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Jesús y el Reino de Dios

Cuando Jesús habla del Reino de Dios se refiere a que, gracias a su encarnación, Dios establece su soberanía en el mundo. Los evangelios sinópticos hablan de «Reino de Dios»; san Juan explica esta expresión con la paralela de «vida eterna». La imagen de un Reino terreno, con su soberano, ayuda a entender expresiones como «entrar en el Reino» o ser excluido de él. Participar en el Reino de Dios o Reino de los cielos es beneficiarse de la salvación que trae Jesucristo. Como enviado del Padre, Jesús es el que establece este Reino entre los hombres, pero también afirma que su plenitud se realizará cuando venga al fin de los tiempos como Juez de vivos y muertos. Cuando Poncio Pilato pregunta a Jesús si es rey, éste responde afirmativamente, pero le aclara que su reino no es de este mundo y que, por tanto, no debe entenderse con categorías mundanas. Jesús es Rey porque ha venido a dar testimonio de la verdad. En la medida en que escuchamos su voz y acogemos la Verdad que predica participamos ya aquí de su Reino.

En el Evangelio de este domingo Jesús utiliza dos parábolas para hablar del Reino de Dios: la primera se refiere al crecimiento del Reino; la otra, es conocida como la del grano de mostaza. Aunque son distintas, tienen un hilo conductor que se podría resumir en la desproporción entre el comienzo y el desarrollo del Reino, que tiene sus propias leyes dadas por Dios. En la primera parábola, Jesús dice que el hombre es como el sembrador que siembra la semilla y esta crece día y noche sin que él sepa cómo. La semilla crece, da fruto y se siega. La del grano de mostaza presenta el contraste entre la pequeñez de la semilla y la grandeza del arbusto que produce, capaz de acoger a los pájaros del cielo. Con estas parábolas, Jesús, sin decirlo expresamente, afirma que el hombre no es el autor de este proceso de desarrollo, sino Dios. La fuerza de la semilla explica su crecimiento. El hombre es testigo de lo que acontece.

Con estas parábolas, y otras semejantes, Jesús enseña que el Reino de Dios se establece y crece por iniciativa divina. Es obvio que, para que esto suceda, el hombre tiene que acogerlo como la tierra que recibe la semilla, pero ni el hombre instaura el Reino ni su crecimiento depende primariamente de él. La actitud del hombre frente al Reino de Dios es la acogida y la disponibilidad para ponerse a su servicio. Esto es lo que dice Jesús a Pilato: es preciso escuchar su voz y acoger su verdad para ser de su Reino.

En realidad, la enseñanza de Jesús sobre el Reino puede resumirse en esta frase: Jesús es el Reino. Quienes se unen a él son sus súbditos a través de los cuales se extiende su soberanía por el mundo. Por ese se dice que la Iglesia es principio y germen del Reino, en cuanto que es el Cuerpo de Cristo peregrinando en este mundo. Las bienaventuranzas que Jesús proclama en el monte son al mismo tiempo la ley y el espíritu del Reino y lo hacen crecer en quienes las acogen como norma de su vida. Para entender bien la actitud de quien desea entrar en su Reino, Jesús dice que hay que recibirlo con la actitud de un niño que pone toda su confianza en el Padre del cielo. Precisamente, la segunda petición del Padrenuestro es «venga a nosotros tu Reino». EL Reino de Cristo es un don que viene de arriba, de Dios mismo, que nos regala sus dones. Gracias a ellos, los cristianos debemos trabajar en este mundo con la esperanza de cambiarlo según la imagen que Cristo ofrece de un mundo conformado con la verdad, la justicia, el amor y la paz. En este sentido, cooperamos con Cristo para que su Reino se establece en el corazón de los hombres y en todos los pueblos. No otra cosa es Pentecostés: la recreación del mundo.

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