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Rescatar la Primera Comunión

El tiempo de Pascua continúa, entramos en el mes de mayo. Pascua y mayo nos hablan de celebración en nuestras parroquias de la Primera Comunión de muchos niños y niñas que son presentados por la comunidad cristiana y por sus familias a participar plenamente de la Eucaristía comulgando al Señor. Son también invitados, desde ahí, a vivir el amor fraterno en la Iglesia y a ofrecerlo a los demás. La Primera Comunión es una iniciación al conocimiento de Jesús y a saber que Él está presente pues, resucitado, hace suyo algo tan sencillo como un pan sin fermentar. Los niños aprenden que podemos vivir una singularísima comunión con Él, podemos comulgarlo. Los niños y niñas han estado preparándose a lo largo de 2 o 3 años para avivar y acrecentar su fe en la presencia real de Jesucristo a quien comulgan y adoran.

La celebración de la Primera Comunión es también iniciación a la Eucaristía del domingo, donde el pueblo de Dios se congrega habitualmente. Somos el pueblo del domingo, celebramos la Pascua del Señor y anticipamos la plenitud del último día. Los niños son iniciados a participar en la Eucaristía dominical y saberse así parte de la comunidad cristiana. Comulgan el Cuerpo de Cristo y caen en la cuenta de que por el bautismo son Cuerpo de Cristo, forman parte de ese cuerpo que es la Iglesia como pueblo entre los pueblos y templo del Espíritu Santo. Los niños de la Primera Comunión son invitados a participar de la vida de la comunidad cristiana. La Primera Comunión es una forma de hacer caer en la cuenta a los niños que comulgar al Amor y participar en la vida de la Iglesia, que ensaya permanentemente el mandamiento nuevo de amarnos unos a otros como Jesús nos ama, es la fuente del amor fraterno y de la caridad. Comulgar, reconocer la presencia del Señor en la Eucaristía es también sabernos llamados a vivir la caridad, reconociendo al Señor en las personas que están a nuestro alrededor.

Pero hermanos, reconozcámoslo, hemos de vivir una “operación rescate” de la Primera Comunión, porque para muchos niños, lo he podido comprobar en diálogos con niños y niñas de tercero o cuarto de primaria en estas semanas de visita pastoral a los colegios, tienen la expectativa del día de la Primera Comunión como el de una fiesta en la que van a recibir muchos regalos, hasta el punto de que los mismos tapan el gran regalo que es Jesús o le sitúan en un puesto secundario. Reconozcámoslo, más que ser invitados los niños a participar en la Eucaristía del Domingo se convierte en ellos en el centro. En realidad, son ellos, a través sus propias familias, los que invitan a otros de tal manera que las celebraciones de “primeras comuniones” son un acontecimiento en la vida de nuestras parroquias al que viene mucha gente de fuera, muchos invitados, familiares, amigos, de tal manera que la propia comunidad parroquial, que es quien invita a los niños que están iniciándose en la vida cristiana, queda extraordinariamente diluida. Y qué decir de la caridad, cuando tantas familias, al organizar la fiesta de la Primera Comunión, hacen “una mini boda”, si se me permite esta expresión, que incluso, para algunas de ellas, supone un esfuerzo económico extraordinario, con lo cual hablar de la caridad como solidaridad con los más pobres parece algo desmedido o exagerado.

En este momento eclesial de sacar brillo de nuevo a los sacramentos de la iniciación cristiana, queridos niños que vais a vivir el encuentro con Jesús, en estos días, queridas familias y comunidades cristianas, rescatemos la Primera Comunión para que sea verdaderamente un momento singular de encuentro de los niños con Jesús sin que otras cosas los despisten o inviten a poner la mirada en otro tesoro, en otro lugar que no sea el Tesoro escondido del amor de Dios que se ofrece en el Cuerpo entregado en Jesucristo vivo.

Rescatemos la Primera Comunión para que sea celebrada en domingo, como día en el que los católicos nos reunimos para celebrar al Señor y la vida misma de la Iglesia que ora en común el Padre Nuestro. No hagamos de nuestras celebraciones una “mini boda”, una fiesta exagerada que desvirtúe y devalúe el significado que la comunidad cristiana da al domingo y a la celebración de la Primera Comunión. Así tendremos la oportunidad de que los niños sean también invitados a vivir la caridad con las personas que tienen cerca, pero también con tantos niños y niñas que lejos de nosotros carecen de lo imprescindible para vivir. Claro que es legítimo que hagamos fiesta, con motivo de día tan importante para estos niños y niñas y sus familias, hagamos fiesta, pero situada esta celebración en el seno de la comunidad cristiana, con la sencillez propia de una fiesta que no pone tanto el acento en las cosas externas, en el dinero que gastamos en ella, sino en la alegría de sabernos hermanos convocados por Jesús a la Eucaristía, congregados por Él entorno a la mesa y enviados para anunciar la buena noticia: Jesucristo resucitado está con nosotros, podemos vivir una relación tan íntima con Él que le comulgamos y nos invita, desde dentro de nosotros, a vivir el amor fraterno y la caridad con los más pobres.

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