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Jornada de la vida Consagrada

Hace dos días celebrábamos, en el marco de la fiesta de la Presentación del Señor en el templo, la jornada dedicada a la vida consagrada.

Es una jornada realmente importante, y lo ha sido siempre desde que san Juan Pablo II, en 1997, la instituye para celebrarla en toda la Iglesia. Cada año, su celebración nos ha ayudado y nos ayuda a todos a valorar el gran regalo y la gran riqueza que tiene la Iglesia en la vida consagrada. Es, además, para las personas consagradas, una llamada a renovar cada año en este día la plena consagración a Dios como el más importante de los tesoros.

«Aquí estoy, Señor, hágase tu voluntad». Con este lema celebramos este año en toda la Iglesia esta Jornada de la vida consagrada. Un lema que, podríamos decir, resume la razón de la entrega y la disponibilidad de cada una de las personas consagradas a Dios, por lo que han entregado y entregan su vida, para hacer la voluntad de Dios .

Hacer la voluntad de Dios es la máxima aspiración de todo consagrado a la vida religiosa, una tarea que no siempre es fácil, que tiene muchos momentos de renuncia a uno mismo, para poner en primer lugar como objetivo único de su vida la voluntad del Señor.

Es desde ese hacer la voluntad de Dios desde donde el mundo actual entiende y puede entender la vida consagrada.

La vida de las personas consagradas solo se puede entender de verdad si estas personas consagradas intentan por todos los medios hacer realidad en ellas el cumplimiento de la voluntad del Señor.

Es solo desde ahí como la sociedad actual puede entender que unas personas sin tener nada de todo aquello por lo que se lucha en el mundo, puedan encontrar verdadero sentido a la vida, si ven que lo único y lo más importante para esas personas es cumplir el plan de Dios sobre ellas, lo que Dios les pide en cada momento. Las personas consagradas luchan, se comprometen y se entregan por entero únicamente porque esa es la voluntad de Dios, al que han entregado su vida.

Ese cumplimiento de la voluntad de Dios es lo que hace entender que estas personas consagradas, desde la renuncia a todo lo demás que se busca en la sociedad actual como lo que da la felicidad, encuentren esa felicidad en el cumplimiento del plan de Dios sobre ellas. Es lo que las hace ser felices. Vivir su vida de entrega, de generosidad y disponibilidad a Dios y a los hermanos es lo que las hace ser personas alegres.

Ese cumplimiento de la voluntad de Dios es lo que las convierte en personas con una vida fecunda y llena de frutos, personas que son tan importantes que no podemos pensar en la Iglesia sin pensar en la vida consagrada.

La vida consagrada es, desde el cumplimiento de la voluntad de Dios, la sabia que circula por las venas de toda la Iglesia, que la alimenta, y le da vigor.

Por eso la celebración de la jornada de la vida consagrada es una celebración de acción de gracias al Señor por el gran regalo que supone en la Iglesia la vida consagrada.

Acción de gracias que debéis dar vosotros, las personas que habéis consagrado vuestra vida al Señor y a los hermanos. Porque el Señor se ha fijado en vuestras personas, os ha llamado, y os está acompañando en toda vuestra vida de entrega y disponibilidad para que sea realmente la voluntad y el plan de Dios sobre cada uno lo que mueva siempre vuestra vida y lo que os haga decir con vuestra misma vida lo que dice el lema de este año: «Aquí estoy, Señor, hágase tu voluntad». Pidamos por las personas que han consagrado toda su vida a hacer y cumplir la voluntad de Dios y pidamos que siga habiendo jóvenes que descubran la llamada de Dios a entregar su vida por el evangelio. Que con el ejemplo de las personas consagradas actuales, ellos también quieran decirle al Señor: «Aquí estoy Señor, hágase tu voluntad».

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