El pontífice ha continuado sus catequesis sobre la Dei Verbum, dentro del ciclo sobre los documentos del Concilio Vaticano II. Durante la Audiencia General de hoy, ha destacado que la Iglesia es el lugar propio de la Palabra de Dios.
En el Aula Pablo VI, ante miles de fieles congregados, el pontífice ha reanudado el ciclo de catequesis sobre el Concilio Vaticano II y sus documentos, haciendo hincapié, como en las últimas sesiones, en la constitución conciliar Dei Verbum. Antes de comenzar, a su llegada a la sala, ha encendido una vela ante la imagen de la Santísima Virgen de Lourdes, siendo hoy el día en que la Iglesia celebra su memoria. A ella ha encomendado a los jóvenes, enfermos y recién casados.
Al comienzo de su reflexión, ha destacado la profunda y vital relación que existe entre la Palabra de Dios y la Iglesia, siendo la Iglesia el lugar «propio» de la Palabra. Es en la comunidad cristiana donde tiene su hábitat, ha explicado, donde revela su significado y manifiesta su fuerza. El concilio Vaticano nos ha mostrado cómo la Iglesia siempre ha venerado la Escritura igual que venera el Cuerpo de Cristo: «no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida».
Ha recordado también que que el vínculo entre la Palabra y la fe pone de relieve que «la auténtica hermenéutica de la Biblia solo es posible en la fe eclesial», citando la exhortación apostólica de Benedicto XVI, Verbum Domini. «La Escritura encuentra en la comunidad eclesial el ámbito en el que desarrollar su propia tarea y alcanzar su fin: dar a conocer a Cristo y abrir al diálogo con Dios», ha afirmado.
Ha presentado, citando a San Jerónimo, la Revelación como un diálogo entre Dios y los hombres, de manera que si existe ignorancia de la Escritura, existe ignorancia del propio Cristo. La finalidad última de la Palabra es, por tanto, establecer una relación con Dios a través del Jesús que se nos muestra.
«La Sagrada Escritura, confiada a la Iglesia y custodiada y explicada por ella, desempeña un papel activo: con su eficacia y potencia, sostiene y fortalece la comunidad cristiana», ha destacado el pontífice, que ha hecho especial hincapié en la importancia de que los cristianos sean partícipes de los sacramentos y la celebración de la Eucaristía. No se ha olvidado de obispos, sacerdotes, diáconos y catequistas, a quienes ha instado a adentrarse en la Escritura, amarla y dejarse guiar por ella.
«Vivimos rodeados de muchas palabras, ¡pero cuántas de ellas son vacías! A veces escuchamos también palabras sabias, pero que no tocan nuestro destino último. La Palabra de Dios, en cambio, satisface nuestra sed de significado, de verdad sobre nuestra vida», ha señalado. La Palabra, ha explicado, es por tanto siempre nueva e inagotable, sacia nuestra «sed de sentido y de verdad sobre nuestra vida».
Por último, ha concluido recordando que Cristo es «la Palabra viviente del Padre, el Verbo de Dios hecho carne», y animando a los fieles a abrir el corazón y la mente para acoger el don que eso conlleva.








