Durante el Ángelus del segundo domingo de Cuaresma, el papa reflexionó sobre la revelación del rostro de Dios en la Transfiguración y la anticipación de la Pascua. Hizo también un llamamiento a la paz, especialmente en Oriente Medio.
«El Evangelio de la liturgia de hoy compone para todos nosotros un icono lleno de luz» comenzó el pontífice, refiriéndose al pasaje de la Transfiguración, y señalando que todo lo que Dios ha mandado a los hombres, encuentra su plenitud en la figura de Cristo, su manifestación viva y definitiva. Destacó el estilo de revelación que tiene el Señor, con su voz que proclama y la luz que envuelve al Hijo, manifestando así su magnificencia. De esa manera, los discípulos no son testigos de una exhibición o un espectáculo, sino de una confidencia humilde y solemne.
El papa señaló también el papel que tiene el pasaje de la Transfiguración en el camino hacia la Pascua, donde Cristo irradia su luz sobre «todos los cuerpos flagelados por la violencia, sobre los cuerpos crucificados por el dolor, sobre los cuerpos abandonados en la miseria». Así como el mal reduce nuestra carne a una mera mercancía, es esa misma carne la que resplandece con la gloria de Dios. León XIV quiso además preguntar a los fieles si realmente el Señor encuentra en nosotros, tras su revelación, una mirada de amor y admiración, si nos sigue atrayendo.
«Frente a nuestra fe débil, se encuentra el anuncio de la resurrección futura», aseguró el pontífice. Eso es lo que vieron los discípulos en la gloria de Cristo, pero necesitaban, al igual que nosotros mismos, tiempo de silencio y conversión para escuchar la Palabra y gustar de la compañía del Señor.
Al finalizar el rezo del Ángelus, León XIV quiso hacer un llamamiento a la paz, acordándose especialmente de la situación tan delicada que vive Oriente Medio en estos momentos. Ante la posibilidad de que el conflicto escale y tenga consecuencias terriblemente trágicas, pidió a las partes implicadas que asumieran su responsabilidad y detuvieran la espiral de la violencia.








