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Jorge Freire: «La nostalgia de lo sagrado persiste, pero disfrazada de ansiedad»

Su apuesta por un horizonte ético y de estilo especialmente reconocibles le ha granjeado el Premio Jovellanos de Ensayo y el Sapientia Cordis del CEU

Filósofo y ensayista, Jorge Freire (Madrid, 1985) es reconocido como una de las voces más lúcidas y singulares del pensamiento español de nuestro tiempo. Desde un horizonte ético y de estilo especialmente reconocible, ha publicado importantes obras como Agitación, Hazte quien eres o Aldea global —obra con la que obtuvo el Premio Málaga de Ensayo—, donde teje agudas reflexiones morales tirando de los hilos de la observación cultural y la crítica de la modernidad contemporánea. En sus ensayos y columnas late el leitmotiv de una mirada irónica y una convicción humanista que desmontan los espejismos del individualismo y el narcisismo digital. Su apuesta por una filosofía vivida y cercana le ha valido el Premio Sapientia Cordis a Palabra de Honor, con el que CEU Ediciones distingue a aquellos autores que apuestan por tender puentes entre la inteligencia y el corazón.

—En su obra se aprecia una defensa constante del sosiego y la templanza, actitudes que se evocan rodeadas por el silencio. ¿Cree que, en el fondo, son estas virtudes espirituales más que psicológicas?
—Aprender a aburrirse es una sabiduría intemporal, un modo de quedarse quieto en un mundo dominado por la agitación. Sobra decir que esta quietud —que es más bien quiescencia— no es pasividad, sino lucidez. «El aburrimiento es el pájaro de sueño que incuba el huevo de la experiencia», decía Benjamin, y en esa frase se cifra toda una ética del sosiego. El silencio, del mismo modo, no es ausencia, sino plenitud. Frente a la exterioridad bulliciosa del mundo contemporáneo, estas virtudes dan cuerpo a una forma de resistencia espiritual, de honda raíz clásica y contemplativa. Como bien sugiere, no se trata de actitudes meramente psicológicas, sino de ejercicios espirituales en el sentido más antiguo del término: una forma de habitar el tiempo con serenidad. 

—Cuando habla de estas virtudes, ¿siente que hay un fondo de esperanza escatológica en sus ideas?
—En mi defensa del sosiego y de la templanza late una confianza en que todo tiene un fin y una dirección. Como el caballero cristiano del que hablaba García Morente, la persona virtuosa avanza por la vida con espíritu misionero, guiada por una esperanza que trasciende el presente. El sosiego no es resignación —¿cómo va a serlo?—, sino fe en el sentido del tiempo; una forma de esperar sin impaciencia, de vivir el ahora con la proa apuntando hacia lo trascendente. Esa esperanza escatológica se traduce en serenidad, en la certeza de que nada se pierde si se orienta hacia el bien. La virtud es, en este marco, una manera de habitar el mundo con los ojos puestos en lo eterno.

—¿Cómo se puede reconstruir la vida interior en medio de tanto ruido? ¿Diría que las personas que frecuentan la oración están más preparadas para sobrevivir a esta cultura de la distracción?
—El ruido de nuestra época no es tanto acústico como existencial. Confundimos la actividad con el sentido, y esa hiperestimulación acaba atrofiando la interioridad. Para reconstruir la vida interior es preceptivo detener ese movimiento frenético del alma. Y la oración, en cuanto forma de recogimiento consciente, puede ser entendida como una suerte de gimnasia del espíritu, un acto de concentración frente a la dispersión. A ese respecto, quienes practicamos la oración contamos con ventaja, por así decirlo, pues dominamos el arte de habitar el silencio sin miedo, algo que en la era de la distracción es casi inaudito.

—Si el alma moderna está saturada de estímulos, pero falta de sentido, ¿dónde se puede encontrar hoy alimento?
—Arnold Gehlen ya advertía de que el sujeto contemporáneo está sobrecargado de sensaciones y vacío de significado. La civilización, más que un avance lineal, representa una red de renuncias, una distancia entre el deseo y la satisfacción. El alma se alimenta, por tanto, de esa tensión: de la espera, del desapego, del aprendizaje de los límites. Yo propongo recuperar el centro en medio del vértigo, y eso no pasa por acumular, sino, antes bien, por renunciar. Como dijo Goethe, «limitarse es extenderse». Por eso, el alimento del alma no puede proceder de la aglomeración de experiencias, sino de la depuración de estas, precisamente.

—¿Opina que existe una nostalgia de lo sagrado en nuestro tiempo, aunque muchas personas no sepan nombrarla como tal?
—La hay, y es perceptible incluso en los ámbitos aparentemente más profanos. Esa nostalgia se manifiesta en la búsqueda de sentido en lo material, en el culto al cuerpo, en la idealización del deporte o en la idolatría tecnológica, que funcionan como sustitutos de la trascendencia. Abundan los fetiches soteriológicos que prometen salvación en la productividad o el rendimiento. No hace falta rascar mucho para ver un anhelo de comunión. La pérdida del arraigo y la anulación del silencio dejan un vacío que solo puede llenarse con alguna forma de reverencia hacia lo invisible, aunque sea de modo secular. Conque, en efecto, la nostalgia de lo sagrado persiste, aunque en ocasiones aparezca disfrazada de ansiedad.

