En el primer aniversario de su declaración como doctor de la Iglesia, nos acercamos a su pensamiento educativo, que refleja muchos de los desafíos a los que se enfrentan hoy tanto los estudiantes y profesores universitarios como los propios centros académicos
Estos días celebramos el primer aniversario de la declaración de san John Henry Newman como doctor de la Iglesia. Para formar parte de este colegio tan especial de doctores, el santo debía haber ejercido una gran influencia en la manera de enseñar e interpretar la fe cristiana. Newman fue un escritor prolífico y nos dejó una extensa colección de estudios sobre una gran variedad de cuestiones teológicas y filosóficas. Escribió la que posiblemente fue la primera novela universitaria, Loss and Gain, y una autobiografía bastante conocida, Apologia pro vita sua.
Sin embargo, también resulta significativo que, apenas unos días antes de ser declarado doctor de la Iglesia, fuera nombrado copatrono de la educación católica. Newman escribió en su diario, a los 62 años, que «desde el principio hasta el final, la educación en este amplio sentido de la palabra ha sido mi línea…». Mientras preparábamos la I Jornada Newmaniana en la Universidad de Navarra, me preguntaba qué hace que Newman siga siendo relevante, 136 años después de su muerte, en el norte de España. ¿Cómo es posible que un grupo de estudiantes que fundaron una asociación llamada Friends of Newman quiera colaborar con el Instituto Core Curriculum para organizar esta jornada? Sería fácil responder que la universalidad de la Iglesia nos ayuda a sentirnos más cercanos a los santos y a su legado, y ciertamente es así. Pero hay algo más.
La visión de Newman sobre la educación es mucho más detallada y práctica de lo que podemos encontrar en su obra más conocida, La idea de la universidad. Sus afirmaciones y preocupaciones reflejan muchos de los desafíos a los que se enfrentan hoy, tanto los estudiantes y profesores universitarios como los propios centros académicos. Newman sostenía que la educación puede confundirse fácilmente con la instrucción y que, mientras esta última reduce la relación entre estudiantes y profesores a una mera transmisión de información, la verdadera educación “extiende la mente”, ayudando a los alumnos a cambiar de perspectiva y a comprender cómo las distintas disciplinas están interconectadas y forman un todo. En última instancia, es la teología la que da universalidad a la universidad, mientras que una especialización excesiva corre el riesgo de hacernos perder de vista cómo comprendemos el mundo y para qué educamos.
Al mismo tiempo, Newman era consciente de las necesidades de la sociedad y de la importancia de la preparación profesional. Pero también veía que, si la “utilidad social” se convierte en la prioridad, la educación puede perder rápidamente su principal dimensión formativa. Como señaló recientemente el papa León XIV ante una delegación de Oriel, el antiguo college de Newman en Oxford, para él no cabía duda de que la fe y la razón no son términos contradictorios. Su ejemplo nos recuerda que las escuelas y universidades católicas tienen sentido en la medida en que ayudan a los estudiantes a reconocer en qué consiste una vida buena, arraigada en Cristo y en el servicio al bien común, y a desarrollar el carácter y las virtudes necesarios para vivirla.
El corazón de su pensamiento educativo se encuentra, literalmente, en su lema: Cor ad cor loquitur (El corazón habla al corazón). La educación está profundamente enraizada en la presencia, la comunidad y la atención personal, movida por la caridad. ¿Qué podríamos necesitar más en una época en la que las relaciones humanas se contemplan con frecuencia desde la perspectiva de su utilidad personal o económica? Más allá de las grandes ventajas de las tecnologías digitales y la inteligencia artificial, también nos obligan a dar buenas respuestas a la pregunta de por qué las relaciones interpersonales, la comunidad académica y la amistad tienen una importancia fundamental en la educación. Al plantearnos estas cuestiones en las instituciones educativas católicas, necesitamos patronos como san John Henry Newman, tanto si trabajamos en Oxfordshire como en Navarra.





