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León XIV marca el rumbo del Colegio Cardenalicio entre la «atracción» y el «discernimiento»

En su homilía de hoy, el Papa pide a los cardenales «detenerse» ante el frenesí de la vida diaria, y les llama a cultivar una «mirada del corazón» que reconozca la luz de la Trinidad en el rostro de los hermanos

León XIV inauguró ayer un Consistorio Extraordinario que busca redefinir la misión de la Iglesia a través de su pontificado. Entre el Aula del Sínodo y la Basílica de San Pedro, el Pontífice está trazando esta semana una hoja de ruta que pasa a través de la comunión, la escucha y la fuerza centrípeta del amor divino, para la que ha querido dejar claro que el Colegio Cardenalicio no es un simple «equipo de expertos», sino una comunidad de fe cimentada en el amor trinitario y relacional.

Así, esta mañana el ambiente de diálogo del miércoles se ha transformado en oración durante la Santa Misa, celebrada en la solemnidad de la Basílica de San Pedro. En su homilía, el Papa ofreció una reflexión etimológica sobre el término «consistorio», emanado de la raíz «consistere», que significa «detenerse». Desde este punto de partida, León XIV definió este encuentro como un gesto profético frente a la velocidad desquiciada de la vida moderna: «Todos nosotros nos hemos detenido para estar aquí; hemos suspendido durante un tiempo nuestras actividades (…) para reunirnos y discernir juntos lo que el Señor nos pide por el bien de su pueblo».

Citando a san Juan Pablo II, el Papa ha llamado a los presentes a cultivar una «mirada del corazón» que reconozca la luz de la Trinidad en el rostro de los hermanos. Este ejercicio de detenerse es, en palabras de León XIV, un acto de amor para dejarse moldear por el Espíritu en el silencio y la oración, evitando de este modo el riesgo de «correr a ciegas» o promover agendas personales e ideológicas.

Al mirar los desafíos de una humanidad herida por la miseria y el vacío existencial, León XIV se ha retrotraído al pasaje de la multiplicación de los panes y los peces. En un mensaje preñado de humildad, señaló que, aunque los cardenales puedan sentirse impotentes ante la magnitud de los problemas mundiales, su labor es ayudar al Santo Padre a encontrar los «cinco panes y los dos peces» que la Providencia siempre provee. Si bien la responsabilidad compartida es «grave y onerosa», esta debe ejercerse con el espíritu de san León Magno, según el cual nadie busca sus propios intereses, sino los de los demás. Y concluyó su meditación encomendando la misión a la gracia de Dios con la oración de san Agustín: «Da lo que mandas y manda lo que quieras».

Discurso inaugural

Por su parte, durante la sesión inaugural de ayer el Pontífice se dirigió a los cardenales en el Aula del Sínodo, con un discurso de gran calado teológico y continuidad histórica. Inspirado por el misterio de la Epifanía, León XIV recordó que la Iglesia, al igual que la ciudad santa de Jerusalén en las profecías de Isaías, debe ser un reflejo de la luz de Cristo para iluminar a los pueblos en medio de las tinieblas. En este sentido, subrayó que los pontificados de san Pablo VI y san Juan Pablo II deben interpretarse bajo esta luz conciliar, entendiendo la evangelización como una irradiación de la energía que emana del centro mismo de la historia de la salvación.

El punto central de su refexión fue, así las cosas, el concepto de atracción, una visión compartida por sus predecesores inmediatos. León XIV fue especialmente enfático al citar las palabras de Benedicto XVI: «La Iglesia no hace proselitismo. Crece mucho más por atracción». Según el Papa, la institución no es ni puede ser la que atrae por sí misma, sino Cristo a través de ella, funcionando la comunidad eclesial como un «canal» por donde fluye la «savia vital de la caridad» que brota del Corazón del Salvador. Esta continuidad magisterial se hace evidente, según León XIV, en el hilo conductor que une la exhortación Evangelii gaudium con la reciente encíclica Dilexit nos, sobre el amor del Corazón de Cristo.

De este modo, el Papa ha propuesto para este camino colegial una dinámica de trabajo basada en la escucha sinodal, instando a los purpurados a expresarse bajo la máxima romana de non multa sed multum (no muchas cosas, sino mucho contenido). El trabajo se ha estructurado en 21 grupos que reflexionarán sobre cuatro pilares fundamentales: la misión en el mundo actual (Evangelii gaudium), el servicio de la Santa Sede (Praedicate Evangelium), la sinodalidad y la liturgia. Y, en un gesto de apertura hacia las periferias, ha dispuesto que sean los nueve grupos procedentes de las Iglesias locales quienes presenten los informes finales, con el fin de que sus voces guíen el ministerio petrino en los próximos años.

Esta metodología, según desarrolló en su discurso inaugural, busca abrazar la diversidad del Colegio Cardenalicio, un cuerpo que el Papa describió como un grupo variado y enriquecido por múltiples procedencias, culturas y tradiciones eclesiales. Según ha anunciado, la meta no es simplemente llegar a un texto consensuado, sino mantener una «conversación» profunda que permita a la Iglesia del tercer milenio fortalecer sus sinergias, recalcando que la unidad atrae mientras que la división dispersa, una ley que rige tanto en la física como en la comunidad de los discípulos que están llamados a amarse como Cristo los amó.

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