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La muerte convertida en regalo: el legado de amor de Santiago Jiménez

Jaime López Peñalba, consiliario diocesano de Cursillos de Cristiandad y amigo del alma del profesor, ha pedido a Dios que no se viva «ni un minuto de nuestra vida, ni un minuto, ningún acontecimiento, sin que sea un momento para poder amar hasta el extremo»

Hace una semana, Santiago Jiménez —conocido por todos sus allegados simplemente como Santi—, profesor del colegio San Ignacio de Loyola de Torrelodones y carismático dirigente del movimiento de Cursillos de Cristiandad en Madrid, se desplomaba mientras impartía Matemáticas a primera hora de la mañana. A pesar de los esfuerzos de reanimación, el diagnóstico fue un fallo múltiple y repentino. Tras varios días en la UCI, hoy ha fallecido.

La noticia de su agonía provocó una movilización de fe sin precedentes, una manifestación «del cielo en la tierra», en palabras de Jaime López Peñalba, consiliario diocesano de Cursillos de Cristiandad, que ha llenado de manera permanente la sala de espera del hospital y motivado un aluvión de oraciones, sacrificios, rosarios y confesiones durante estos días críticos. Al enfocar la muerte de Santi a través de la lente de la fe, se aprecia con claridad que el dolor no es un final estéril, sino el abono de una tierra donde la comunión y el amor pueden germinar en los momentos dramáticos, como una gran tormenta purifica el aire y revela la claridad del cielo.

Durante la homilía que pronunció hace ahora cuatro días, López Peñalba quiso compartir su tristeza más profunda, pues reconocía que Santi era «un amigo del alma desde hace más de 20 años». Así, la experiencia de agonía del amigo sirve de reflexión sobre la muerte desde la perspectiva cristiana, un marco muy alejado de las posturas seculares que sugieren que la Iglesia vive la muerte «con miedo» o «envenenados». La realidad que ha presenciado en el hospital, con la movilización de la oración, con los jóvenes y los miembros de Cursillos a la cabeza, no pueden sino desmentir esta crítica.

El consiliario ha relatado cómo el dolor por Santi se transformó en una experiencia espiritual a todas luces espectacular. En la sala de espera de la UCI del Hospital Puerta de Hierro, se pudo presenciar «el cielo en la tierra». La sala estaba «abarrotada de gente rezando el rosario», llegando a haber unas «80 personas rezando» en oración a la Virgen en un momento dado.

La fatalidad se convirtió asimismo en una oportunidad penitencial improvisada, con «tres curas confesando, sin parar» durante horas. Gente de todas las edades, incluidos «chicos superjóvenes, alumnos de Santi, amigos de la familia, amigos de los hijos», se acercaban a Dios en las últimas horas de Santi, «una persona que trabajó toda su vida para acercar gente a Dios». La certeza, dura y amarga, de que la muerte, «vivida con fe, se convierte en una experiencia de alegría y de paz».

El mensaje central del consiliario de Cursillos de Cristiandad y amigo íntimo de Santi se extiende en estas horas como consuelo ante el fallecimiento: la muerte también puede ser «una ocasión de amor». Según López Peñalba, lo sucedido con Santi ha servido como una oportunidad «maravillosa y providencial para querer, para amar exageradamente, para amar como solo se ama en el cielo».

En este contexto de pérdida —añade— la muerte se convierte en una ocasión para cuidar, acompañar, consolar y proteger. Para reunir, crear lazos y «crear comunión, para crear Iglesia». El sacerdote destaca que Santi, quien «se ha pasado toda la vida acercando a gente a Dios», ha logrado ese propósito incluso postrado en una cama en la UCI. Y se muestra completamente seguro de que esto dará «muchísimo fruto».

En la liturgia de la Misa, especialmente en la memoria de los difuntos, el sentido es «utilizar la Eucaristía para amar a los difuntos» porque «el amor es más fuerte que la muerte». Esta, si se prepara y se vive «con intensidad, con radicalidad», puede convertirse en «un gran gesto de amor» y, en última instancia, en «el gran regalo que hagamos a los nuestros, a nuestra gente, a la gente que queremos». Esta visión imita a Jesucristo, quien «convirtió la muerte en un regalo. Convirtió su muerte en un regalo».

Finalmente, el sacerdote ha expresado su deseo de que el Señor no permita que se viva «ni un minuto de nuestra vida, ni un minuto, ningún acontecimiento, sin que sea un momento para poder amar hasta el extremo». El fallecimiento de Santi se erige, así, en la manifestación de este amor hasta el extremo, generando unidad y acercamiento a Dios en medio del dolor.

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