Tony Gratacós es escritor, autor de La canción de Dimas
Toda vida es una historia de salvación. Una historia personal en el que la eternidad se hace presente en nuestro interior y hace que explotemos. O no. Depende de cada uno de nosotros, de nuestra respuesta, de nuestro sí o nuestro no. Es un encuentro íntimo y el resto del universo está de más.
Las páginas de los evangelios están plagadas de historias personales de este tipo: la hemorroisa, Bartimeo, el joven rico, uno de los diez leprosos que regresa dando gracias, Zaqueo, Dimas…
Las escrituras no narran sus historias porque Dios es un amante celoso que prefiere acrisolarlas para sí como el tesoro infinito de un encuentro ardiente.
Ante esa intimidad velada por Dios y custodiada por sus evangelistas, ¿con qué derecho me he arropado para venir a disturbar la del pobre Dimas, escribiendo una novela sobre él y su encuentro último con Jesús? Entono el mea culpa y también una disculpa: me acuso como cristiano y me excuso como novelista. Siempre me ha llamado la atención la proliferación literaria de los cuentos de Navidad —algo de culpa tendrá Charles Dickens—, y la ausencia de ningún cuento de Semana Santa. ¿Es esta, acaso, menos importante que la primera? ¿No es la Pascua el culmen de lo que sucedió en Belén? Con esa curiosidad maltrecha, decidí empuñar la pluma, enmendar la falta, y así nació La Canción de Dimas, una historia sobre el Buen Ladrón que quiso ser un cuento y se convirtió en novela.

Ahora que ya está escrita, me invade otra incógnita: saber si, cuando yo muera, el buen ladrón saldrá a recibirme al otro lado de la eternidad con un abrazo o un puñetazo. Porque he levantado el velo que cubría la intimidad de su historia con Jesucristo, y me lo he inventado todo sobre él. Pero hay tres cosas poderosas que he aprendido de Dimas mientras hacía cabalgar mis dedos sobre su historia.
La primera es que ninguna vida está escrita hasta su final. No podemos enjuiciar a nadie por la foto de un momento determinado; como en las buenas películas, tenemos que esperar hasta su desenlace. Antes de ser Buen ladrón, Dimas no fue ni bueno ni tan solo un ladrón… Y, sin embargo, la esperanza lo arropó en el último instante.
La segunda cosa que me llevo de mi encuentro literario con Dimas es su salto de fe. Por asombroso que parezca, ese salto que hizo en el último momento de su vida, reconociendo a Jesús como rey de reyes, es el mismo que tenemos que realizar los cristianos cuando nos arrodillamos ante la Eucaristía. A fin de cuentas, Dimas tuvo que reconocer a Dios en un criminal ensangrentado que estaba crucificado a su izquierda, y nosotros debemos reconocer el cuerpo de Cristo en un pedazo de pan. Es la misma fe, disfrazada de cotidianidad.
Mi último aprendizaje es la importancia que tiene conocer la Palabra de Dios. Como buen judío, Dimas debió de estar familiarizado con las sagradas escrituras, conocerlas bien. Eso es lo que le permitió en última instancia su conversión (¡riesgo de spoiler)!, la palanca que le permitió dar su salto de fe. Dios nos puede brindar una oportunidad para el cambio, pero si no conocemos su Palabra, es difícil que nos podamos agarrar a ella.
Confío en que sean estos aprendizajes sobre Dimas los que, a pesar de mis invenciones literarias, me brinden la oportunidad de mi deseado abrazo con el buen ladrón en la otra vida. Toda historia necesita salvación.







