El Papa León XIV ha presidido hoy, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y Jornada para la Santificación Sacerdotal
En el marco del Jubileo de los Sacerdotes, el Papa León XIV ha presidido hoy, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y Jornada para la Santificación Sacerdotal, una Eucaristía en la Basílica Vaticana. El Santo Padre ha invitado a los sacerdotes a «volver a sumergir sus vestiduras bautismales y sacerdotales en el Corazón del Salvador», un gesto que, para muchos, ha coincidido con el aniversario de su ordenación.
La homilía del Pontífice ha girado en torno a todo el misterio de la encarnación, muerte y resurrección de Cristo, confiado de manera especial a los presbíteros para hacerlo presente en el mundo. Basándose en la primera lectura del profeta Ezequiel (cf. Ez 34,11-16), el Papa ha recordado a Dios como un pastor que busca, cura y sostiene a sus ovejas. «Nos recuerda así, en un tiempo de grandes y terribles conflictos, que el amor del Señor, del cual estamos llamados a dejarnos abrazar y moldear, es universal, y que a sus ojos —y, por tanto, también a los nuestros— no hay lugar para divisiones ni odios de ningún tipo», ha afirmado.
En la segunda lectura, de la carta de San Pablo a los Romanos (cf. Rm 5,5-11), el Santo Padre ha invitado a los sacerdotes a abandonarse a la acción transformadora de su Espíritu que habita en nosotros, en un camino diario de conversión. Ha enfatizado que nuestra esperanza se basa en la conciencia de que el Señor nunca nos abandona. Ha recordado la centralidad de la Eucaristía como «fuente y culmen de toda la vida cristiana» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 11), la «fructuosa recepción de los sacramentos, sobre todo en la frecuente acción sacramental de la Penitencia» (Íd., Decr. Presbiterorum ordinis, 18), la oración, la meditación de la Palabra y el ejercicio de la caridad, para conformar cada vez más nuestro corazón al del «Padre de las misericordias» (ibíd.).
El Evangelio de la oveja perdida (cf. Lc 15,3-7) ha sido el punto de partida para que el Papa reflexionara sobre la «alegría de Dios» —y de todo pastor que ama según su Corazón— por el regreso al redil de una sola de sus ovejas. Ha exhortado a vivir la caridad pastoral con el mismo espíritu generoso del Padre, cultivando en nosotros su deseo: «que nadie se pierda» (cf. Jn 6,39), sino que todos, también a través de nosotros, conozcan a Cristo y tengan en Él la vida eterna (cf. Jn 6,40). «Es una invitación a unirnos íntimamente a Jesús» (cf. Presbiterorum ordinis, 14), semilla de concordia entre los hermanos, «cargando sobre nuestros hombros a los que se han perdido, perdonando a los que han errado, yendo en busca de los que se han alejado o han quedado excluidos, cuidando a los que sufren en el cuerpo y en el espíritu, en un gran intercambio de amor que, naciendo del costado traspasado del Crucificado, circunda a todos los hombres e impregna al mundo».
Ha citado al Papa Francisco: «De la herida del costado de Cristo sigue brotando ese río que jamás se agota, que no pasa, que se ofrece una y otra vez para quien quiera amar. Sólo su amor hará posible una humanidad nueva» (Carta enc. Dilexit nos, 219). El Papa ha destacado que el ministerio sacerdotal es un ministerio de santificación y reconciliación para la unidad del Cuerpo de Cristo (cf. Lumen gentium, 7). Ha recordado la petición del Concilio Vaticano II a los presbíteros para que hagan todo lo posible por «conducirlos a todos a la unidad de la caridad» (Presbiterorum ordinis, 9), armonizando las diferencias para que «nadie se sienta extraño» (ibíd.). También les ha recomendado que estén unidos al obispo y al presbiterio (cf. ibíd., 7-8), pues «cuanto mayor sea la unidad entre nosotros, tanto más sabremos llevar también a los demás al redil del Buen Pastor, para vivir como hermanos en la única casa del Padre».
Retomando la famosa frase de San Agustín, pronunciada con ocasión del aniversario de su ordenación: «Con ustedes soy cristiano y para ustedes, obispo» (Sermón 340,1), el Papa ha expresado su gran deseo, manifestado en la misa solemne del inicio de su pontificado: «una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierta en fermento para un mundo reconciliado» (18 mayo 2025). Hoy ha vuelto a compartirlo con todos: «reconciliados, unidos y transformados por el amor que brota abundantemente del Corazón de Cristo, caminemos juntos tras sus huellas, humildes y decididos, firmes en la fe y abiertos a todos en la caridad, llevemos al mundo la paz del Resucitado, con esa libertad que nace de sabernos amados, elegidos y enviados por el Padre».
Dirigiéndose a los ordenandos presentes, que dentro de poco, por la imposición de las manos del Obispo y con una renovada efusión del Espíritu Santo, se convertirán en sacerdotes, el Santo Padre les ha dado consejos simples, pero importantes: «Amen a Dios y a los hermanos, sean generosos, fervorosos en la celebración de los sacramentos, en la oración —especialmente en la adoración— y en el ministerio; sean cercanos a su grey, donen su tiempo y sus energías a todos, sin escatimarse, sin hacer diferencias, como nos enseñan el costado abierto del Crucificado y el ejemplo de los santos». A este propósito, les ha recordado que la Iglesia, en su historia milenaria, ha tenido —y tiene todavía hoy— «figuras maravillosas de santidad sacerdotal». Les ha animado a atesorar tanta riqueza, interesarse por sus historias, estudiar sus vidas y sus obras, imitar sus virtudes, dejarse encender por su celo e invocar con frecuencia y con insistencia su intercesión.
«Nuestro mundo propone muchas veces modelos de éxito y prestigio discutibles e inconsistentes. No se dejen embaucar por ellos. Miren más bien el sólido ejemplo y los frutos del apostolado, muchas veces escondido y humilde, de quien en la vida ha servido al Señor y a los hermanos con fe y dedicación, y mantengan su memoria con su fidelidad». Ha concluido encomendando a todos a la maternal protección de la Bienaventurada Virgen María, Madre de los sacerdotes y Madre de la esperanza, para que ella «acompañe y sostenga nuestros pasos, para que podamos configurar cada vez más nuestro corazón con el de Cristo, sumo y eterno Pastor».








