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La novedad del año

Estrenamos un nuevo año, deseamos que se feliz y así lo expresamos a los amigos.

Ya hace un tiempo los especialistas en marketing aconsejaban a los empresarios que, si querían vender sus productos, no dejaran de presentarlos en el mercado como algo “nuevo”.
Era la mejor carta de presentación. Solo excepcionalmente se podía consentir que algo fuera divulgado como “de toda la vida” (como determinadas comidas que “conservaban el sabor de siempre”). Si el producto no era realmente nuevo, bastaría con introducir una modificación, por pequeña que fuese, que pudiera justificar el adjetivo “nuevo” y, si era posible, que este adjetivo apareciera muy destacado en los carteles y las imágenes que servían para anunciarlo. Era tal la obsesión por lo nuevo que el mercado estaba lleno de productos totalmente perecederos: nada se podía fabricar para que durase y, menos, presentarlo así. Más bien al contrario, pues lo efímero en definitiva siempre es rentable y lo duradero estaba abocado a la degradación…

Esta mentalidad no solo no ha desaparecido, sino que se ha acentuado, gracias a la extraordinaria creatividad que hoy permite la técnica. Era, y es, el reflejo de la hipersensibilidad cultural hacia lo nuevo. Cualquier cosa, idea, expresión artística, estilo, lenguaje, noticia, etc., en poco tiempo puede quedar desfasada, de forma que la novedad sustituye a la bondad o la verdad de algo para que sea acogido como valioso. Curiosamente somos tan desconcertantes que muchas ideas y cosas que en su tiempo fueron desechadas como “pasadas” despreciables) después han sido recuperadas como expresión de auténticas bellezas, gracias a que hoy “son novedad”… En el fondo es la consecuencia del dogma (indiscutido) del progreso y de la confianza en las posibilidades ilimitadas de la humanidad.

No traemos aquí esta observación simplemente para criticar una mentalidad dominante y contradictoria. La sensibilidad hacia lo novedoso puede ser un valor: tiene efectos positivos, como ayudar justamente a progresar superando el conformismo.


Es más, la idea y el hecho de “la novedad” tiene mucho que ver con nuestra fe y su desarrollo en la historia social y personal. No cabe duda de que el cristianismo se difundió tan rápidamente en el Imperio romano, entre otras causas, porque significaba una auténtica novedad frente a la cultura y la religión pagana: lo pagano era sinónimo de “viejo”, de algo pasado y decadente, que la razón humana había superado poniendo al descubierto sus contradicciones.


El Nuevo Testamento se llama así porque la “novedad” está presente en todo su mensaje, desde el nacimiento de Jesús como “Buena Nueva”, hasta el libro del Apocalipsis con la visión del mundo nuevo salido de las manos de Dios restaurador. Ya se esperaba en los profetas la novedad radical que traería el Mesías (cf. Jer 31; Ez 36) y Jesús mismo reivindicó la novedad radical de su presencia, de su obra y de su Reino (odres nuevos, Mt 9,17; vestido nuevo, Lc 5,36), nueva alianza de su sangre (MT 26,28), el cristiano creyente y bautizado es una criatura nueva en el lenguaje de San Pablo, que canta un cántico nuevo y vive un amor nuevo, de Jesús y su obra nace un nuevo Pueblo (Ef 2,15) y al final aparecerá la ciudad nueva (Ap 21)…

Ya que somos sensibles a la novedad, hemos de profundizar en la que nos ofrece Jesucristo: quizá tengamos miedo de lo que ella significa. No es lo mismo un nuevo producto del mercado que una vida realmente nueva.

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