—Como intelectual de renombre, ha participado en congresos y recibido premios de inspiración cristiana. ¿Qué le aporta el diálogo con el pensamiento católico y el mundo de la fe?
—Lo esencial, a mi juicio, no es tanto trazar un camino cerrado como portar los víveres que alimentan el alma durante el viaje: pan, vino y palabra. El cristianismo enseña una actitud misionera y caballeresca ante la vida, un sentido de servicio y trascendencia que contrasta con el utilitarismo moderno. De la fe se recibe la noción de misión: vivir no como quien «hace planes» o «negocios», sino como quien cumple una vocación. El diálogo con la fe aporta una pedagogía moral que combina la razón con el misterio y la alegría de servir con la valentía del espíritu. Por eso, recomiendo actuar siempre como si Dios existiera. Es decir, edificar una vida buena, tratar de situarnos a la altura del ideal, nunca extraviarse, nunca mentir, nunca hacer el mal a sabiendas, nunca dejar que el talento se agoste, nunca olvidar el sentido de las cosas o confundirlo con su utilidad…

—Ha señalado anteriormente que practica la oración: ¿cuáles son sus creencias y cómo reza usted?
—Entiendo la fe como un acto de confianza, en el sentido clásico decon-fidere, un pacto de caminar con Dios y con los otros, sin certezas absolutas, pero con la certeza de la compañía. Por eso, antes que pedir, trato de disponerme a recibir; no tanto hablar, digámoslo así, como escuchar. Como dice José Mateos en su Tratado del no sé qué, Dios es un resplandor que brilla por su ausencia, un sustantivo que elude cualquier tipo de predicado. Mi experiencia, como la de todos, se sustrae a las palabras. Es sentir que se rasga el velo. Notar el latido de la existencia, percibir el chispazo de un arco voltaico… Metáforas insuficientes, claro. 

—Escribe que «la libertad sin verdad es una forma de extravío». ¿Puede haber una ética sólida sin una idea del bien que la fundamente?
—No. La libertad sin verdad no es más que una deriva del deseo, pura indeterminación. Sin una idea del bien, la ética se disuelve en relativismo, que es, por cierto, una ficción muy bien asentada. A mi parecer, el relativismo no existe ni ha existido nunca. Nadie vive según él, ni siquiera los más escépticos. Quienes niegan la existencia de la verdad son los que quieren colarnos de matute su propio «régimen de verdad», por decirlo con Foucault. De igual manera, la ética sin bien es cálculo, pura crematística.

—En un debate público que ha convertido a la política en una especie de moral supletoria, ¿qué papel debería jugar la filosofía?
—Yo defiendo que vuelva a ser un pharmakon, un remedio para las heridas del alma y un estímulo para la reflexión. Frente a la política convertida en moral de sustitución, una ética sin sustancia, que regula sin orientar, la filosofía debería recuperar su función formativa y consoladora. La política, al perder su raíz ética, se ha vuelto espectáculo y gestión de emociones, mera herestética, que es el nombre que en comunicación política recibe hoy la técnica de los tahúres y los prestímanos. Solo la filosofía ofrece un espacio de lentitud y discernimiento que permite reconectar la acción con el sentido.

—Si se mide todo en función de su utilidad o éxito, ¿en qué lugar quedan la gratitud y la gratuidad, el don?
—Me gusta el concepto dedépense de Bataille, esa idea de que solo lo que se da sin esperar retorno es verdaderamente humano. Frente a la lógica del beneficio, la gratitud y la gratuidad son gestos de libertad. La civilización se funda en el derroche, en gastar tiempo, palabras y afectos sin propósito inmediato. La fiesta, el arte, la oración y la amistad pertenecen a ese orden del don. En una sociedad que lo mide todo en términos de rendimiento, ¿qué es ser generoso sino un acto de resistencia? La vida no se justifica por su utilidad.

—¿Y el perdón?
—En una sociedad que se guía por lógicas punitivistas, que ha convertido la sospecha en hábito y reducido la vida ética a un sistema de compensaciones, el perdón supone una restitución del vínculo, lo que mantiene vivo el tejido humano. Recuperar la confianza es volver a coser la trama de la comunidad que durante un tiempo se ha ido deshilachando. 

