Este cartero de Andújar, padre de seis hijos, es uno de los 124 mártires de Jaén que se convierten en beatos este sábado, 13 de diciembre
La historia de Juan Manuel Solás López es una historia de amor, como afirma su nieto Pablo Solás. Una historia, en primer lugar, de amor a Dios, de amor a la Virgen, de amor a la Iglesia también. Es una historia de amor a la familia, a su esposa y a sus hijos, de amor incluso a sus enemigos, a los que acabaron con su vida el 14 de octubre de 1936 a tres kilómetros de su Andújar. Juan Manuel Solás es mártir. Uno de los 124 que murieron por odio a la fe en Jaén y que son beatificados este sábado, 13 de diciembre, en la catedral jiennense. Es uno de los 14 laicos del proceso, el único del grupo de Andújar.
Nacido el 11 de octubre de 1885, casado con Rosalía Lara en 1910, de profesión cartero, era un hombre de una fe profunda. De ello dan fe los escritos que se conservan y que, pronto, por iniciativa de la familia, verán la luz en forma de libro. Por ejemplo, una amplísima crónica de la visita a la ciudad del rey Alfonso XIII y de la bajada de la Virgen de la Cabeza para que el monarca la pudiera admirar.
Un texto que es una narración de acontecimientos, pero también una oración. A veces, explícita: «¡María de la Cabeza! Miles de almas te rodean, te bendicen, te aclaman… No nos desampares. No permitas que la fe se aparte jamás de nuestros corazones».
O un artículo, dedicado a su hijo Paquito, que acaba de hacer la primera comunión: «Te diré que recuerdes siempre esta fecha tan memorable como el día más feliz de tu vida, y que tu alma sea siempre un trono de amor, alabanza y bendición para nuestro amable Redentor».
Esta fe, su profesión, fue lo que provocó que se le incluyera en las listas negras. Por beato y por cristiano. Pablo recibió el testimonio directo de uno de los milicianos que lo abatió. Se lo encontró con 15 años en el instituto en el que estudiaba. Al caer en la cuenta de que era el nieto de Juan Manuel Solás, se derrumbó y, llorando, clamaba por un perdón. Había formado parte del pelotón que fusiló a Juan Manuel. Contra su voluntad, porque al ver que traían para ser ejecutado al cartero, todos los allí presentes se rebelaron y negaron a disparar. «Los jefes», según el relato de Pablo, se impusieron, al amenazar la vida de los milicianos y las de sus familias. En aquella situación, el abuelo, como lo llaman Pablo y Francisco —el otro nieto, misionero paúl—, empezó a dialogar con los que portaban las armas. «Cuando tu abuelo escuchó las amenazas hacia nosotros, nos gritó: “Obedeced las órdenes, que os van a matar. No sufráis por mí, que yo os perdono y os bendigo de corazón»», contó a Pablo el miliciano.
Pero esta heroicidad, propia de los santos, ya se había manifestado con anterioridad. Se jugaba la vida para defender a los padres paúles de aquellos que odiaban la fe y los perseguían. Incluso les compró ropa de paisano para que pudieran escapar entre la población sin ser reconocidos cuando, tras el levantamiento militar, las cosas en Andújar se pusieron muy feas.
Otro hito importante fue su aparición en las listas negras. Un miliciano amigo suyo le confesó que su hijo Paco estaba en ellas. Afligido, rezó a Dios para que fuera él y no su hijo el sentenciado. Y a los pocos días, el mismo hombre que lo había advertido, le contó que el nombre de su hijo estaba tachado, que ahora estaba el suyo. Así, sabiendo que iba a morir, al menos considerándolo como una posibilidad real, reunió a toda la familia y fue hijo a hijo, advirtiéndoles de que si venían a por él, no ofrecieran resistencia. Y, sobre todo, que perdonasen de corazón, que no cayeran en el odio, la persecución y la venganza, y que inculcasen el amor y el perdón a sus hijos.
Pablo y Francisco, hijos de Paco, lo han vivido así, perdonando incluso a aquel miliciano. Ahora, recogen el testigo para que el testimonio del abuelo se conozca cada vez más.








