El sacerdote francés habló en la Universidad de Navarra en Madrid sobre Confianza, alegría y esperanza: antídotos para un mundo ansioso
De vuelta en España y con una agenda apretadísima, el padre Jacques Philippe, teólogo y sacerdote, miembro de la Comunidad de las Bienaventuranzas, realizó la semana pasada una parada en la Universidad de Navarra para hablar sobre la esperanza, «quizás la virtud más importante que tenemos», según sus propias palabras.
Pero antes de profundizar sobre ellas, quiso explicar bien qué significan las tres virtudes teologales —«las que nos acercan a Dios»— para el hombre de hoy. La fe, que responde a la necesidad de verdad; la caridad, a la necesidad de amar y ser amado; y la esperanza, a la seguridad.
Esperanza y deseo
Dicho eso, puso sobre la mesa el vínculo entre esperanza y deseo. Esto último, dijo, es la única capacidad humana que no está limitada, pues esta «aspiración a la plenitud» es infinita. Y por eso, defendió, el cristianismo no elimina el deseo, sino que este es asumido por la esperanza, que lo purifica y orienta hacia Dios.
Y citó el Catecismo de la Iglesia Católica para recordar que «la virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón del hombre. Asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres, las purifica para ordenarlas al reino de los cielos».
Y tomando como referencia a Péguy, subrayó la esperanza en ese coloquio con fe y caridad. Mientras estas dos son evidentes, la esperanza no lo es, pues «la gran tentación del hombre es desesperar». Así, dijo con el autor francés que la fe que más ama Dios es la esperanza.
De hecho, la esperanza es, según el sacerdote y teólogo, la gran virtud del cristiano, el antídoto para recuperar la alegría y combatir el desánimo, que «es lo que pierde a las almas», añadió parafraseando a un gran santo francés cuyo nombre no compartió.
«Para ayudar a las personas que se encuentran en esta situación no hay que castigar, sino discernir. Hay que detectar el punto de desánimo y luego renovar la esperanza con respecto a la vida y al futuro. La esperanza siempre nos asegura un futuro», dijo.
La pobreza, una oportunidad
También vinculó la esperanza con la pobreza, pues implica no poseer la salvación. «Nuestra salvación la esperamos y la tendremos, pero aún no la poseemos. Todavía estamos en los dolores de parto», afirmó muy gráficamente. Pero añadió que «los momentos de pobreza, fragilidad o fracaso son oportunidades para practicar la verdadera esperanza, que no se apoya en las propias capacidades, sino en la fidelidad y las promesas de Dios».
La victoria de la esperanza
Philippe habla de la victoria de la esperanza, porque «es aquella virtud que se puede practicar cuando todas las han fallado».
«Puede haber días en los que uno se duerme y piensa en que tomó muchas decisiones y erró por completo. Pero afortunadamente, queda una virtud: la de la esperanza en el perdón y la misericordia de Dios», agregó.
Citando a san Benito, también recordó en esta misma línea que nunca se puede desesperar jamás de la misericordia de Dios. «Que incluso del mal que está presente en mi vida, incluso del mal que he sufrido, incluso del mal que he cometido, se puede sacar un bien», abundó.
Antes de ofrecer claves para cultivar la esperanza, Jacques Philippe señaló que Cristo es fundamento y objeto de toda esperanza y que lo que esperamos no son solo soluciones humanas, «sino la venida de Cristo en gloria y su reino».
Y citó al papa Francisco: «En virtud de la esperanza en la que hemos ido salvados, tenemos la certeza de que la historia de la humanidad y la de cada uno de nosotros no se dirige a un punto ciego o a un abismo oscuro, sino que se orientan al encuentro con la gloria».
Claves para la esperanza
En el turno de preguntas, Philippe fue cuestionado por algunas claves para trabajar esta esperanza que propuso en su charla. Ofreció cinco.
1. Pedirla en oración
«Hay que pedirla en la oración. Señor, aumenta mi esperanza, haz que arda en caridad. Lo que pidamos con perseverancia lo obtendremos, dice Jesús. Es todo un camino de crecimiento».
2. Alimentarla con la Sagrada Escritura
«Diría que lo más importante es que nuestra esperanza se alimente de la Palabra de Dios. La Sagrada Escritura es una gracia muy especial para alimentar nuestra esperanza».
3. Vivir la fe en comunidad
«Se alimenta nuestra fe y nuestra esperanza cuando las compartimos con otros. No se puede ser cristiano solo, sobre todo hoy en día. Hay que pertenecer a familias espirituales. Puede ser una parroquia, un grupo de oración… pero necesitamos tener lugares donde compartir nuestra fe y animarnos unos a otros».
4. Inclinarse ante los pobres
«El Espíritu Santo actúa cuando nos inclinamos ante el sufrimiento del otro. Es paradójico, porque esta actitud renueva la esperanza. Cada vez que llevamos la caridad a alguien, nuestro corazón se expande como una efusión el Espíritu y, por tanto, se renueva la fe y la esperanza».
5. Proclamar el Evangelio
«Cuando Jesús envió a los 72, iban a predicar con timidez y temerosos, pero regresaron llenos de alegría».
«Si practicamos esto —la fidelidad a la oración, la escucha de las Escrituras, el compartir fraternal, la alabanza común de los pobres y el anuncio del Evangelio— se despierta la esperanza, la fe y el amor», concluyó Jacques Philippe.








