Su papel como constructor de puentes, su alineación con la visión de Francisco, su compromiso con los marginados y el diálogo, y su perspectiva mediterránea/global configuran un perfil muy relevante para la Iglesia
Desde la vibrante y multicultural ciudad de Marsella llega a Roma el cardenal Jean-Marc Aveline, un prelado francés con raíces argelinas —la principal nacionalidad de la población migrante de su ciudad— cuya trayectoria y estilo pastoral le han dado cierta relevancia como un perfil interesante en el colegio cardenalicio. Nacido en Sidi Bel Abbès (Argelia francesa) en 1958, su formación académica se considera bastante sólida, pues abarca desde la Filosofía —en la Sorbona— hasta la Teología, coronada esta última con un doctorado por la Universidad Católica de París.
Ordenado sacerdote en 1984, su ascenso en la jerarquía eclesiástica ha estado siempre ligado al mar y a la ciudad marinera de Marsella, donde fue nombrado obispo auxiliar en 2013, para luego convertirse en arzobispo de esta misma diócesis en 2019. El reconocimiento global para el gran público llegó en 2022, cuando fue creado cardenal por el papa Francisco. Este nombramiento se interpretó como un respaldo papal a la Iglesia que peregrina en Francia y más concretamente en Marsella, subrayando su papel como puente entre África, Europa y el Mediterráneo.
El estilo pastoral del cardenal Aveline es descrito por sus colaboradores como cercano a los más pobres y marginados. Como no podría ser de otra manera, es un firme defensor del diálogo interreligioso y la convivencia multicultural, especialmente en un puerto como el de Marsella, crisol de culturas. Quienes le conocen bien destacan de su personalidad que es un pastor humilde, atento y reflexivo, un estilo que no pocos consideran «muy alineado» con la visión pastoral del papa Francisco. Así, el francés es particularmente valorado por su capacidad de escucha y construcción de diálogo fraterno y acuerdos entre comunidades.
Entre sus principales temas de interés y compromisos pastorales destaca una fuerte vocación hacia los migrantes, que parte de una visión del Mediterráneo que se niega a concebirlo como una barrera, sino más bien como un «puente de culturas». A nadie sorprenderá, por tanto, que la fraternidad sea uno de los ejes centrales de su pastoral. En consonancia con su llamada, ha participado activamente en eventos globales relevantes, como el Encuentro Mediterráneo de Obispos y Alcaldes, y el Sínodo sobre la sinodalidad, mostrando una implicación en los temas clave para la Iglesia actual bajo el pontificado de Francisco.
Además, el Cardenal Aveline ha reflexionado también sobre el concepto de «laicidad positiva», entendida como el respeto por la secularidad sin renunciar a la identidad cristiana. Se le asocia también con la defensa de una «Iglesia de frontera», una noción que adquiere un cariz más sólido al contrastarlo con su experiencia en un contexto diverso como Marsella. Su implicación, de esta manera, con el diálogo interreligioso no es solo teórica; es el fundador del Instituto de Ciencias y Teología de las Religiones (ISTR) en Marsella, y anécdotas sobre cómo ha caminado con comunidades musulmanas o judías en Marsella jalonan e ilustran toda su trayectoria y compromiso personal en la esfera práctica.
La recepción y estima de su figura tanto entre los fieles católicos como en la práctica totalidad de la sociedad francesa —mayoritariamente laica y fuertemente diversa—, es un aspecto relevante de su proyección. Su papel como constructor de puentes, su alineación con la visión de Francisco, su compromiso con los marginados y el diálogo, y su perspectiva mediterránea/global configuran un perfil que, para algunos observadores, podría tener relevancia en futuros debates sobre la dirección de la Iglesia.








