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La cosecha eterna de Jaén en la celebración de los mártires del siglo XX: «Y tú, ¿qué estás dispuesto a dar por Cristo?»

Monseñor Chico Martínez señala que los asesinados, que serán beatificados el 13 de diciembre, «no fueron héroes ni luchadores ideológicos», sino testigos. La diócesis custodia y proclama su historia en busca de «un nuevo Pentecostés para Jaén»

Con motivo de la conmemoración de los mártires del siglo XX en España, la diócesis de Jaén celebra con «enorme alegría» el inminente reconocimiento de 124 de sus hijos como beatos. El obispo de Jaén, monseñor Sebastián Chico Martínez, ha hecho pública una carta sobre la beatificación de estos 124 mártires del Santo Reino —109 sacerdotes, una religiosa y 14 laicos—, que se celebrará el sábado 13 de diciembre en la Catedral de la Asunción.

Este reconocimiento llega como una «gracia extraordinaria» en el corazón del Año Jubilar de la Esperanza. Lejos de ser un acto meramente histórico, la beatificación está siendo interpretada como un «impulso misionero» que, bajo el lema «Testigos de Esperanza», la diócesis quiere utilizar para acoger y fomentar un «nuevo Pentecostés para Jaén». Vista a través de la «esperanza» y el «perdón», la beatificación se presenta como una cosecha de olivo que se convierte en aceite de unción. Pese a la trituración dolorosa y prensa del martirio, el resultado final no es amargura ni rencor, sino el bálsamo luminoso de la esperanza y el perdón, que serán utilizados en la diócesis para curar las heridas y reavivar la fe de la sociedad contemporánea.

El martirio de estos hombres y mujeres, asesinados entre 1936 y 1939 en el contexto de la Guerra Civil española, se eleva por encima de la desesperación como expresión de la esperanza cristiana y el amor a Dios. En este sentido, monseñor Chico Martínez subraya que los mártires «no fueron héroes, humanamente hablando, ni luchadores ideológicos», sino testigos que murieron únicamente por confesar su fe en Jesucristo y por el odio del mundo hacia esta.

Su sacrificio, así las cosas, es la prueba viviente de una esperanza que «no defrauda jamás». Estas personas vencieron la maldad en el último instante de sus vidas con la fuerza de una fe inquebrantable, siendo de este modo que su sangre se ha convertido en «semilla fecunda que alimenta hoy la fe de nuestras parroquias, comunidades, familias y cofradías». Su legado más profundo fue morir perdonando a sus verdugos, un acto de perdón martirial que es —en palabras del obispo— el «fruto más sublime de la esperanza que no se rinde ante el mal».

Por este motivo, el testimonio de los mártires ilumina el camino de cada vocación y estado de vida en la Iglesia local, demostrando que la santidad es una vocación universal que se vive en la fidelidad cotidiana al Evangelio. Los jiennenses tienen en ellos modelos concretos de fe que los apremian a vivir con radicalidad, de suerte que, para los sacerdotes, los mártires se erigen en modelos de fidelidad y esperanza inquebrantable, recordándoles que son pastores llamados a dar la vida por el rebaño. Uno de estos ejemplos heroicos es el de don Francisco de Paula Padilla Gutiérrez, un cura que encarnó la caridad al «ofrecerse voluntariamente a morir en lugar de un padre de familia con seis hijos».

Los religiosos y religiosas, por su parte, encuentran en el espejo de sor Isabel María Aranda Sánchez la «belleza de una vida totalmente consagrada a Dios», siendo su martirio la consumación perfecta de sus votos y la «fuerza silenciosa» que mantuvo la llama de la esperanza durante toda su vida.

En cuanto a los laicos, el ejemplo de quienes dieron su vida por Cristo muestra que la vocación a la santidad se vive en la vida ordinaria, el trabajo y el compromiso social. Así, el médico Pedro Sandoica y Granados, ejemplo de santidad en el trabajo para todos los profesionales, sirvió siempre a los pobres y fue asesinado por confesar su fe públicamente, demostrando que la esta impulsa a trabajar «por un mundo más justo, más humano y fraterno». Destaca asimismo el caso de la viuda Obdulia Puchol, mujer de «profunda caridad», de quien el obispo destaca su valor en la fe y su servicio desinteresado hasta el último aliento.

Para los matrimonios y familias, los mártires aparecen como «ideales» que enseñan que el hogar debe ser «Iglesia doméstica». Muchas familias jiennenses vieron a sus seres queridos partir hacia el martirio y, lejos de caer en el dolor, «supieron ofrecer su sufrimiento unido a la cruz de Cristo», haciendo florecer una esperanza sostenida por el perdón.

Los jóvenes, por su parte, también son interpelados por estas historias, pues algunos de estos casos son presentados como «influencers» para su generación. Su testimonio, que incluye a jóvenes seminaristas y laicos comprometidos, invita a confesar la fe «con valentía, con alegría». La diócesis busca integrar sus ejemplos en los itinerarios vocacionales para que los jóvenes se pregunten: «Y yo, ¿qué estoy dispuesto a dar por Cristo y por el Evangelio?».

Finalmente, las cofradías y hermandades son comunidades llamadas a ser «custodios de la memoria y sembradores de esperanza». Se les invita a incluir oraciones pidiendo la intercesión de los mártires y organizar vía crucis y vía lucis inspirados en su testimonio, llevando la memoria martirial al corazón de la piedad popular.

Como signo visible de esta esperanza activa, la Diócesis ha propuesto destinar colectas extraordinarias, incluida la del día de la beatificación, «a favor de los migrantes y de las víctimas de la trata», para que la sangre de los mártires «se convierta en vida y esperanza para los pobres de hoy».

La preparación para el 13 de diciembre incluye un triduo diocesano, rosarios de la esperanza, y el fomento de celebraciones penitenciales y peregrinaciones a la catedral, templo jubilar, para experimentar la misericordia y la esperanza del perdón.

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