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

II. De Pirineos, hermanos y camino

Estamos desayunando cuando viene X. a despedirnos y desearnos buen camino. En Madrid se le echa de menos, pero según nos cuenta todo lo que tiene que hacer durante el día y la próxima semana, creo que nos damos cuenta de la falta que hace que él esté aquí. Y lo mucho que le tienen que querer.

Cuando estamos por salir, aparece también M. a saludar. Nos pide que recemos por él y por los que se quedan. Y, como se nos empiezan a acumular las intenciones, empezamos a hacer una lista con nombres.

Hay algo en salir de un túnel y que las montañas te reciban. En la inmensidad y la belleza de la creación frente a nosotros. Eterna. Imponente. Hace que nos demos cuenta lo realmente pequeños que somos en este mundo. Y la fortuna que tenemos de poder estar donde estamos, en mitad de los Pirineos.

Paramos en Luzenac, a la sombra de la montaña, a estirar las piernas. Y sentados en la terraza de un bar pequeñito, mientras observamos lo bello de lo creado, todo parece encontrar sentido. Con una cerveza artesana, un par de postales y la brisa que eriza la piel.

En el convento de los jacobinos, en Toulouse, visitamos a santo Tomás de Aquino. Lo que allí conservan de él, vamos. Custodiado por unos techos, unas bóvedas y unas vidrieras que están a la altura de tal hombre.

Comemos a orillas del Garona. En unas condiciones que mejor aquí no contaremos, pero de las que nos reiremos toda la vida seguramente.

Qué bonito y qué emocionante que estos caminos por los que pasamos sean los mismos por los que caminó Domingo. Incasable e inagotable ante la inmensidad del Languedoc, sabiéndose pequeño. Y aun así, desde la insignificancia de un hombre castellano, el Señor siempre hace maravillas.

Por aquí andaba. Descalzo. Con apenas su palabra y la convicción de que su Dios era el Salvador.

Eran nueve las mujeres cátaras conversas que formaron la que se reconoce como la primera comunidad dominicana de la historia. Aquí, en Prulla. Donde una estrella mostró a Domingo, hasta tres veces, que debía fundar el monasterio.

El camino hasta la iglesia está rodeado de árboles que acunan el coche. Aparcamos al lado de unas monjas estadounidenses que, más tarde descubriremos, vienen desde Nashville.

Sor Cecile nos recibe con los brazos abiertos y una sonrisa cansada, pero alegre. Siempre me llama la atención lo acogedoras y amables que son las hermanas contemplativas. Y la emoción en sus rostros cuando reciben visita. Aunque solo sea para una noche, como nosotros.

Nos invitan a cenar, nos enseñan la habitación en la que nos vamos a quedar y nos animan a rezar Completas con ellas.

No sabemos francés, pero nos acercamos a la capilla igual para acompañarlas. Sus voces rebotan en las paredes cuando cantan al Señor.

Antes de dar por acabado el día, conocemos a sister Maria. Nos cuenta que viene con sus hermanas desde Nashville y que están visitando los lugares dominicanos en su camino a Roma. Es, de momento, la persona más maja, graciosa y amable que nos hemos encontrado. Transmite una alegría preciosa y le fascina todo lo que le contamos, incluso lo que no es demasiado emocionante. Quedamos en vernos de nuevo en Bolonia y en Roma. Y ella y yo hacemos la promesa de ir andando a Jerusalén. En el delirio de una noche de verano, supongo.

This Pop-up Is Included in the Theme
Best Choice for Creatives
Purchase Now