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Incluso uno solo de estos pequeños (cf. Mt. 18,10)

Queridos diocesanos,
querida Iglesia de Urgell:

Con este lema, León XIV nos propone celebrar este domingo la 112.ª Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado, invitándonos a dirigir la mirada hacia diferentes aspectos del complejo fenómeno de la migración.

El mensaje que el Santo Padre nos ha enviado nos invita a reflexionar a partir de la Palabra de Dios, recordándonos el Evangelio: quien acoge a uno de estos pequeños en mi nombre, me acoge a mí (Mc 9,37).

El Pontífice, en su mensaje, destaca a los menores desplazados como una realidad compleja de vulnerabilidad. Niños, adolescentes y jóvenes que abandonan sus países de origen para buscar una realidad mejor, muchos de ellos habiendo perdido a sus padres y familiares en los largos trayectos en busca de un bien mejor.

Desde el siglo sexto, nuestra querida Iglesia de Urgell, con nuestro vasto territorio, se ha visto enriquecida a lo largo de los siglos con diferentes culturas que han hecho que nuestra fisonomía sea más plural y abierta para relacionarnos con los diferentes condados, e incluso con una Marca Hispánica que hacía de frontera entre dos grandes imperios.

Un signo evidente de humanidad es acoger al forastero, y no solamente acogerlo, sino también dar a conocer los usos y costumbres del lugar donde vivimos. Alabo las iniciativas de integración y de gran humanidad que se llevan a cabo en muchos lugares de nuestro territorio, como hacerles conocer las instituciones de primera mano, contextualizarlas y hacerles partícipes de celebraciones culturales, sociales y religiosas.

Os invito a acoger a estos jóvenes y familias que llegan a nuestros pueblos y que quizá no se atreven a participar en la Eucaristía dominical. No tengamos miedo, invitémosles y hagámosles partícipes, porque tenemos un Dios que es Padre y nos acoge y ama.

Quisiera animar y felicitar a todos los equipos de Cáritas Urgell y Cáritas Andorra, con vuestros colaboradores de las Cáritas parroquiales y el Servicio Interdiocesano de Migraciones, para continuar acogiendo con paz y sin miedo, sabiendo que la fuerza del bien siempre tiene la última palabra, aunque aparentemente no lo veamos.

Ojalá nosotros, como cristianos, podamos hacer de nuestras comunidades cristianas familias donde la diferencia no se vea como una contraposición, sino más bien como un signo de riqueza y de madurez humana y, por supuesto, cristiana.

Con espíritu acogedor, os bendigo y agradezco al Padre vuestro sentido de familia diocesana, de vuestro obispo y servidor,

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