—Insiste en la formación del carácter frente a la simple expresión de la identidad: ¿cómo se forja hoy este carácter?
—El carácter no se hereda ni se improvisa. Sencillamente, se educa, y, en ocasiones, hasta se esculpe, limando sus aristas y prescindiendo de la materia mostrenca. Hoy, que se exalta la identidad como algo dado, reivindico la formación del carácter, lo que entre otras cosas implica soportarse a sí mismo, sostenerse sobre las propias piernas, como enseñaba Séneca. Es un aprendizaje de límites, un trabajo de pulido y contención frente al narcisismo de la pequeña diferencia. La identidad moderna, movida por la agitación y el deseo de exhibirse, produce individuos frágiles y dispersos. El carácter, en cambio, nace del silencio, la contención y la coherencia con la palabra dada. El carácter se forja, en resumidas cuentas, en la tensión entre la libertad y la norma, entre el deseo y la disciplina, entre la vida interior y el compromiso exterior.

—Y aquí tiene una gran importancia la palabra dada…
—Ser fiel a la palabra es ser fiel al propio ser. En tiempos dominados por el relativismo y la volatilidad emocional, mantener la palabra equivale a sostener un núcleo ético frente a la dispersión. La palabra no solo comunica, sino que compromete; y la fidelidad a ella robustece el carácter y la integridad de la persona.

—¿Cuál es, en su opinión, la mayor tentación del intelectual contemporáneo?
—La gran enfermedad es el cinismo. Es, a mi juicio, una parálisis disfrazada de lucidez, una ironía que se vuelve prótesis, un modo de mirar desde arriba sin mancharse. El cínico cree protegerse de la decepción, pero acaba inmovilizado por su propia desconfianza. Frente a esto, mejor recuperar el valor de la confianza. Creer en algo no es de ingenuos, sino de valientes. El dogmatismo y el afán de agradar son, cada uno a su manera, derivados de esta mueca de claudicación, pues ambos proceden del miedo a la verdad. Debemos comprometernos, no replegarnos.

—Ante este panorama, los jóvenes se han visto largo tiempo obligados a vivir entre la ironía y el desencanto. ¿Cómo se puede recuperar el valor de la esperanza sin caer en la ingenuidad?
—Veo en las nuevas generaciones una reacción muy prometedora y esperanzadora frente al cinismo heredado. En los chavales que asisten a mis conferencias encuentro más hondura que en mi propia generación. Son quienes habrán de arrumbar la dicacidad y la sonrisa burlona. Huelga decir que la esperanza que propongo no es la ilusión ingenua, sino el coraje de creer. En un tiempo que premia la ironía y el escepticismo, la esperanza es una virtud de fuertes, no de crédulos, entre otras cosas, porque implica mantener el fuego interior sin negar la oscuridad del mundo. Es, en pocas palabras, la apuesta por el futuro cuando todo invita al desistimiento. ¡Poca broma!

—También han tenido que vivir sin arraigo ni raíces, conceptos que son importantes en su obra. ¿Qué gana y qué pierde una sociedad cuando desprecia estas cuestiones?
— Se nos prometió cosmopolitismo y se nos dio desarraigo. Al perder el vínculo con las raíces, ya sean familiares, culturales o espirituales, la sociedad se vuelve flotante y desmemoriada. Despreciar las raíces equivale a romper con el hilo de la tradición, perder la continuidad del alma común.

—Si tuviera que enseñar una sola virtud para comenzar su vida, ¿cuál sería?
—El sosiego: ahí habitan la templanza, la prudencia y la esperanza. El homo agitatus corre y corre hacia adelante sin saber por qué. Aprender a estar quieto, a soportarse a sí mismo, a vivir sin huir, es el inicio de toda sabiduría. En tiempos de impaciencia y ruido, el sosiego es la condición de la libertad interior. Enseñar a un joven a serenarse, es decir, a pensar antes de reaccionar, a escuchar antes de hablar, a contemplar antes de juzgar, equivale a otorgarle un don extraordinario. Los griegos lo llamaban enkrateia: nadie es más poderoso que quien se domina a sí mismo. ¿Y cómo cultivarlo sino en la conversación, en la escucha, en la renuncia a la reacción inmediata?

—Por último, ¿cuál es su opinión sobre la inteligencia artificial? ¿Qué idea y actitudes le parecen indispensables para mantener viva la humanidad en los próximos años?
—Quizá no quepa llamarla inteligencia artificial, sino más bien artificio intelectual. Por mucho que se empeñen algunas tecnológicas en convencernos de que es la zarza ardiendo que viene a redimir a la humanidad, la inteligencia artificial ni piensa ni comprende. Se limita a calcular, que no está nada mal. Turing, que de computación sabía algo, dejó dicho que afirmar que los ordenadores piensan es como afirmar que los submarinos nadan: mero antropocentrismo. Creo que la fascinación por el algoritmo no es racional, precisamente, sino una forma de superstición. Frente a esa idolatría tecnológica, defiendo la inteligencia humana como comprensión y juicio moral. Lo importante no es saber si la máquina piensa, un debate que en último término a nada lleva, sino saber si nosotros pensamos o sencillamente maquinamos. 

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