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León XIV, de la A la Z

La visita del Santo Padre no movilizó solo a los católicos creyentes. Fue una tregua para un país que, acostumbrado a mirarse con desconfianza, volvió a reconocerse en lo que comparte: una historia, una cultura y un fondo moral nítido.

Cuando León XIV terminó su memorable discurso en el Congreso de los Diputados, dije a los periodistas en el patio que suscribía sus palabras desde la primera hasta la última, «de la A a la Z». No fue una frase de circunstancias. Durante media hora, un hemiciclo acostumbrado al ruido escuchó en silencio a alguien que hablaba de lo esencial. Al terminar, casi nadie se atrevió a dejar de aplaudir durante siete largos e intensos minutos.

Hemos vivido como sociedad algo poco frecuente. La visita del Santo Padre no movilizó solo a los católicos creyentes. Fue una tregua para un país que, acostumbrado a mirarse con desconfianza, volvió a reconocerse en lo que comparte: una historia, una cultura y un fondo moral nítido. Madrid, Barcelona y Canarias proyectaron al mundo su mejor versión. Es decir, la mejor versión de España.

En el Congreso eligió hablarnos de España evocando algunos de nuestros mejores hitos. Recordó el Quijote y su defensa de la libertad. Citó a santa Teresa, a san Juan de la Cruz, y a Unamuno. Convocó a la Escuela de Salamanca, justo cuando se cumplen 500 años de la llegada de Francisco de Vitoria a sus aulas. Allí, a orillas del Tormes, unos teólogos concibieron desde la razón —y no solo desde la fe— la idea de una humanidad universal y de un derecho que la amparara. No es poca herencia: buena parte de lo que hoy somos le debe a esa tradición casi todas sus premisas morales.

Pero Su Santidad no vino a halagar. Vino a interpelar. Lo hizo subrayando con trazo firme esa distinción que tantas polémicas ahorraría si se leyera, la que recoge el Evangelio de San Mateo: dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. El orden civil y el sagrado, sin confundirlos ni enfrentarlos. Y se atrevió a algo que exige coraje en la sede misma del poder: recordar que hay cosas que ninguna mayoría puede vulnerar, que el poder tiene límites morales y que el bien común no puede sustituirse por intereses parciales. Lo dijo donde más incomoda escucharlo, y por eso mismo importó tanto.

Defendió la dignidad de la persona sin recortes ni excepciones: la del pobre, la del emigrante, la del enfermo, la del anciano, la del que aún no ha nacido. Reivindicó la familia y la libertad religiosa. Sostuvo que la educación es un derecho que alcanza también a los padres, libres para elegir la formación de sus hijos. Es la voz de quien tiene convicciones. Y a un partido como el mío, que hunde sus raíces en el humanismo cristiano, le interesaba especialmente escucharla, porque hoy escasean las convicciones dentro y fuera de nuestras fronteras. No hay instituciones fuertes sin ellas.

Hubo también una mirada al futuro. En su encíclica Magnifica humanitas, León XIV ha colocado la custodia de la persona en el centro de la era de la inteligencia artificial. Pide liberarla de la lógica que la convierte en instrumento de dominación y amenaza con reducir al ser humano a dato o función. No condena el progreso; reclama que sirva a la humanidad, y no al revés. Frente a la tentación de levantar una nueva torre de Babel, propone edificar una casa común. Y lo hace desde la más firme vanguardia intelectual. 

Esa mirada preocupada por un futuro compartido apunta, sobre todo, a los jóvenes. Frente al tópico de una generación descreída, millones de jóvenes españoles quisieron escuchar al Papa hablar de futuro, de familia y de sentido. Volvió una y otra vez sobre el valor de la palabra: la que cura o hiere, la que ilumina o deforma. La hizo instrumento del diálogo y de la concordia, capaz de ordenar cualquier discrepancia. Esa sola lección, créanme, justificaba el viaje.

He conocido personalmente a tres papas, y puedo confirmar que les pasa como al resto de los hombres: cada uno es distinto. Benedicto XVI, Francisco y León XIV han encarnado estilos y sensibilidades diferentes de una misma misión. Pero en todos he encontrado algo común: una mirada que no se detiene en la urgencia del día, sino que intenta iluminar el tiempo largo de los pueblos. Estos días acudí a la Misa multitudinaria de Cibeles y tuve además el privilegio de conversar con León XIV en privado. Respeto la discreción que merece un encuentro así, pero puedo decir que encontré a un hombre informado, prudente y atento a la realidad de España. Y que la conversación fue tan reconfortante como imaginan.

Por eso me atrevo a pedirle una cosa: que vuelva cuando quiera, y que no tarde en hacerlo. Millones de españoles se lo agradeceríamos profundamente. 

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