El Papa ha dedicado su catequesis de los miércoles a las sanaciones realizadas por el Mesías, siguiendo el relato de san Marcos del ciego Bartimeo
Durante la audiencia general de los miércoles, el papa León XIV ha continuado sus catequesis sobre la vida de Jesús con una reflexión que se ha centrado en las curaciones realizadas por el Mesías. El Santo Padre ha invitado a presentar ante el Corazón de Cristo «las partes más doloridas o frágiles de ustedes, aquellos lugares de su vida en los que se sienten paralizados y bloqueados», pidiendo al Señor «con confianza que escuche nuestro grito y nos cure».
La persona bíblica que ha ilustrado esta reflexión ha sido Bartimeo, el hombre ciego y mendigo que Jesús encontró en Jericó. Así, el Papa ha señalado este lugar como significativo: Jesús se dirige a la subida a Jerusalén, pero ha comenzado su viaje, por así decirlo, «desde los infiernos de Jericó, ciudad que se encuentra por debajo del nivel del mar». León XIV ha interpretado este gesto en el sentido de que Jesús, con su muerte, «fue a recuperar a ese Adán que cayó y que nos representa a cada uno de nosotros».
El nombre Bartimeo significa «hijo de Timeo», lo que describe al hombre a través de una relación, a pesar de que él mismo se halla «dramáticamente solo». Sin embargo, el papa León XIV ha señalado que este nombre también ha podido significar «hijo del honor» o «de la admiración», «exactamente lo contrario de la situación en la que se encuentra». Dado que el nombre es algo esencial en la cultura judía, esto significa que Bartimeo «no consigue vivir lo que está llamado a ser». A diferencia del gran movimiento de personas que siguen a Jesús, Bartimeo ha permanecido inmóvil, «sentado al borde del camino», necesitando ayuda para levantarse y caminar.
De esta forma, el papa León XIV asegura que Bartimeo nos ha enseñado qué hacer «cuando nos encontramos en una situación que parece sin salida». Bartimeo sabe apelar a los recursos que lleva dentro: él es un mendigo, sabe pedir, «¡es más, puede gritar!». La lección es que «si realmente deseas algo, haz todo lo posible por conseguirlo, incluso cuando los demás te reprendan, te humillen y te digan que lo dejes». Y ha insistido: «Si realmente lo deseas, ¡sigue gritando!». El grito de Bartimeo, relatado en el Evangelio de Marcos —«¡Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí!»—, se ha convertido en «una oración muy conocida en la tradición oriental», que también nosotros hemos podido utilizar: «Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, que soy pecador».
A pesar de ser ciego, Bartimeo ha visto «mejor que los demás» y ha reconocido quién es Jesús. Ante su grito, Cristo se ha detenido y «lo llama», porque, según el Pontífice, «no hay ningún grito que Dios no escuche, incluso cuando no somos conscientes de dirigirnos a Él». Puede parecer extraño que Jesús no se acerque inmediatamente a un ciego, pero esta ha sido la forma de «reactivar la vida de Bartimeo»: «Lo empuja a levantarse, confía en su posibilidad de caminar». Ese hombre ha podido ponerse de pie, ha podido «resucitar de su situación de muerte». Pero para ello, ha tenido que realizar un gesto muy significativo: «¡Debe arrojar su manto!».
Para un mendigo, el manto es todo: es la seguridad, es la casa, es la defensa que lo protege. Incluso, la ley protege el manto del mendigo y obliga a devolverlo por la tarde, si ha sido tomado en prenda (cf. Ex 22,25). Sin embargo, muchas veces, según León XIV, «lo que nos bloquea son precisamente nuestras aparentes seguridades, lo que nos hemos puesto para defendernos y que, en cambio, nos impide caminar». Para ir a Jesús y dejarse curar, Bartimeo tiene que exponerse a Él «en toda su vulnerabilidad». Este es «el paso fundamental para todo camino de curación».
Incluso la pregunta que Jesús le hace —«¿Qué quieres que haga por ti?»—, puede parecer extraña, pero «en realidad, no es obvio que queramos curarnos de nuestras enfermedades, a veces preferimos quedarnos quietos para no asumir responsabilidades». La respuesta de Bartimeo es profunda, utilizando el verbo anablepein, que significa «ver de nuevo», pero que también se puede traducir como «levantar la mirada». Bartimeo, ha explicado el Papa, «no solo quiere volver a ver, ¡también quiere recuperar su dignidad!». Para mirar hacia arriba, necesita levantar la cabeza. A veces, las personas se bloquean porque la vida las ha humillado y no desean nada más que recuperar su valor.
Lo que salva a Bartimeo, y a cada uno de nosotros, es, por tanto, la fe. Jesús nos cura «para que podamos ser libres». Aunque Jesús le dice a Bartimeo que se vaya, que se ponga en camino (cf. v. 52), Marcos concluye el relato refiriendo que Bartimeo «se puso a seguir a Jesús». Elige libremente «seguir a Aquel que es el Camino».
Por ello, el Santo Padre ha invitado finalmente a llevar «con confianza ante Jesús nuestras enfermedades, y también las de nuestros seres queridos», así como «el dolor de quienes se sienten perdidos y sin salida», instándonos a clamar también por ellos, con la seguridad de que «el Señor nos escuchará y se detendrá».








