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León XIV prosigue sus catequesis sobre la Lumen gentium: «Estamos en la Iglesia para recibir incesantemente la vida del Padre y para vivir como sus hijos»

Al término de la audiencia general, el Papa ha pedido oraciones por los países en guerra y ha exaltado la figura del padre Pierre El-Raii, asesinado durante los bombardeos de Israel al Líbano

En esta luminosa mañana de miércoles, el papa León XIV ha continuado con su ciclo de catequesis dedicado a los documentos del Concilio Vaticano II. El Pontífice ha seguido profundizando en la constitución dogmática Lumen gentium, ofreciendo una honda catequesis sobre su segundo capítulo, dedicado a la identidad de la Iglesia como Pueblo de Dios.

El Santo Padre ha comenzado su reflexión evocando la promesa del profeta Jeremías: «Esta será la alianza que haré con ellos después de aquellos días —oráculo del Señor—: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo». A partir de este punto, ha procedido a explicar que la Iglesia no puede ser concebida como el resultado de un esfuerzo humano, sino de un designio de salvación que se despliega en la historia, desde la llamada a Abraham hasta la alianza con Israel.

León XIV, así las cosas, ha querido ser especialmente enfático al señalar que la identidad del pueblo elegido de Israel no proviene de méritos propios, sino de la acción gratuita de Dios, como don que es. Al referirse a la novedad de la Nueva Alianza, el Pontífice ha señalado que «esta es la Iglesia: el pueblo de Dios que toma su propia existencia del cuerpo de Cristo y que es él mismo el cuerpo de Cristo; no un pueblo como los demás, sino el pueblo de Dios, convocado por Él y hecho de mujeres y hombres procedentes de todos los pueblos de la Tierra».

A continuación, ha procedido a realizar un análisis sosegado sobre aquello que realmente une a los católicos. Y aquí el Papa ha recordado que, a diferencia de las naciones del mundo, el principio unificador de la Iglesia no es una lengua, una cultura o una etnia, para, citando nuevamente el espíritu conciliar, definirla como una «congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz».

Para el Pontífice, el ser cristianos nos otorga una dignidad que precede a cualquier cargo: «Este es también el único título honorífico que deberíamos buscar como cristianos. Estamos en la Iglesia para recibir incesantemente la vida del Padre y para vivir como sus hijos y hermanos entre nosotros». En este sentido, la ley que rige este pueblo es el amor y su meta final es el Reino de Dios.

Otro de los aspectos destacados de la audiencia ha sido el llamamiento a la apertura misionera. León XIV ha insistido en que la Iglesia no puede replegarse sobre sí misma, pues su vocación es universal: «Esto significa que en la Iglesia hay y debe haber sitio para todos, y que cada cristiano está llamado a anunciar el Evangelio y a dar testimonio en todos los ambientes en los que vive y obra».

Incluso ha tenido palabras de esperanza para aquellos que aún no han recibido el Evangelio, afirmando que están, de alguna manera, «orientados al pueblo de Dios», y que la misión de la Iglesia es facilitar que cada persona pueda entrar en contacto con Cristo. Esta catolicidad se manifiesta al acoger las riquezas de diversas culturas para «purificarlas y elevarlas».

Finalmente, el Santo Padre ha ofrecido una visión de la Iglesia como un «arca única de la salvación», una nave lo suficientemente amplia para acoger toda la diversidad humana. En un contexto global marcado por guerras y divisiones, el Papa ha presentado la convivencia de distintas nacionalidades y culturas dentro de la Iglesia como un «un gran signo de esperanza». Y ha concluido su catequesis definiendo a la comunidad católica de creyentes como un testimonio vivo para la humanidad entera: «Es un signo puesto en el corazón mismo de la humanidad, llamada y profecía de esa unidad y de esa paz a la que Dios Padre llama a todos sus hijos».

Al término de la audiencia general, el Papa ha pedido oraciones por los países que sufren la guerra: «Sigamos rezando por la paz en Irán y en todo Medio Oriente, en particular por las numerosas víctimas civiles, entre las que se encuentran muchos niños inocentes. Que nuestra oración sea un consuelo para quienes sufren y una semilla de esperanza para el futuro».

Por último, ha tenido un recuerdo para el sacerdote maronita Pierre El-Raii, de 50 años, asesinado el lunes en los ataques israelíes al Líbano: «El padre Pierre fue un verdadero pastor, que siempre permaneció junto a su pueblo con el amor y el sacrificio de Jesús, el Buen Pastor. Tan pronto como se enteró de que algunos feligreses habían resultado heridos por un bombardeo, corrió sin dudarlo a ayudarlos. El Señor quiera que su sangre derramada sea semilla de paz para el amado Líbano».

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