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La cuaresma (II)

Llamada a la conversión y a la penitencia

 La Cuaresma es el tiempo que precede y dispone para la celebración de la Pascua, que es un tiempo de gozo, porque se nos ofrece la salvación plena en el misterio de la muerte redentora de Jesucristo y de su resurrección gloriosa. La Cuaresma es tiempo de escucha de la Palabra de Dios y de conversión, de preparación y de memoria del Bautismo, de reconciliación con Dios y con los hermanos, de recurso más frecuente a las “armas de la penitencia cristiana”: la oración, el ayuno, la limosna (cfr. Mt 6, 1-6.16-18).

El periodo cuaresmal es el momento favorable para reconocer nuestra debilidad, acoger, con una sincera revisión de vida, la gracia renovadora del sacramento de la Penitencia y caminar con decisión hacia Cristo.

En el itinerario de la Cuaresma ocupa un lugar importante la proclamación del Evangelio de la reconciliación, la llamada a la conversión y la celebración fructuosa del sacramento de la Penitencia. El camino cuaresmal se abre con el gesto significativo de la imposición de la ceniza sobre nuestras cabezas y con las palabras con las que Jesús inauguró su predicación: “Convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15).

Consciente de que la penitencia y la reconciliación están en el corazón del Evangelio, de la misión de la Iglesia y de que una buena práctica del sacramento de la Penitencia es signo de renovación y vitalidad de nuestras vidas y de nuestras comunidades cristianas, escribo estas Cartas Pastorales durante la Cuaresma del año 2024, orientadas fundamentalmente a afirmar la fe y la práctica del sacramento de la Penitencia.

No pretendo exponer la doctrina íntegra sobre el sacramento de la Penitencia, sino proponer a todos los diocesanos, especialmente a los sacerdotes, algunas reflexiones doctrinales, orientaciones pastorales y normas litúrgicas, que nos ayuden a redescubrir el valor y la belleza de este sacramento de la misericordia de Dios. Ojalá que juntos comprendamos, con la mente y el corazón, el misterio de este sacramento, en el que experimentamos la alegría del encuentro con Dios, que nos otorga su perdón mediante el sacerdote en la Iglesia, crea en nosotros un corazón y un espíritu nuevos, para que podamos vivir una existencia reconciliada con Dios, con nosotros mismos y con los demás, llegando a ser capaces de pedir perdón, perdonar y amar.

El Papa san Juan Pablo II, en la Carta apostólica Novo Millennio Ineunte, señalaba como una de las prioridades pastorales al comienzo del nuevo milenio, el sacramento de la Reconciliación (cfr. NMI, 37).

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