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La Cuaresma íntima de Benedicto XVI. Segundo domingo: «Hay que saber cuándo abrir la puerta a Cristo y cerrar al mundo»

En sus homilías privadas del 16 de marzo de 2014 y del 12 de marzo de 2017, el Papa teólogo afirma que tras subir al encuentro con Dios, debemos regresar a nuestra vida cotidiana de modo que «algún rayo de su luz sea visible también en nosotros»

En este segundo domingo de Cuaresma, mientras la liturgia nos sigue moldeando nuestro camino por el desierto, la guía de Joseph Ratzinger emerge desde su propia intimidad para ofrecernos una brújula espiritual. La publicación del libro El Señor nos lleva de la mano por parte de la editorial Encuentro ha puesto al alcance del público un tesoro espiritual inédito: las homilías privadas de Benedicto XVI, que despliegan sobre los tiempos fuertes del calendario litúrgico toda la erudición y profundidad del papa teólogo, aderezadas de la sencillez e intimidad que dan los foros muy reducidos. Y es que estas reflexiones, alejadas de las multitudes y las cámaras, fueron pronunciadas ante una «pequeña familia espiritual» en la intimidad de su capilla. Algunas de las piezas más valoradas de esta antología son las homilías del 16 de marzo de 2014 y del 12 de marzo de 2017, ambas celebradas en la capilla privada del monasterio Mater Ecclesiae. Al coincidir con el II Domingo de Cuaresma (Año A), sus palabras resuenan con especial fuerza hoy, ofreciendo una guía magistral para adentrarse en lo que el Pontífice alemán define como el «sacramento de los cuarenta días».

Para este tiempo de preparación, Ratzinger propone una geografía del alma que va de la llanura a la montaña. El Papa teólogo recordaba que la vida cristiana requiere subir con el Señor, alejándonos de las «cosas de la vida cotidiana» para alcanzar la cercanía con Dios. En este ascenso, recupera la figura del «ostiario» —el antiguo encargado de abrir las puertas del templo— como metáfora del creyente que debe «tener la sensibilidad de escuchar cuando llama a nuestra puerta, comprender que debemos abrirle, para que entre en nosotros», pero poseyendo también el discernimiento para «saber cuándo cerrar y no abrir… (Para) abrir a Cristo y cerrar al mundo». Esta preparación es, en esencia, una batalla contra la hipocresía y la arrogancia, donde lo más importante no es el éxito mundano, sino la humildad de ser siervo: «Esta es la verdadera altura, la altura de Jesucristo, la altura del amor».

La meta de esta subida cuaresmal es la transformación interior, un reflejo de lo ocurrido en el Tabor. Benedicto XVI explica que el pecado original despojó al hombre de su vestidura de luz, convirtiéndolo en «pura materia animal», pero que Cristo viene precisamente para «restituirnos el verdadero vestido, para revestirnos de nuevo de su luz». Esta purificación no es un proceso abstracto; el Papa alemán aclara que la sangre de Cristo que nos lava es, en realidad, un acto interior donde «el odio de los hombres es transformado por Jesús en un acto de amor, en un acto de entrega total al Padre». Al participar de esta realidad, el creyente entra en una fuerza «lavadora», capaz de limpiar la «masa de mentiras, de odio, de todo el mal, que encontramos por todas partes».

Más allá de la purificación personal, la Cuaresma bajo la mirada de Ratzinger exige una ruptura con la zona de confort. Tomando como ejemplo la llamada de Abraham, Benedicto XVI subraya que «creer es siempre salir de una situación de comodidad hacia la verdad», renunciando a los placeres pasajeros para buscar el bien común. En este sentido, la fe no es un refugio privado, sino un imperativo de escucha activa donde «el primer imperativo de nuestra vida humana es escuchar a Cristo», quien no es un enigma indescifrable, sino Dios que nos habla «como hombre con nosotros». Este tiempo litúrgico fuerte es, por tanto, el tiempo de aprender a escuchar con «humilde obediencia» para poder salir de uno mismo hacia la promesa divina.

Esta salida de uno mismo tiene una finalidad clara: la bendición universal. Benedicto XVI advierte que ser cristiano no significa ser un «afortunado privilegiado», sino asumir la responsabilidad de que «en ti serán bendecidas todas las familias de la tierra». La bendición no es para quien la recibe en primer lugar, sino para ser transmitida a los demás, reflejando la «catolicidad» esencial de la promesa de salvación. Así, la preparación para la Pascua se convierte en un compromiso de ser «un poco radiantes» mediante el contacto con la Palabra, para que el amor de Dios no se quede encerrado, sino que alcance a todos los hombres a través de nuestro testimonio.

Finalmente, el segundo domingo de la Cuaresma íntima de Benedicto XVI no termina en el éxtasis de la montaña, sino en la humildad del valle. Con una sensibilidad conmovedora, señala que la bajada es parte de la vocación cristiana: «Debemos tener de nuevo la humildad, la disponibilidad para «descender», para descender al valle de lo cotidiano, de nuestras ocupaciones diarias». El objetivo de este tiempo de espera es que, tras subir al encuentro con Dios, regresemos a nuestra vida cotidiana de modo que «algún rayo de su luz sea visible también en nosotros». En este descenso, ejercitando cada trabajo bajo la luz de Cristo, es donde realmente nos ponemos en camino hacia Él, pidiendo que «su luz penetre en nosotros» hasta el encuentro final.

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