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La alegria de la entrega. Día del seminario 2026

Queridos diocesanos de Alcalá de Henares:

Se acerca la Solemnidad de San José y el Día del Seminario, una Jornada para pedir por nuestros seminaristas, por sus formadores y por las vocaciones al sacerdocio. Nuestro Seminario de la Inmaculada y de los Santos Niños cuenta actualmente con siete seminaristas, y el Seminario Redemptoris Mater cuenta con ocho seminaristas. Próximamente, si Dios quiere, celebraremos la ordenación presbiteral de nuestros tres diáconos, para el servicio de nuestra Iglesia diocesana. Cada uno de nuestros seminaristas es un regalo de Dios y un milagro de la gracia. Demos gracias a Dios por haber llamado a estos jóvenes, y demos gracias a nuestros seminaristas por su respuesta valiente y generosa.

Hablamos con frecuencia de crisis vocacional, pero esta crisis no es de llamada, sino de respuesta. Dios sigue llamando, pero es tanto el ruido ambiental que nos rodea, que es difícil que los jóvenes escuchen la voz del Señor. También ocurre que algunos jóvenes escuchan la llamada vocacional, pero les falta valentía y fortaleza para responder. Jesús llamó al joven rico del Evangelio, le miró con cariño (cfr. Mc 10,21), pero aquel joven se quedó atrapado por sus riquezas. Le faltó la generosidad necesaria para dejarlo todo y seguir al Señor. El Evangelio dice que se marchó triste (cfr. Mt 19,22). En medio de sus dudas, aquel joven intuía que hay una gran alegría en la entrega y el seguimiento del Señor, pero no fue capaz de desprenderse de sus seguridades. Entonces vino la tristeza.

Nuestros seminaristas han tenido la valentía de dejarlo todo para seguir la llamada de Jesucristo. En ellos se actualiza la respuesta de los primeros discípulos de Jesús, que, al escuchar su llamada, “inmediatamente dejaron las redes y lo siguieron” (Mt 4,20). Cuando se da esta generosidad con Jesús, enseguida viene la alegría, una alegría que el mundo no puede dar: “la alegría de la entrega”. Jesús dijo que el que entrega su vida, la gana, pero quien se la reserva, la pierde (cfr. Mt 16,25). Aquí está el secreto de la vocación sacerdotal: uno entrega la vida y no se queda mirando lo que deja, sino lo que gana, que es mucho más que lo que deja. Es lo que Jesús dijo en la parábola del tesoro escondido en el campo: “El reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo. El que lo encuentra, lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va a vender todo lo que tiene y compra el campo” (Mt 13,44). Quien recibe la vocación sacerdotal recibe un tesoro de un valor incalculable, que es una amistad muy particular con Jesucristo, que le llama a ser sacramento suyo. Por eso, si su corazón no es de piedra, el llamado se siente lleno de alegría, y no tiene ningún inconveniente en dejarlo todo. Ese dejarlo todo es como “soltar amarras”, para volar hasta Jesucristo, que da sentido a la vida.

En la vida de los santos, esta experiencia se repite con frecuencia. San Francisco de Asís hizo un acto simbólico de desprendimiento total desnudándose ante su padre, Pedro de Bernardone, y ante el Obispo de Asís, para abrazar la pobreza evangélica. Por su parte, San Francisco Javier estaba lleno de ambiciones humanas cuando estudiaba en París. Cuando San Ignacio de Loyola se instaló como su compañero de habitación, en el Colegio de Santa Bárbara, solía repetirle: “Javier, ¿de qué te sirve ganar el mundo entero si pierdes tu alma?”. Poco a poco, Javier fue comprendiendo que el éxito material, la fama y el poder son pasajeros y no llenan el corazón, mientras que el alma y las alegrías espirituales son eternas. Se determinó entonces a dejarlo todo y a seguir a Jesucristo, para convertirse en uno de los mayores misioneros de todos los tiempos.

Estoy convencido de que siguen existiendo jóvenes con el temple de San Francisco de Asís y de San Francisco Javier. Jóvenes generosos, capaces de arriesgar, valientes y enamorados de Jesucristo. Necesitamos ambientes donde la vida cristiana se cuide con esmero, para que estos jóvenes escuchen la llamada del Señor. El primero de estos ambientes es la familia. Las familias que se esfuerzan por transmitir la fe a sus hijos suelen ser cantera de vocaciones. Otros ambientes esenciales son la parroquia y la escuela, cuando ayudan a los jóvenes a tener un encuentro con Cristo, y a crecer en la amistad con el Señor por medio de una vida cristiana íntegra, en la que se reza, se comparte la fe en grupo, se viven los sacramentos, la dirección espiritual, el compromiso con los propios deberes y la ayuda a los demás. Una buena pastoral juvenil, en la que se implican las familias, las parroquias, los colegios, los movimientos y asociaciones, es la mejor pastoral vocacional. También es esencial que los que ya somos sacerdotes vivamos nuestro sacerdocio con coherencia y entusiasmo. La entrega y la alegría de un buen sacerdote ha sido siempre un gran reclamo para que los jóvenes sigan la llamada al sacerdocio.

En los próximos días, nuestros seminaristas irán por las parroquias y colegios de la Diócesis a dar su testimonio. Os ruego a todos que los acojáis con afecto y les agradezcáis su entrega. También ruego encarecidamente a los párrocos que motiven la colecta por el Día del Seminario, que es una colecta imperada. Una buena formación sacerdotal requiere un importante soporte económico, que las familias de los seminaristas no siempre pueden sufragar. Por eso, os invito a todos a ser generosos en la colecta anual por nuestro Seminario.

Finalmente, quiero agradecer a los formadores de nuestros Seminarios su trabajo generoso y abnegado, muchas veces escondido y sacrificado. Queramos mucho a nuestros Seminarios, son el corazón de la Diócesis. Sin Seminarios no hay sacerdotes, y sin sacerdotes no hay sacramentos. Dios ha querido vincular la concesión de las vocaciones sacerdotales a la oración del pueblo cristiano, por eso dice el Evangelio: “Orad al Dueño de la mies para que envíe operarios a su mies” (Mt 9,38). No dejemos de rezar el rosario y de organizar vigilias de oración por las vocaciones sacerdotales. Cuidemos los jueves sacerdotales en las parroquias, con adoración del Santísimo Sacramento y preces por las vocaciones. Pidamos la intercesión de la Inmaculada, de San José y de los Santos niños. ¡Señor, danos santos y numerosos sacerdotes!

Recibid mi saludo y mi bendición,

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