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José Rico Pavés: «La fe nicena es punto de encuentro de todas las confesiones cristianas; no hay ni un solo desacuerdo sobre la afirmación central de su credo»

El obispo de Asidonia-Jerez atiende a ECCLESIA antes de impartir la conferencia de apertura del Congreso Símbolo: Luz de Nicea, que organiza la diócesis de Córdoba

Monseñor José Rico Pavés, obispo de Asidonia-Jerez, es uno de los grandes expertos de la Iglesia española en el Concilio de Nicea. Como licenciado en Teología Dogmática y doctor en Teología Patrística por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma, impartirá hoy la conferencia de apertura del Congreso Símbolo: Luz de Nicea, que organiza la diócesis de Córdoba. Charlamos con él con motivo del 1700 aniversario del Concilio que marcó la historia de la Iglesia.

—¿De qué manera los Padres de la Iglesia lograron mantener en Nicea un equilibrio entre la tradición apostólica y las nuevas interpretaciones que se presentaban, como las de Arrio?

—El objetivo del Concilio de Nicea no fue lograr el equilibrio entre la tradición apostólica y las nuevas interpretaciones, sino custodiar la fe recibida de los apóstoles, defendiéndola de enseñanzas que la falsificaban. La novedad que aportó Nicea en la defensa de la fe fue la incorporación de una terminología no bíblica en la confesión de la fe, declarada hasta entonces con el lenguaje de las Escrituras.

—¿Cuáles fueron las tensiones teológicas dentro del Concilio mismo, y cómo llegaron a ser resueltas?

—El Concilio fue convocado para superar las divisiones de la Iglesia en cuatro frentes: en primer lugar, el cisma provocado por Melecio de Licópolis, obispo en el Alto Egipto que adoptó una postura muy rigorista con aquellos que en la persecución de Diocleciano habían apostatado y luego quisieron volver a la Iglesia; en segundo, el error de Arrio, que negaba la verdadera divinidad de Jesús; tercero, la condena de Eusebio de Cesarea y otros obispos que habían acogido a Arrio después de haber sido condenado por su obispo, Alejandro de Alejandría; y, cuarto y último, la fecha diferente de la Pascua. Los seguidores del cisma meliciano se alinearon con Arrio y en Nicea se promulgó el Credo Niceno, con tres anatematismos, que señalaban como contrarias a la fe recibida de los apóstoles las enseñanzas de Arrio y proclamaba la divinidad del Hijo, igual a la del Padre, manteniendo que Dios es Uno y único. Eusebio de Cesarea fue absuelto al comprobarse que no había incurrido en los errores de Arrio y se alcanzó el acuerdo de celebrar la Pascua en la misma fecha, el primer domingo posterior a la primera luna llena de la primavera, y no el día 14 del mes de Nisán (día de la Pascua judía).

—¿En qué medida la resolución de la cuestión sobre la naturaleza de Cristo puede ser vista como un referente para la comprensión contemporánea de la unidad en la fe cristiana?

—La Fe Nicena, como se designa hasta el siglo V el Credo del Concilio de Nicea, es punto de encuentro indiscutido de todas las confesiones cristianas. Los seis concilios ecuménicos posteriores a Nicea (los concilios del tiempo de la Iglesia indivisa) se consideran una creciente explicitación de lo promulgado en el 325. En torno a Nicea surgirán en el futuro desacuerdos sobre el protagonismo del emperador Constantino y la legitimidad de la injerencia secular en la vida de la Iglesia, o sobre el modo de aplicar el acuerdo de la fecha de la Pascua cuando se abandonó el calendario juliano y se adoptó el gregoriano, pero sobre lo que no hay desacuerdo es sobre la afirmación central del Credo de Nicea.

—¿Cómo definió el Concilio de Nicea la relación entre el Padre y el Hijo, y de qué manera esa definición sigue siendo un tema central en la teología cristiana contemporánea?

—La relación entre el Padre y el Hijo se definió en términos de igualdad en cuanto a la divinidad, y para ello se adoptó el término homoousios (consustancial, de la misma sustancia). Con ese término se afirma que el Hijo es Dios como el Padre, sin que eso implique que sean dos dioses. Arrio afirmaba que el Hijo es creado (por tanto, es criatura), y que hubo un tiempo que no existió. Nicea afirmó que el Hijo es «engendrado, no creado, de la misma sustancia del Padre». La confesión de fe de Nicea es tema siempre central en teología, pues se refiere directamente al misterio mismo de Dios (Uno y Trino), desvela la verdad de Jesucristo (verdadero Dios y verdadero hombre) y esclarece la verdad del ser humano (creado a imagen y semejanza de Dios).

—¿Cómo se llegó al concepto de homoousios y de qué manera ha sido este reinterpretado o reafirmado en concilios posteriores?

—El significado último del homoousios fue enseñado claramente por san Atanasio, recurriendo al llamado «argumento soteriológico». Este autor afirmar que «si Jesús no es Dios como el Padre, no hemos sido salvados, seguimos en nuestros pecados». Quien niega la verdadera divinidad de Jesús invierte el misterio de la encarnación: en Jesús no vemos al «hombre buscador de Dios» o al «creyente fiel», sino a Dios que se ha hecho hombre, para buscar a todo ser humano, rescatarlo de la esclavitud del pecado y conducirlo a la libertad de los hijos de Dios. También san Atanasio acuñará otra sentencia muy repetida en la antigüedad cristiana: «El Hijo de Dios se ha hecho hombre para que el hombre llegue a ser hijo de Dios».

¿Cuál es el impacto del Concilio de Nicea en el desarrollo del dogma de la Trinidad y cómo ha sido acogido o modificado en diferentes tradiciones cristianas?

—El Concilio de Nicea marca un hito en la historia del dogma. En Nicea nació el lenguaje dogmático, es decir, la formulación de la fe con carácter vinculante. Y en cuanto al desarrollo del dogma de la Trinidad, Nicea pone las bases terminológicas, que luego se precisarán más, para la confesión de un misterio que es inefable. La fe en Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos descubre el misterio de la comunión divina, en la que distinción y unidad no se oponen: en el Dios Uno y Único, confesamos la distinción real del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. No hay distinción sin unidad, no hay unidad sin distinción. Cada Persona se define desde la comunión con las otras. No hay, pues, singularidad personal sin comunión. La unidad de Dios no anula la singularidad de cada persona, sino que la define y custodia. La confesión de fe trinitaria es fundamental para la comprensión del ser humano, creado a imagen y semejanza de Dios, y para entender que la Iglesia es comunión. La sinodalidad no es más que una consecuencia de esta verdad.

Por otra parte, las diferentes confesiones cristianas concordamos en la fe trinitaria. Si se niega la divinidad del Hijo o del Espíritu Santo, y, en consecuencia, se niega la Trinidad, en rigor, no se considera confesión cristiana ni se reconoce el bautismo que pueda administrar.

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