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León XIV, a los nuevos obispos: la tecnología «no puede liberar a la humanidad del pecado»

En la clausura del curso de formación para los 147 prelados nombrados este año, el Papa señaló la encíclica «Magnifica humanitas» como método ante el desafío de la inteligencia artificial.

«Ningún obispo camina solo». Con esa idea sencilla resumió León XIV el sentido de los días de formación que este jueves 10 de septiembre cerró en el Aula del Sínodo con una audiencia a los 147 obispos nombrados durante el último año. El curso, titulado Obispos, servidores de la comunión en la Iglesia y en el mundo de hoy, había comenzado el 2 de septiembre y reunió a prelados de los cinco continentes: 98 inscritos en el itinerario del Dicasterio para los Obispos y 49 en el del Dicasterio para la Evangelización.

«Somos obispos, pero ante todo discípulos»

La primera indicación fue también la más elemental: «Permanecer con Jesús. Entre las muchas cosas que estaréis llamados a hacer como obispos, esta es la más importante. Somos obispos, pero somos ante todo discípulos. Para hablar de Él necesitamos estar con Él; para guiar a su pueblo, debemos dejarnos guiar cada día por Él». De ahí su recomendación de custodiar el tiempo de la Eucaristía, la Palabra y la oración, «esos momentos en los que podéis estar en su presencia con el corazón sencillo del discípulo». Cuando eso ocurre, añadió, «el servicio se vuelve más sereno, más libre, más fecundo».

El segundo rasgo que pidió a los nuevos pastores fue el corazón del Buen Pastor, «completamente dirigido al Padre y, precisamente por eso, totalmente entregado a los hermanos». Lo tradujo en gestos muy concretos: «Amad a la gente que el Señor os ha confiado. Aprended sus nombres, escuchad sus historias, entrad, cuando podáis, en sus casas, rezad con ellos». Y subrayó el peso de la presencia, sobre todo en las Iglesias jóvenes. Una visita, una bendición, el tiempo dado a un sacerdote o el diálogo con un joven son «pequeños gestos, pero pueden permanecer en el alma de una persona toda la vida».

«Un padre y un hermano»

León XIV recuperó después la expresión clásica sollicitudo pastoralis, que no consiste en «tener muchas responsabilidades», sino en «llevar al propio pueblo en el corazón», con «un ánimo grande, lo bastante grande como para hacer sitio a todos». Citó a Francisco —«la cercanía es uno de los rasgos de Dios con su pueblo»— y aquellas palabras suyas a un curso de nuevos obispos en septiembre de 2019: «Nosotros existimos para hacer palpable esa cercanía».

Eso vale de modo especial para los sacerdotes, a quienes encargó que encuentren en cada obispo «un padre y un hermano», con atención particular a los ancianos y enfermos. «A veces basta una llamada de teléfono, una visita, una palabra afectuosa por vuestra parte». Todo el ministerio, recordó con san Agustín, es un amoris officium, un servicio de amor.

La Iglesia «no vive fuera del mundo»

El tramo más actual del discurso llegó al hablar de «una época de cambios rápidos». Los avances de las tecnologías de la comunicación y de la inteligencia artificial «han abierto posibilidades que, hasta hace pocos años, ni siquiera habríamos imaginado», pero «ciertamente no pueden liberar a la humanidad del pecado y de sus consecuencias: lo demuestran trágicamente las crisis que está atravesando».

En ese escenario «complejo y, en cierto modo, inquietante», la Iglesia celebró el pasado año el Jubileo de la esperanza. «¿Quizá porque vive fuera del mundo? Al contrario», respondió el Papa, porque Cristo muerto y resucitado la envía a anunciar el Evangelio de la salvación. Y remitió a su encíclica Magnifica humanitas, con la que asegura haber ofrecido «una visión y un método para afrontar el gran desafío de la custodia de lo humano en la época de la inteligencia artificial». A los obispos les pidió impulsar en sus diócesis «itinerarios de reflexión y diálogo» al servicio de la civilización del amor.

El último encargo fue conservar «un corazón misionero», abierto no solo a quienes frecuentan las parroquias, sino «también a los cristianos de otras confesiones, a los creyentes de otras religiones, a las personas que no profesan una fe». Y una despedida agustiniana: «Para vosotros soy obispo, con vosotros soy cristiano».


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